Mi camioneta que, tras la jornada del número mil, recibió un indulto, ahora tuvo que llevarme a un breve recorrido por la calle Masaryk. Siempre que la paseo por ese rumbo imagino que su tenue color plata va sonrojándose. Camina rodeada de Audis, Mercedes Benz, BMW. Todos nuevos, todos radiantes. Mientras ella, pobre, no ha recibido ni siquiera el cariño de cuidarle los golpes porque, a decir de Mateo que es precavido, entre menos cuidados los autos, más a salvo los dueños. Tal cosa no necesariamente es verdad en la vereda que nos concierne.
Pero eso no tienen todos ustedes por qué saberlo, así que se los cuento. Dícese que la Avenida Presidente Masaryk es lujosa. No creo que sea para tanto, si del asfalto y el follaje se habla. Lo que es verdad es que está llena de tiendas suntuosas, algo solemnes y sin duda desconfiadas. En algunas de ellas, sin duda las joyerías, las puertas que abren hacia la calle dan a un pequeño hueco en el cual vuelve a apretarse un botón que llama para que desde dentro, y una vez pasada la inspección visual a la que es sometida la clientela, en el caso de serlo, se le deje entrar.
Punto y seguido: Hace ya un buen tiempo, fuimos convidados a España, para hablar de México, por un amigo cuyas atenciones lo ponen a uno más sonrojado que a mi camioneta. La vida, el banco y sobre todo él me regalaron un elegantísimo reloj de los que venden en las temibles joyerías. Porque poner ahí un pie puede ser más peligroso que ser asaltado en mitad de la calle. El reloj que, como se supo siempre era de buena casta y es precioso, tuvo un desfalco menor, pero crucial, y se volvió inusable. Así que me aventuré a la tienda en la que venden su elegantísima especie y lo dejé en buenas manos. Hoy, por fin, lo recuperé. He tenido que entrar a la tienda con cuidado, sin perder los ojos en las vitrinas, hasta llegar el taller de reparaciones. Ahí llevaba cuatro meses mi cronómetro al que se le desprendió un perno pequeño que según diagnóstico de los reparadores había que pedir a Paris, de donde tras dos meses les fue informado que el modelo ya no se hace y por lo mismo el perno ya no existe. Eso me lo dijeron en la segunda visita, misma en la que acordamos, ya en confianza, que uno de los técnicos tendría la bondad de hacerle la lucha y buscar la maña para suplir el perno por un tornillo. Hay gente así, buena sólo por serlo. No se me había olvidado, pero entre viaje, despiste y trabaje estuve usando el reloj de plástico que me compré en Italia frente a la entonces indiferencia y ahora asombro, (porque es muy estiloso) de mi hermana. Andaba cómoda con él, así que hasta hoy fui a buscar a su colega, el fino. En el interin perdí el papelito del reclamo y temí que ya ni me recordaran, pero al fondo del enjambre de cristales que es la joyería, encontré al buen restaurador que salió a saludarme con el reloj ya listo. Dijo que no era nada, que ellos no cobraban por trabajos de ingenio y que estaban para servirme. Respondí que al contrario y nos deshicimos en elogios e intercambios mutuos. Al salir, don Gerardo, que es el conductor designado para que yo ni me mate, ni a nadie mate con mi arcaica pero no por eso menos fiera camioneta, había tenido la inesperada idea de ir a comprar el café. El vehículo, _que es como ahora se llama a los automóviles cuando se quiere volverlos algo neutro en vez de unos parientes cercanos_ estaba solo. Muy bien estacionado y con el Nino durmiendo en el asiento trasero. Él, que tampoco es muy elegante, pasea por donde sea con el donaire de un marqués que bosteza. Lo llamé, levantó las orejas, movió la cola y volvió a dormirse. Y allí estaba yo, en mitad del frío que hoy inauguró el invierno del altiplano, esperando a los cuatro vientos en una esquina de Masaryk.
Punto y aparte: ¿Quién será este señor? me pregunté por primera vez en mi vida. Las calles de alrededor tienen nombres de escritores conocidos: Horacio, Homero, Cervantes, Lafontaine. Cuando volvió el café con su comprador y pude quedar a salvo dentro de mi museo ambulante, me propuso indagarlo. Y sepan ustedes: la avenida fue bautizada así en honor a don Tomás Masaryk, el primer presidente de Checoeslovaquia, de 1918 a 1935, reconocido por su política democrática y su defensa de los derechos humanos, en decisión tomada en 1936 por el presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Todo esto lo aprendí ahora mismo en Wikipedia, que es la madre de las erudiciones de celofán. Pero he quedado muy contenta de conocer al dueño de tan paseado nombre. Creo que él hubiera sido partidario de la defensa de los derechos automovilístico de la desde ahora nombrada “Bala de Plata”.
Tres comentarios a sus comentarios: Primero: Querida Marion, la medicina mexicana es tan buena que yo estoy viva. Verónica tuvo tres diagnósticos idénticos y una operación que comprobó lo dicho. Nada más que la salvó su intuición. No quiso seguir más tratamientos y nos fue bien. Segundo: Tatip, aquí también pagamos verificaciones y son semestrales. La Bala siempre las ha pasado con diez, por eso me enoja tanto que no la dejen circular. Las demás explicaciones las ha dado bien nuestra sonorense preferida, jcalamos. Tercera: Ayer el conventillo tuvo el honor de recibir la visita de Don Ricardo Bada. A él le debemos el enlace de hoy, que es buenísimo.
Dos puntos: http://www.lapatilla.com/site/2013/11/11/ibsen-martinez-mi-amigo-el-camusiano/
Música para hoy: Sigamos con la gran Maria João Pires. Me ha dicho mi Pepe Grillo que trate de escribir Joao con la ã portuguesa, y que es relativamente fácil. Basta mantener pulsada la tecla ALT mientras se pulsa, a la derecha del teclado, el número 198. Él es muy diestro, a mí me ha parecido muy difícil, no lo haré más. Con ella, ahora, oigamos a Bach.