El tristazo

Ya saben ustedes. Nos ha caído encima el tristazo, como lo llamó Luis Miguel Aguilar en mitad del palco instalado en mi casa. Tras estar lleno de euforia durante ochenta y cinco minutos, porque antes del gol, ya estábamos contentos, se hizo un silencio de convento en penumbras. Nosotros, que anduvimos de fiesta desde que le ganamos a Crocia porque íbamos al cuarto partido, aunque fuera contra la peligrosa Holanda de la que no hablaré para no fomentar el entripado, nos quedamos mudos. ¿Y ahora qué hacemos con el resto del día, el resto del Mundial y el resto de la vida? se preguntó Catalina en un twitter. Por ahí le contesté yo unas cursilerías. Da igual. Le contesté que, con la vida: abrazarla. Díganme ustedes si no estuve grandilocuente y cursi. Debe haber sido el desconsuelo, como lo llama la mamá de Jorge. Con razón yo no quería que me gustara el futbol. Ya la vida se complica sola.

Verso de hoy: “Y a padecer de todos modos vengo”. ¿De quién? Pues de un soneto de Sor Juana que les dejo a buscar.

La tenaz alegría

Pues es una lástima que no puedan todos ustedes venir al palco de la San Miguel. Estuvo divertidísimo. Empezó a las once de la mañana y terminó a las siete de la noche. Un poco más allá del arduo Chile contra Australia.

Sepan que yo empecé mi vida conyugal siendo una escéptica. No me interesaban ni los mundiales. Ahora me encanta el futbol. Me divierte, me entusiasma y hasta he empezado a saber de qué se trata. Con decirles que ya tengo claro, no sólo lo que es un fuera de lugar, no sólo la habilidad que se necesita para no cometerlo, sino la destreza que puede haber en quienes lo propician. Un doctorado en Yale me hubiera costado menos trabajo, pero ya lo conseguí.

Como imaginan, lo crucial, para los de este rumbo, era el juego entre México y Camerún. Lo gozamos. Hubo de todo: desde las desventuras que puede dar un árbitro medio ciego, hasta la previa felicidad de ver a Dos Santos, que jugó como un niño genio, meter dos goles que le anularon. ¿Qué les voy a decir del gol que sí contó? El griterío y la euforia se siguen oyendo en la cabeza del pobre Nino que se asusta muchísimo.

De comida hubo ceviche, tortas de jamón, queso y lomo enchilado. De bebida lo que cada quien quiso a partir de las dos. Leonor Ortiz Monasterio, una mujer excepcional, tocada por el valor y la gracia, a la que no le gustan los elogios, trajo buena parte de estas delicias. Empezamos a comerlas en el medio tiempo del España versus Holanda. Muy divididas las apuestas. Yo, hasta el final, con España, que como dice Manu, se puso de acuerdo para perder a lo grande, porque hace tiempo que esta selección hace todo a lo grande. Hay que decir que hubo un gol de Holanda, que al parecer será el mejor de todo el mundial. Y al contarlo es que acepto de qué tamaño es mi ignorancia, sobre todo si la comparo con la infinita erudición de algunos asistentes al palco: no sé cómo se llama esa especie de pájaro que le pegó a la pelota en el aire y con el cuerpo horizontal, como si de verdad fuera a volar. Sí hoy que juega en el Manchester y que el Chicharito Hernández la ha tenido complicada con él. “Se equivocan si creen que ya ganaron el Mundial”, dijo el poeta antes de salir a tomar el aire antes del siguiente juego. Denisse y Lynn ya se iban, pero las convencimos, ya en la acera esperando su taxi, de que volvieran a entrar. Estuvieron hace poco en Australia. Cómo nos reímos entreverando su descubrimiento de los canguros con los goles de los chilenos. Chile ¡tres!

Ahora que subíamos tras merendar un caldito de frijoles, el doctor A dijo con una alegría de feria: ¡qué día tan divertido! Qué contento estuve ahora.

¿Ves Teresa por qué gusta el futbol? Puede regresarle a un adulto en sus cabales, preocupado por el devenir de la patria y las patrias del mundo, el gozo inocente que le daba jugar de niño.

Queda dicho por qué se abre en este blog el derecho a hablar de fut. Feliz domingo.

¡Aleppe! Dinosaurios distraídos

Escribo esto a las once y media de la noche del miércoles. Veinticuatro horas después de lo que pudo ser una catástrofe familiar.

Ya se los contaré, digo antes que hoy Google celebró a Mary Anning, la mujer que desempolvó y descubrió a varios dinosaurios cruciales. Entre ellos el célebre peterodáctilo. El doodle se le dedicó con motivo de su 215 aniversario. La paleontóloga británica nació en 1799. En su tiempo no fue celebrada como una gran científica. Sólo hasta 1900 empezaron a reconocerse sus aportaciones. Y hasta 2010 un panel de expertos de la Royal Society la incluyó entre las mujeres británicas más influyentes en la historia de la ciencia. De todo esto me entero ahora, que pasé por el maestro inevitable. Se los cuento porque me parece que les gustará saberlo y como preámbulo a una anécdota que les dará mucho de qué hablar. (A favor de nuestra hospitalización).

Ayer, por ahí de las once y media de la noche, el historiador y yo estábamos entregados a una misteriosa teleserie, presos del suspenso de una abogada que no deja de meterse en líos, así que tardamos en oír los ruidos y los pasos que recorrían el primer piso de nuestra casa. Sólo cuando las voces estuvieron al pie de la escalera, saltamos del sillón al vestíbulo. “¿Quién está ahí?”, preguntamos, no sé si a coro o en desorden. (Como en las películas). “¡La policía!”, contestó una voz de hombre. (Como en las películas). ¿Para qué voy a decirles que no temblé? En nuestro país uno tiende a temerle a la policía. En la escalera estaba un compatriota con su uniforme azul, tan asustado como nosotros, pero empuñando una pistola y preguntando si estábamos bien. No se me olvida su cara.

Bajamos. Héctor delante de mí. “Perdone, señor”, dijo el policía extendiendo la mano en que no tenía la pistola. “Los vecinos nos reportaron un asalto a casa habitación. Entramos así, porque la puerta estaba abierta”.

Ya se imaginarán. Vinieron todos los “¡qué barbaridad!, pero ¿esto cómo pasó?, ¿quién entró al último? ¿Será que se descompuso el mecanismo de la puerta? ¿Estaba abierto a todo lo ancho, o sólo un espacio?” “Venga le enseño a usted” y el señor de la casa caminó con los dos policías al otro lado del patio. Yo subí a mi estudio para espiar desde lo que llamo terraza y es la azotea.

El caso es que la puerta del garaje estaba abierta, a todo lo ancho, desde hacía las mismas dos horas que el doctor Aguilar había entrado con su coche, subido a nuestro cuarto, y abrazado a una servidora. Se había puesto su piyama, demostrado cinco a siete verdades sobre la compleja realidad nacional, interpuesto una que otra queja de hambre y merendado su tortilla con queso mientras, nuestros, por fortuna, precavidos y generosos vecinos, daban parte a la policía del extraño caso de la casa abierta a los cuatro vientos y sin previsión de los cuatrocientos ladrones que nunca aparecieron. Se los tengo muy dicho: “hay gente buena”. Aunque no salga en los diarios. Y gente despistada que por su bien no sale en los diarios. Como nosotros. De pensarlo me asusto. Pudo haber habido un merecido asalto a casa habitación y la casa pudo ser nuestra casa. Estuvo de preocuparse. Mi cónyuge anda distraído y se supone que esa defecto era sólo mío. No se lo quiero contar a mi amiga Adriana porque aprovechará para darme un discurso sobre las ventajas de vivir en un edificio con vigilancia las 24 horas y las desventajas de ser tan confiados como nosotros. Sin embargo lo haré, no para presumir mi buena suerte sino para oírme y creerla. Somos unos bien afortunados. A nosotros, ayer, nos salvaron los vecinos y los policías. Nunca supimos cuáles vecinos dieron la alarma, porque del susto ni lo preguntamos. Y aunque sepamos las caras de los policías no alcanzamos ni a saber sus nombres. De repente, ya se habían ido dando las buenas noches. El escritor, historiador, analista y ministro del culto a la Ciudad de México subió asustado, pero de sí mismo. Se le contagió mi achaque. Y ni a quién pedirle una medicina a tiempo. Ya le iré enseñando a sobrevivir pensando en varias cosas a la vez. Y olvidando varias de las esenciales. Pero esto de la puerta abierta sí tiene que tener algún remedio. Además del de los buenos vecinos y los ejemplares policías. Habían recorrido toda la casa, abierto los armarios, la alacena y el baño. Mientras, los habitantes de la casa estábamos consternados con las preocupaciones de la señora Alicia Florrick. Par de suertudos.

Poesía para hoy: Papé Satán, papé Satán, aleppe. Dante Alighieri inicio del Canto Siete de la Divina Comedia. Aleppe quiere decir ¡cuidado! Satán, no tengo que decírselos. Y el verso completo suena de dar miedo. Como el que tengo al recordar lo que les cuento. ¡Aleppe!.

El Bravo y la brava

Aquí les dejo un texto de Verónica Mastretta sobre Nicolás Bravo, un héroe de la independencia mexicana que, por bienes del destino, no fue un criminal, como casi todos los héroes de cualquier guerra.


"BRAVO: VALIENTE Y BONDADOSO"

Por Verónica Mastretta

En las guerras suele manifestarse los peor y lo mejor de los seres humanos. Personas que en épocas de paz parecieran normales, puedes resultar dentro de las extremas situaciones de los tiempos de guerra, personalidades violentas o espíritus altruistas más allá de lo común. En la guerra de independencia de nuestro país, muchos de nuestros héroes patrios tuvieron momentos brillantes y heroicos, pero pocos fueron capaces de sustraerse a la violencia en momentos claves. Dos personajes, Morelos y Bravo, tuvieron actitudes opuestas ante un mismo hecho. Los hermanos Bravo, Miguel, Víctor, Máximo, Casimiro y Leonardo, criollos ricos que tenían una hermosa hacienda en lo que hoy es Guerrero, fueron conminados por el gobierno realista a formar un grupo de resistencia al movimiento independentista. No solo se negaron estos criollos liberales, sino que Don Leonardo , entonces de 46 años, involucró a sus hermanos y a su hijo Nicolás, entonces de 24 años, a unirse al movimiento independentista con gran convicción. Todos los Bravo, pero en particular, Don Miguel, Don Leonardo y su hijo Nicolás, resultaron excelentes y tenaces luchadores .Se unieron a las fuerzas de Morelos, que en 1812 , muerto ya Hidalgo, era el líder militar indiscutible y victorioso del movimiento en la zona centro y sur de lo que hoy es México. Morelos tomó en 1812 el puerto de Acapulco, objetivo estratégico para cortar el comercio entre Asia y el gobierno virreinal. Lo logró después de una cruenta lucha, en la que , como en otras batallas, ambos bandos se distinguieron por su fiereza. Tomado el puerto, Morelos fusiló a muchos combatientes enemigos e hizo prisioneros a 300 españoles civiles. Poco después, Don Leonardo, huyendo del sitio de Cuautla, fue hecho prisionero por el ejército del general Calleja, hombre particularmente cruel y sanguinario con prisioneros y ciudades afines a los insurgentes. Don Leonardo fue juzgado en México y condenado a morir con una de las muertes más crueles que hay: el garrote vil. Cuando era pequeña yo creía que al señor lo habían matado a garrotazos. Ahora sé que ese tormento es peor aún y les evitaré el disgusto de describírselos. Enterado Morelos de la sentencia, mandó ofrecer al Virrey Venegas el canje de los civiles españoles presos en Acapulco a cambio de la vida de Leonardo Bravo. El virrey y Calleja se negaron y Don Leonardo fue ejecutado en la plaza pública a la edad de 48 años. En represalia, Morelos condujo a 200 de los 300 españoles que tenía prisioneros en Acapulco, al despeñadero de la Quebrada; sí, la Quebrada, la de los clavadistas arriesgados. Pues ahí los soldados fueron degollando y arrojando al mar desde las alturas a los presos que no les habían querido canjear. Al mismo tiempo, Morelos mandó la orden a Nicolás, entonces un muchacho de 26 años, de matar a 300 de los rehenes que este tenía retenidos en San Agustín del Palmar, en Puebla . Nicolás sacó a los 300 prisioneros al patio, y ahí les dijo que su padre había sido ejecutado y de qué manera. Temblaron todos esperando lo peor. Sin embargo Nicolás les dijo que no se vengaría a través de ellos, ni cobraría con sus vidas la de su padre. Acto seguido los dejó en libertad. Muchos se unieron a su causa, otros regresaron a sus vidas sin poder creer su buena suerte. Otros méritos tendría Morelos, pero el de la magnanimidad y la generosidad no fueron lo suyo. Tampoco por cierto lo fueron de Hidalgo, que en su momento de mayor poder, cometió y permitió actos de una crueldad inusitada, paralela a la crueldad de los realistas. Si de un concurso se tratara, aún no sabríamos quién sería el ganador.

Derrotado Morelos, el movimiento de independencia casi llegó a extinguirse. Bravo jamás se acogió a los indultos ofrecidos por los virreyes. Anduvo prófugo y no fue atrapado porque fue a refugiarse a los pantanos de Tabasco con lo que quedaba de su ejército: él, cinco soldados y tres machetes. En 1818 los realistas lo tomaron preso y le ofrecieron el indulto; se negó a aceptarlo y estuvo preso dos años. Fue liberado y después se adhirió al Plan de Iguala de Iturbide , participando en el sitio de Puebla. Tuvo el gusto de ver consumada la independencia. Su tío Miguel no corrió con esa suerte. En 1814 fue hecho prisionero, llevado a Puebla, fusilado, decapitado y su cabeza fue exhibida en lo que hoy es el mercado del parral. Un párroco bondadoso y valiente lo enterró en la parroquia de San Marcos, en donde aún hay una columna con una placa que lleva su nombre, aunque el cadáver desapareció en 1836.

Nicolás tuvo una larga y azarosa vida.A lo largo de los años sería, por cortos periodos , presidente de la república tres veces. Nunca abusó del poder y demostró inteligencia , prudencia y sensatez en su forma de gobernar. Vivió lo suficiente para desencantarse de algunos seres humanos, de Iturbide, de Santana y de las amarguras del quehacer político. En 1846 encabezó inútilmente la defensa del castillo de Chapultepec en contra de los americanos, convirtiéndose en un fuerte opositor a Santana. Larga vida llena de emociones y altibajos tuvo Nicolás Bravo, pero que yo sepa, ningún acto cruel mancha su nombre. El viernes pasado, en casa de un amigo, tuve el privilegio de ver la copia de un documento con su firma original, en la que siendo presidente concede el título de ciudad a la entonces villa de Atlixco. Me emocionó ver y tocar su firma, clara y sencilla , en la que su nombre y apellido son perfectamente legibles. Por curiosidad busqué la firma de Morelos: es encriptada e ilegible, como lo es para mí su compleja personalidad . Me alegro de haber pasado muchos de los felices días de mi infancia en el Paseo Bravo, jugando sin saberlo junto a su monumento, que más que honrar a un héroe, honra la memoria de un hombre bueno y congruente hasta el final.