Juzgar (bien) a Karla Souza.

Cuidado con no creerle a Karla Souza. ¿Qué necesidad tendría ella de andar declarando nada? ¿Por qué lo dice ahora? Pues porque el orden del corazón y la cabeza no siempre coincide. Y la gente tiene sus tiempos. No es fácil contar el dolor y la decepción, pero contar el abuso, decir lo que lastima, decir ésta fui yo y esto me pasó, es muy difícil. Más aún si se corre el riesgo de que no te crean. De que encima te llamen provocadora, coqueta y abusiva.
Juzgue usted, dice un tuitero tras contar necedades. Y sí. Juzgo yo y, conmigo, muchos otros. Porque también hay hombres, y también muchos, con el talante y el talento en su lugar. Me parece tan lógico creerle a Karla Souza. Si se sintió abusada es porque lo fue. Y no importa si al parejo es preciosa y sonríe. Lo cierto es que ha sido valiente y que la ha pasado muy mal. ¿Para qué alguien como ella tendría que ponerse a contar acoso sexual? ¿Para volverse famosa? Ya lo es. ¿Para hacerse la interesante? No. Para tener paz interior, para respirar de otro modo, para quitarse un peso se encima. Quizás para ayudar a otras.
Leo en Twitter cómo la desafía la gente. Cómo la retan. De qué modo intentan volver culpable a la víctima. Como si serlo no fuera suficiente estigma. ¿Callarse hubiera sido más elegante? ¿Esas cosas no se dicen? Con lo que he leído esta tarde, tengo para estar segura de que la tendrá muy difícil Karla. Pero el silencio cansa y es aún más difícil.
Apena reconocer que a nuestro país y a nuestra sociedad le falta mucho tiempo para entender y apoyar cabalmente a quienes no piensan seguir dejándose maltratar. Y la vida también es generosa y aunque muchas veces no lo creamos, la verdad pesa en el ánimo de otros.
“Que el corazón no se pase de moda”, y que se juzgue y se quiera bien a quien lo usa para contarse con honradez.

Punto y seguido: Escribí esto el pasado jueves en la noche y creí que lo había subido al blog. No lo hice. Queda claro que me persigue el absurdo cotidiano. Más vale tarde, aquí lo dejo con todas las ganas de aún estar a tiempo.

Con devoción y sin miedo

Hoy, en México, celebramos el día del maestro. ¿Quién no ha tenido un maestro, cinco, siete que lo hayan marcado de por vida? Yo, aún ahora, sigo encontrando maestros. Muchos, más jóvenes que yo. Los hijos enseñan cosas. Los músicos, los bailarines, los que caminan en el frío sin tiritar, los que se mueren de risa bajo la lluvia, los que no le temen a la noche en  la Ciudad de México, los poetas. Algo va un aprendiendo cada día de quienes enseñan con el ejemplo. A ellos también tendríamos que celebrarlos ahora, sin embargo se piensa en los maestros del colegio. Por eso les traje una memoria de mi primera maestra:Pilar Luengas. Puede ser que algunos de ustedes ya sepan esta historias, pero quiero dejarla aquí para quienes no la conozcan.

Entre las múltiples argucias que tiene el tiempo, está esa que trastoca en el recuerdo los sentimientos que otros nos provocaron.

Pienso ahora en el ciego temor que alguna vez sentí ante el sólo nombre de la maestra Pilar Luengas.   Directora del colegio María Luisa Pacheco, una pequeña escuela para niñas cuyos padres prefirieron educar a sus hijas bajo el extraño y feroz celibato de una laica, en vez de entregarlas sin más a los desvaríos de la colección de vírgenes ignorantes que eran las monjas poblanas de aquellos días.

Célebre por su rigidez y por la virulencia de sus disgustos, la señorita Luengas asustó buena parte de nuestra infancia con su presencia reservada y arisca, con la blanca pulcritud de sus uñas cortas, con la dulzura de sus ojos azules echando llamas  como si fueran rojos.

Las maestras de toda la escuela le tenían tanto miedo a su directora como el que podíamos tenerle las trémulas niñas engarzadas en un sencillo uniforme de algodón de cuadritos.

A veces incluso se volvían nuestras cómplices y eran ellas las que nos avisaban del día y la hora en que la drástica señorita Luengas revisaría mochilas y pupitres para requisar las muñecas de papel recortado, las cintas de hule para tejer llaveros, los chicle envueltos en papel metálico con dibujitos de colores, los larines o cualquiera de las baratijas que cada tiempo penetraban la escuela para enfrentarnos a los rigores de la clandestinidad.

Nada podía ser más atractivo que poseer un objeto inocente, convertido por la magia de la prohibición en el tesoro más cuidado del mundo.   Quienes vendían o poseían uno de estos inocentísimos entretenimientos, eran tratados como agentes del comunismo internacional o como liberales del siglo XIX que, para la cabeza de la señorita Luengas, eran sinónimos de un mismo peligro : la pérdida del tiempo que sólo conduce al equívoco.

Verla venir y sentir en el estómago un puñal atravesado, eran una misma cosa.  Extender frente a ella un trabajo de costura sobre el que podía hincar sus tijeras para desbaratarlo por mal hecho, enfrentar su presencia durante la lección de otra maestra a la que ella era capaz de amonestar frente a nosotras como si fuera la más fodonga de las alumnas, mirarla recorrer las páginas de un cuaderno en busca de una mancha de tinta, una letra chueca o cualquier otro desorden, podía paralizarme hasta el funcionamiento de los intestinos.

Pero lo peor de todo era saberla en campaña contra las baratijas que conducían al ocio.

La ociosidad como madre de todos los vicios, dispensadora de todos los talentos y pervertidora de cualquier alma que estuviera en el mundo para lo que había que estar, servir a Dios y regir su destino por los implacables rigores del deber, era su peor enemiga.

Yo no lo sabía entonces, pero había sido en el cumplimiento del deber que la señorita Pilar perdió el amor de su vida.   Porque obedecer a la autoridad fue el primero de los deberes que aprendió y obedeciéndola había tenido que renunciar a los brazos y las palabras de su gran amor.

Todo esto me lo contó ella misma algunos años después de mi paso por la escuela primaria, cuando me había yo convertido en la más ineficiente maestra de inglés que haya pasado por secundaria alguna.

En esos tiempos yo tenía por todo guardarropa tres minifaldas muy común y corrientes cuyo uso ella me mandó pedir que abandonara si pretendía seguir enseñando algo en su escuela.   Para entonces mi tardía adolescencia le había perdido parte del miedo y no hice caso de sus mensajes.   Así que me llamó a conversar con ella tras el escritorio aquel en que siempre tuvo de pie una estatuilla de la virgen de Fátima, reinando sobre la desolación de su helada superficie.

Ella había envejecido, y su exalumna había crecido suficiente como para intuir que no era mala sino largamente infeliz.   Así que pude sostener bajo sus ojos la primera conversación de nuestras vidas en que no me recorría hasta el pelo el temblor que me provocó siempre su presencia.

“Ten cuidado” me dijo.   Porque ni a los hombres, ni a casi nadie, le gustan las mujeres que se portan como tú.   Las mujeres así acaban quedándose solas.

“¿Por qué lo dice usted?”, le pregunté admirándome de tener voz con que hablarle.

“Por experiencia, muchacha”, me contestó con una tristeza cuyo influjo desbarató para siempre mi viejo terror a su autoridad.

Desde entonces, recuerdo a la seño Pilar con devoción y sin miedo.   La recuerdo pensando en que le debo mi actual facilidad para acercarme sin temor alguno a quienes ejercen el poder.   Y a esa mañana de conversación con ella, le debo para siempre mi certeza de que mi deber no es resignarme, ni obedecer a ciegas, ni quedarme callada.

Yo normalmente desconfío de los poderosos.   Por eso entre otras cosas, me inclino frente al recuerdo de Pilar Luengas.   Esa mujer que después de aceptar y callarse una vez, después de que semejante obediencia la dejó sola, supo ser fuerte y segura de sí misma en una época en que lo esperado y lo correcto en una mujer era dejar que alguien decidiera para siempre su destino.   De ahí para adelante se ganó la vida como una mujer cabal.   Y ahora sé que el sólo verla vivir marcó la actual destreza para decidir y trabajar en la construcción de nuestro propio destino a la que nos apegamos tantos de nosotros.   Ahora valoro de qué modo la fuerza de su extravagante ejemplo permeó para bien nuestras vidas.

“Enseñanzas nos da el tiempo” digo a veces recordándola. Luego le sonrió con humildad a la certeza con que ella aún acostumbraba sermonearme desde quién sabe qué nube o qué tormenta en otro mundo.