Luminoso Yangtsé

Por el Yangtsé anduvimos, admirando y gozosos, diez amigos, apenas hace un mes. Nunca imaginamos que podría ser peligroso, mucho menos que, en poco tiempo, un barco como el nuestro, naufragaría avasallado por el oleaje. Uno anda por el mundo, como por la vida, sin pensar en los riesgos. De otro modo, no podría vivir. En Nexos de Junio está mi texto sobre China.
Dije así:
“Veo de nuevo el río Yangtsé, el paisaje cercado por montañas. Y llueve sobre la proa del barco en que estamos temblando, apoyados unos en otros. A veces lastima la belleza. Nos pone a temblar. A mí el puro recuerdo del paso por las tres gargantas me hace creer que anduvimos volando. Una tarde saltamos del barco grande a uno mediano y de ése a unas canoas en las que remaban tres hombres de apariencia quebradiza, sobre cuyas espaldas ondeaba un poderío que hubiera sido imposible imaginar con sólo verlos. Iban remando como si los soñáramos. Sus brazos nos llevarían de prisa hacia el centro del afluente más angosto. Ahí se detuvieron. Entre dos acantilados, como abismos cayendo al cielo. Y nosotros pequeños, pero hablando, porque las palabras engañan nuestra insignificancia. Si un solo día nos dejaran ahí, volverían a recoger nuestros cadáveres. Avasallados. Será por eso que los humanos aprendimos a nombrar. Para defendernos de lo incomprensible. Si decimos Yang-tsé creemos apresar lo inaudito. No quiero abrir los ojos. Al bajar de las canoas nos ayudaron las manos de esos hombres tan menudos como yo. Manos sucias, manos más diestras de lo que fueron o serán las nuestras.

Y volvimos al barco, al abrigo en donde estaba siempre nuestra mesa, con su mantel tan limpio y su comida a tiempo. Con el vino y el arroz atándonos al mundo que sí entendíamos.”

Punto y aparte: Imaginen ustedes. Así andaban, como jugando, los pasajeros del barco que naufragó.

Salir de casa

En algunas cosas me he vuelto seria. No acepto ir a ninguna parte antes de las once de la mañana. A ningún compromiso público. Ya entendí que para estar despierta, movida, bañada y desayunada necesito por lo menos dos horas. Así que puedo estar lista, para salir, no sin dificultades, a las diez. Más los inevitables sesenta minutos que en el Distrito Federal tarda cualquiera en ir de cualquier lado a cualquier otro; las once.
De todos modos, procuro quedar a la una para tener tiempo de otras cosas. De preferencia escribir siquiera un párrafo, antes de echarme a la mar que es el caos de esta ciudad. Les digo esto y ya pienso en la aberración que ha sido mover mi horario de tal modo. Antes todo era más temprano. Cuando mis hijos eran niños, a las nueve empezaba yo a escribir, sin tregua, hasta las tres. No sé cuándo entré en este desorden, pero lo cierto es que ya es una ratonera de la que no consigo salir. ¡Qué palabra! Salir. Cómo me cuesta salir.
Hoy en la mañana tuve cita con la ginecóloga a las doce. Así que salí a las once sin contar con que en lugar de sesenta minutos haría setenta. Bajé las escaleras, corriendo, _si no arriesgo la vida qué chiste tendría la vida_, cargada con tres bolsas, dos pares de zapatos, más los puestos, un libro, la bolsa de las pinturas y el perro. ¿Por qué? Verán ustedes: tres bolsas porque ayer usé una en la mañana y otra en la noche. Son chiquitas, medio formales. Y no les cabía todo. Así que repartí las pertenencias intelectuales, pluma, papel, anteojos y dinero, de las pretenciosas, pañuelos, pinturas, y monedero. En la mañana fui, a la primera sesión del foro Iberoamérica, con la roja. Y en la tarde, a la presentación de “Adiós a los padres”, el libro de Héctor Aguilar Camín, con la negra. Por fortuna, a la cena, en el Museo Soumaya, no llevé bolsa. Me di de santos con cambiarme de ropa dentro del coche, porque era formal y las librerías piden soltura, de donde no podía ir a los dos lugares vestida igual. ¿A qué viene tanta frivolidad? A que me urge compartir de qué modo el caos, del que dicen que viene el universo, se ha metido a mi vida como otro universo. Hoy en la mañana necesité salir con una bolsa en la que cupieran tres actividades. Así que llevé las dos chicas para vaciarlas en la grande. Ya no me rige el sol, No, la luna, sino un orden lleno de desorden. Y todo olvido. Cuando por fin consigo llegar al coche resulta que dejé el celular. Cuando subo a buscarlo y no está, marco mi número, desde el teléfono de la cocina y lo oigo sonar al fondo de la bolsa. Entonces no encuentro los anteojos. ¿Y por qué tres pares de zapatos? Porque unos los uso en el coche, otros cuando quiero caminar un trecho largo y los demás cuando quiero portarme como idiota y andar en tacones. Eso sí, dizque muy elegante. Se me olvida: normalmente bajo dos chales, uno corto por si el clima está bonito y otro largo por si entra el frío. ¿De qué depende tal cosa? De nada. Otra vez del azar. Del capricho. Uno sale con un sol tibio, y con suéter, pero a la media hora tiene que quedarse en camisa porque entra un calor de verano en Madrid, y a las dos horas puede llegar un frío de invierno en otoño que si no se llevan unos adminículos para las contrariedades se puede encontrar una gripa a la vuelta de la esquina. Así que lleno el coche de posibilidades. Y de inseguridad. ¿Por qué no confiar es que todo será fácil? Porque no lo es. ¿Cómo vivía yo cuando salía a las seis y media de la mañana y volvía a las once de la noche? No lo recuerdo, tenía veinte años.
Todo esto se complica aún más si conmigo va mi cónyuge y no sólo mi perro. Porque él siempre va diez minutos antes y yo siempre diez después, de ahí que entre nosotros exista la terrible sentencia “tus inevitables cinco minutos”. Él cree que cede esperándolos y yo creo que cedo apresurándolos. El único que entiende el tema de mi tiempo es el Nino. Porque para él no existe el tiempo. Este yugo que yo quiero soltar y no me deja. Ahora mismo, tendría yo que estar yéndome a una cena en el Palacio de Minería. Termina el feliz Foro Iberoamérica y el discurso final estará a cargo del presidente Sanguinetti. Con tal de no perdérmelo he de correr de nuevo. Nada más le dejo dicho que ayer, el discurso del presidente Cardoso, fue de tal modo conmovedor, que recibió una ovación de pie y con silbidos de parte de una formal clientela de personas mayores, y muy mayores que cayeron, caímos, a sus pies. De lo que dijo y lo que hoy diga el otro genio, les contaré después.
Por lo pronto doy el parte a quienes durante el día han querido saber cómo estuvo la presentación del libro en la sala Rosario Castellanos. Sala lleno. Conversación inteligente. Público cálido. ¿Qué más puede pedir un escritor?
Como tengo aquí varias amistades que siempre quieren los detalles, les recomiendo que vayan un texto de Jesús Alejo Santiago, en Milenio de hoy 30 de octubre.

Poblanos: mañana a las siete en Profética. Quienes puedan están más que invitados.

Aplicación para acompañar la epilepsia

Empecé contándolo como si nada. Hablé frente a una audiencia cálida y receptiva. Me conmueven los médicos. Hoy les conté algo de mi achaque fundamental. Lo he escrito varias veces, y lo decía siempre sin estrépito. La primera vez lo dije en un artículo, para “Ovaciones”, que llevó el título: “Tengo epilepsia: ¿y qué?” Andaba yo por ahí de los 24 años y tenía como diez de andar cargando el mal que, para mi fortuna, yo no tomaba muy en serio. Nunca lo he tomado más en serio de lo necesario. Pero para aceptar la fidelidad a las medicinas he tenido siempre un rigor de monja portuguesa cuando escribe cartas. Puntual y apasionada. Ni siquiera miedosa. De ahí que me cueste entender a quienes las olvidan o se niegan a tomarlas. Sin embargo, esta mañana, en el Hospital Infantil, me enteré de que, sobre todo en los adolescentes, dejar las medicinas es un desafío que les gusta.
Hoy hubo una ceremonia para reconocer a los creadores de una aplicación telefónica para apoyar a personas con epilepsia. Costó llegar ahí porque la ciudad confunde con calles como vericuetos. Pero, de repente, ahí estaba, desafiante y hermoso, el nuevo edificio del hospital para los niños. Un rectángulo de colores. En el número 162 de la calle doctor Márquez, en la colonia de los doctores.
Por ese mismo rumbo estaba el hospital francés cuando yo vine aquí, hace cincuenta años, a que me tomaran un electroencefalograma porque, supongo, en Puebla no había los aparatos. Digo que lo supongo porque no lo sabía pero tampoco creo que mis papás hubieran hecho el esfuerzo de venir hasta aquí, si en Puebla hubiera sido posible tal maniobra. Pobres de mis papás, pienso ahora. Lo que habrán penado. Tenían una hija con una enfermedad caprichosa, que avergonzaba y a la que se temía. Me imagino lo que habrá sido para ellos que su chiquita creciera bajo la sombra de una probable crisis cada vez que a su cuerpo se le antojaba. Recuerdo ahora su gesto arriba de mis ojos cuando los abría tras una crisis. Ahí estaban los dos, asomados a mí como si quisieran descifrar un crucigrama en chino.
Veníamos al hospital francés, no sé por qué a ése, justo junto al panteón. Entonces no lo consideré una profecía, pero no habrá faltado quien así lo tomara. Si ahora yo tuviera que consultar a un médico cuya oficina quedara a tres pasos del panteón, me preocuparía. Pero se ve que entonces eran más prácticos. ¿Para qué viajar hasta más lejos si las cosas salían mal? En mi caso, salieron bien. Pero con el tiempo.
Yo sé, en carne y alma propias, que el mundo no sólo cambia para mal. En lo que tiene que ver con las enfermedades hay mejoras que les hacen bien a muchos. Sin escándalo, sin salir en los periódicos ni darse aires de genios, quienes llegaron a la fórmula de las medicinas que hoy me acompañan tienen mi diaria bendición. Y las de muchos otros.
Hay gente buena, me dije al entrar al hospital.

Pluralidad, vino y pecado

Manu es una de las más asiduas conversadoras de este blog. Contar con ella es privilegio y alegría de esta tertulia. Vive en Andalucía, es como de mi edad, pero mucho más sabia. Es lectora obsesiva de Juan Ramón Jiménez y luego de quien se deje. No se pinta el pelo y muy poco la cara. En cambio se pinta sola para vivir sola, para oír música, para cultivar aceitunas y regalar su tiempo y su talento a las mejores cosas de la vida. Sin duda a los amigos. En la entrada anterior nos dejó este mensaje que pongo aquí arriba para compartir con quienes no tienen tiempo de bajar a los comentarios. Y para repensarla con ustedes todos. Dice así:
Os cuento algo que a primera vista parece una frivolidad pero que no lo es:
En la salida de los super, suele haber muchachos negros que se ofrecen a llevar los carros de la compra hasta el coche. Es la manera de ganarse una propina que es de lo que viven porque no encuentran trabajo.
Esta mañana, llevaba una caja de doce botellas de vino, entre otras cosas, y el muchacho con cara de preocupación me dijo: “señora, (eso para alegrarme la mañana), beber alcohol es pecado”. “Sí, probablemente lo sea, pero lo que no tiene perdón es no beberlo”, le contesté. Me miró con inocencia y con cara de no entender nada.
Me fui a casa con muy mala conciencia, y avergonzada de no haber estado a la altura debida.

Digo yo y pido “vuestra” opinión: El cuento de Manu me ha hecho pensar varias razones. La primera es que ella explica, porque lo considera necesario, que estos muchachos que ayudan a cargar lo hacen en busca de una propina, mientras encuentran un trabajo. Esta es la diferencia: en México diríamos que eso es tener un trabajo. En efecto, lo mismo, ayudan muchachitos por una propina, en los ratos que no están en la escuela. Pero aquí, al menos yo, de toda mi vida, a eso lo considero tener un trabajo. Y se ve que también ellos, porque el señor que ayuda a guiar la salida de los coches, dando pequeños golpes, de dos en dos, para significar “pasa usted” y de uno seco para decir “hasta ahí”, lleva veinticinco años de hacer eso en el estacionamiento de mi super. Y se le ve contento. No se considera un desempleado. Eso seguro.
La otra es esa llegada tenue y constante de inmigrantes que piensan distinto a los españoles. Y a muchos de nosotros. Y que, para su bien y el nuestro, ya se atreven a decir lo que opinan, que el “vino es pecado”, por ejemplo. Y miren que decírselo a Manu, se necesita ser valiente. Porque ella es una bebedora de buena cepa. No sé por qué se fue a su casa con muy mala conciencia. Imagínense si ella le hubiera dicho a él que la burka es una barbaridad. El escándalo que eso hubiera sido. Ahí sí que se hubiera ido a casa con mala conciencia. Y tal vez con el regaño de algunos defensores de la pluralidad. Pues eso, Manu. No te sientas culpable. Si de pluralidad se trata, y es bueno que se trate, bébete el vino a la salud del muchacho. Y de la nuestra.
Música para hoy: https://www.youtube.com/watch?v=JOhNhJG3MrM

Piojeces

Puse un twit que dijo: “cómo están las cosas, todas las ocurrencias felices deberían llamarse “piojeces”. Pido disculpas por la ausencia de ayer, pero es que dediqué el día a que ganara México. Porque ya saben ustedes que aquí la más ignorante es paradia del Piojo. Y fue un gritar y tirarse al suelo celebrando, como los que se vieron en el pasto del estadio. Yo no sé contar juegos y menos como lo hizo en El País Juan Diego Quesada. Aquí se los dejo para quienes no lo vieron.

Juan Diego Quesada
La valentía de México tiene recompensa
El País

Un México desatado tumbó a Croacia con todas las de la ley (3-1). El valiente Miguel Piojo Herrera se la jugó con un par de delanteros cuando el partido tenía que tomar rumbo mediada la segunda parte y a fe que le salió bien. A los mexicanos les valía el empate para clasificarse a la siguiente ronda pero en vez de echarse atrás y esperar en la cueva, Herrera mandó a los suyos al frente con una voracidad extraordinaria. Márquez marcó el primero de un cabezazo tras elevarse entre las torres croatas, una faena que remataron Guardado y Javier Chicharito Hernández, un invitado de última hora.

Los croatas habían insinuado en la previa que se sentían mejores futbolistas que los mexicanos. Mala idea. No conviene azuzar a unos muchachos que comienzan la liturgia del partido cantando “al grito de guerra” el himno. En la primera parte uno y otro equipo se estuvieron tanteando, como dos vecinos en la primera barbacoa juntos. La segunda fue otra cosa. Croacia, más necesitada de la victoria, pareció dar un paso al frente. Era un espejismo.

La tormenta mexicana estaba por desatarse. Herrera está convencido de que su nueve titular en este Mundial es Oribe Peralta pero la sensación de dejar a un delantero de la talla de Hernández en el banquillo le inquieta. A la hora de la verdad acabó jugando con los dos. Niko Kovac, el técnico croata, no tenía plan para contrarrestar tamaña osadía. En su cabeza había visualizado otro partido. No supo o no pudo reaccionar. Chicharito comenzó a bajar los balones que le llegaban desde los costados. Peralta amenazaba con cazar alguna segunda jugada. Se sucedió el acoso de los de Herrera con algún penalti que el árbitro ignoró.

El gol llegó de la mano de Márquez, el kaiser de Michoacán, el primer jugador en portar el brazalete de capitán en cuatro mundiales distintos. La suerte estaba echada. El comienzo había sido bien distinto. Los de Niko Kovac se habían hecho con la iniciativa desde el pitido inicial. El grandullón Mandzukic chocaba con el portero Guillermo Ochoa en los saques de esquina, como avisándole de que no iba a ser un día plácido. No eran más que balas de fogueo. México aguantó replegado atrás, muy juntas las líneas, cinco en la retaguardia si era necesario. Modric trotaba de un lado a otro arrastrando la pelota, sin encontrar la rendija.

El primer susto, sin embargo, se lo llevaron los croatas. El flaco Héctor Herrera, ese mexicano con un aire a Di María, recibió una pared en tres cuartos de cancha, orientó el balón hacia su pierna buena y soltó un zurdazo que el veterano Pletikosa iba a ver entrar en su portería como un espectador privilegiado. El balón acabó en la cruceta. El partido se enrareció. Los croatas, de pierna fuerte, fueron al choque pero los mexicanos también supieron jugar en lo subterráneo. A veces en exceso. El muy temperamental Márquez pese a los años, cortó un contraataque con una violencia desmedida que pudo costarle el camino a los vestuarios.

La segunda parte iba a ser decisiva. Croacia necesitaba un gol si no quería quedarse en primera ronda. Los de Kovac se asomaron al precipicio partiéndose por la mitad. La defensa y los dos mediocentros, los talentosos Modric y Rakitic, necesitaban prismáticos para ver a los de arriba, Olic, Perisic y Mandzukic. Por ahí se coló México. Guardado y Herrera coparon la autopista y encontraron buenos socios arriba. Chicharito había salido por un Giovani Dos Santos que no había encontrado su sitio en toda la tarde. Los laterales Layún y Paul Aguilar le empezaban a tomar el gusto a pisar área ajena.

El segundo gol fue cuestión de buen fútbol, que no solo de testosterona vive este equipo. Tras una triangulación en la derecha, el balón le quedó franco dentro del área a Guardado. Fusiló a Pletikosa. Chicharito, el jugador que más había reclamado con el cero a cero unas manos dentro del área de un defensa croata, hizo el tercero también de cabeza. Márquez, otra vez, había peinado en el primer palo y había servido en bandeja el gol. Chícharo estaba dando un recital de cómo se juega al fútbol, con y sin balón. Ivan Perisic hizo el gol de la honra de los balcánicos.
El explosivo Miguel Herrera, a quien se le presupone más corazón que cabeza, ganó el partido en la pizarra. Llegó a Brasil como un motivador pero va camino de convertirse en un estratega. Celebró los goles en la banda como un poseso. Estaba empapado y el parte meteorólogico no había pronosticado lluvia. En la otra orilla le espera Holanda.