Cholula: ¡Qué tristeza!

Cien años antes de Cristo, alguien consideró que ese lugar debería ser sagrado. Guerra tras guerra, fueron los pueblos construyendo una pirámide sobre otra. Cada una para un dios distinto. El último trajo con él a una diosa. La de los remedios. Y ahí le hicieron en 1564 una capilla sobre la que fueron creciendo la tierra y el campo, hasta consolidar un cerro sobre el que en 1864 se agrandó la iglesia que al ponerse el sol, o cuando está nublado y se asoma su contorno, parece flotar contra la línea del volcán que la custodia a sus espaldas.

La pirámide de Cholula, seguimos llamándola quienes tenemos por ella un culto que no es religioso, pero sí sagrado.

Dicen que los alrededores estaban sucios, en desorden, y que era necesario arreglarlos. No quién lo niegue, ni quién lo niegue. Hace muchos años que Cholula crece en desorden, lo mismo que los alrededores de Tonanzintla y San Francisco Ecatepec. No por eso tiene que ocurrírsele a nadie avasallar el pasado con la más desafortunada de las mezclas: dinero y mal gusto, ignorancia y desmemoria, pretensión y poder.

En una mancuerna que no pudo ser más eficaz, el gobierno del Estado de Puebla y el del Municipio de Cholula, tuvieron a mal “intervenir” la zona arqueológica. Y ¿cómo no? Echaron mano del cemento, el tartán, los macetones negros, las lámparas de chicote y las palmeras. ¿Qué sino el horror puede esperarse? Vean ustedes las imágenes. La de las flores de cempasúchil es de apenas octubre de 2015. Pero como para maltratar se pintan solos y van de prisa, las otras son del 30 de enero del 2016. ¿Palmeras en Cholula? Ya se les secaron. Pero ahora están de moda. ¿Arboles? ¿Plantas de la zona? ¿Parque alrededor del cerro? De ningún modo, habría que cuidarlos, y lo nuestro no es el mantenimiento. Mejor tartán. Yo no sé quién tendrá el negocio de la venta de tal cosa en Puebla, pero le ha de ir muy bien, porque en cuanto dicen que arreglan un lugar, le ponen una pista de ésas. La de Cholula es azul con anaranjado. ¿Normas? También pintadas de colores. El INAH en la luna. Ojalá que en la luna, quizás desde allá podrían ver el paisaje lunático alrededor del cerro. La cancha de futbol, con pasto y tamaño normal, la volvieron más chica, con piso sintético y muy cerca de donde empieza la base de la pirámide.

No es cosa de negarse al cambio, a la limpieza, a recoger un tiradero, pero sí de hacerlo con inteligencia, sencillez y respeto. Sepan ustedes que por el rumbo había una vulcanizadora, algo como un basurero y hasta un manicomio. Ahí en lo que dentro de poco será un museo de sitio, -al que yo no sé con qué irán a llenar, porque al gobierno le gusta hacer museos para luego no tener qué ponerles-, había un manicomio. No estaba mal, todo es de locos, aunque sólo algunos vivan encerrados. ¡Qué tristeza!

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Presa de sueños

Valsequillo

Escribí un libro que empieza cuando una mujer le abre la puerta a su tercer marido. La casa en que vive está a la orilla de un lago. Para mí un lago mítico. Alrededor jugamos toda la infancia. Es una presa y se llama Valsequillo. A tal grado está creada contra un valle seco. Cuando llueve tantísimo como este año, la presa derrama por la cortina y hace una cascada ruidosa que siempre parece un milagro, porque un milagro parece todo lo que sucede casi nunca. Así empieza el segundo párrafo de “Maridos”.

Sacaron el tablero de ajedrez. Abajo estaba el lago adormeciéndose.

Julia sonrió enseñando su hilera de pequeños dientes. Había pocos paisajes tan perfectos como la sonrisa de Julia con los montes detrás, los ojos de Julia mirando al agua con la punta de ironía que no perdieron nunca, la cabeza de Julia oyendo a toda hora la música de fondo de su propia invención.

—¿Dónde anduviste? —le preguntó.

Él buscó en su bolsa la moneda de veinte centavos que corría en México a mediados del siglo pasado. La traía siempre como si eso le asegurara que en cualquier momento podría encontrarse con Julia. La usaban para jugar el águila o sol conque dirimían el derecho a mover la primera pieza del tablero. La tiró al aire.

—¡Sol! —pidió Julia casi al mismo tiempo en que él atrapaba el círculo de cobre entre una mano y otra.

—¡Águila!— dijo él enseñando la cara de la moneda que tiene de un lado el escudo nacional, con su águila comiendo una serpiente y del otro una pirámide iluminada por un gorro frigio.

Se acomodó frente a ella.

—¿Y qué es de tu marido? —preguntó.

—Mi marido se fue con la mujer de otro marido —contó Julia.

—Por fin—dijo él.

—Ni creas que vas a meterte en mi cama.

—No me he salido nunca —dijo él.

Julia necesitó un aguardiente. El quiso otro.

—¿Hay chocolates? —preguntó.

—Eres el único hombre al que le gustan los chocolates.

—¿Por qué se fue tu marido?

—Por qué se van los maridos. ¿Por qué te fuiste tú?

—Yo aquí ando —contestó él.

—Ahora —dijo ella y pasó un ángel con su caudal de silencio.

Y así termina el libro por el que han pasado todas las historias que a Julia se le ocurrió contar mientras su tercer marido duerme una semana en la casa.

Anduvieron por la orilla del lago. Al volver Julia Corzas guardó el tablero de ajedrez.

—¿Y nuestra historia? —preguntó él que la miraba detenido en el umbral, esgrimiendo la sonrisa que solía darle al despedirse. ¿No vas a contar nuestra historia?

—En otro libro —contestó Julia.

La tarde también era naranja y se iba acabando sobre el agua y los cerros.

Punro y aparte: Hoy en la mañana mi hermana fue hasta allá para ver el milagro. Aquí les dejó las fotos que me envió desde su teléfono. Habló tanto del lago, que tal vez no debería enseñárselos. Siempre es mejor lo que imaginamos.

Un día voy a escribir el libro que Julia promete. Un día. Un libro. Ojalá. Entre más leo, menos escribo.

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Un bel ladrar

La tarde se ha puesto azul añil y todo el que tiene cabeza quiere asomarla para ver de qué modo lo bello puedo llegar incluso aquí, a esta ciudad que tantos novios tiene, como prueba de que es cierto el dicho que reza: “la suerte de la fea la bonita la desea”. Está la ciudad iluminada, con los rayos del sol de las seis de la tarde, y yo querría salirme a caminar de aquí a los volcanes. Como si estuviera en casa de mi hermana y el horizonte de cristal que ahora miro de lejos, me dejara tocarlo.  Pero he vuelto de comer en Arturo´s, un pescado con alcaparras y un pastel de limón con merengue que siempre sabe a viaje de infancia. También el queso brie, más la copa de vino espumoso que Arturo se empeñó en ofrecernos para celebrar que hace cinco años abrió su restorán en La Condesa. Célebre barrio al que también hemos de dedicarle entradas varias en este blog de absurdos tan parecidos a toda a ella.

Punto y aparte: Estábamos en Chente y su destino. Daniela llegó a Puebla con él y lo llevó a vacunar, despiojar, desempulgar y empezar a comer. Todo eso a cargo de Lorena, su hermana, mi otra sobrina, que tomó el relevo de los cuidados tan en serio como ella toma todo. Y empezaron las fotos. Las mandaba mi hermana. Mi hermana, que hace un mes se rompió la otra pierna, (los íntimos recordarán que hace apenas un año se había roto la izquierda, ahora le tocó a la derecha), tuvo que quedarse en casa y el perro pasó a sus brazos con su encanto. Al tiempo en que llegó el perro llegó el Ipad y con él la simpárica y esperanzada cara de Chente. Porque la cara de Chente es un poema. Y yo, aunque no se dijera, parecía la más indicada (ojo: nunca me lo pidieron) para aceptarlo a vivir en mi casa. En la de mi hermana ya hay seis perros, dos vacas, cuatro caballos, veinte borregos, peces en dos estanques al aire libre y una pecera en la cocina. Mi cuñado, el que no presta sus herramientas, ha prestado una parte crucial del terreno que hizo a mano, rescatándolo de ser un monte de tierra terca, para las distintas aficiones animales de las tres mujeres. Pero dentro de la casa ya no acepta uno más. Y Chente, por poco fino que sea, no está para vivir a los cuatro vientos. Menos entonces, que apenas empezaba a ponerse en pie y que su cuerpo tenía la misma forma de patas largas, joroba y panza abultada de los primeros dinosaurios. Aún seguía sin poder apoyar las cuatro patas al mismo tiempo, como manda la naturaleza que hagan los cuadrúpedos cuando están sanos. Entonces llegué yo, de visita con Nino, el solterón de mi casa. Herencia de mi madre, empieza a ser un viejo perro huérfano porque cuando murió la perrita que fue en parte su mamá y en parte su rival, debió aprender a vivir solo en medio de unos humanos que se empeñan en tratarlo como persona. Sin duda yo, que a veces lo miro mirarme con los ojos de un sabio y tengo la certeza de que puede convertirse en príncipe. ¿Qué mejor idea que acompañarlo con la urgencia de cuidados que necesita Chente. Ninguna mejor, pero ninguna con menos destino. Su servidora ya no está para servir de nada. Y a Chente, hay que enseñarlo a todo. Otra vez: aquí no, allá sí, adentro, afuera, en el cojín. ¿Recuerdan la canción de Serrat sobre los niños? Pues el mismo proceso civilizatorio y devastador, pero con un perro. No pude. No me lo traje. Abriendo los ojos lo dejé pasar tras dos días de convivir con su estampa, con su cara de súplica sonriente. Encontraría una casa, me dije para espantar la culpa, y lo dejé en manos de mis sobrinas y mi hermana liderando el examen de la lista de solicitudes de adopción.

Noticia: Hace una semana Lorena se lo entregó a una señora que cumplía todos los requisitos. Chente pasó a vivir a la Colonia Bugambilias. Come croquetas, corre a placer, y enriquece la vida con su vida. Eso sí, ladra en un mí bemol que para mi fortuna no tengo que oír todo el día. Mi viejo príncipe es mudo, si acaso suspira y sin duda ronca.

Música para hoy: “Casta Diva” con Cecilia Bartoli. No lo podrán creer, Si se descuidan les gusta más que la Callas. Canta un tono más abajo y suena divino.