Puntos karma

Vino el célebre Jorge Landa, el muchacho sabio, no sólo conocedor de lo para mí desconocido, que se hace cargo de tener a Nexos en la red y entre sus redes. Ya les había yo contado que entre mis aparatos de comunicación y entretenimiento: el Ipad, el teléfono y la computadora, existía una cantidad considerable de desencuentros, por sobre todos el que tenían con internet, razón por la cual tengo como doscientos correos sin contestar, pero no les dije que semejante jaleo intervino también mis deseos de escribir. Créanme que escribir es un deseo, al menos para mí, no una necesidad. No me muero si no escribo, me muero si no deseo, pero puedo desear tantas otras cosas además de escribir. Leer, por ejemplo. Hoy he pasado horas leyendo. Razón por la cual quedo aún más lejos del deseo de escribir. No aquí, no a ustedes, a quienes vengo para conversar de las cosas, de lo que cruza nuestro ánimo, antes que nuestro ingenio, pero sí en el Puerto Libre, ni se diga en una novela. Las novelas son un juego muy serio. Cuando ando por el twitter, que es un juego nada serio, encuentro quienes me piden otra novela. No saben lo que es nombrar la soga en casa de esta ahorcada. Y me dicen que Carlos Marín quiere pedirme que escriba yo en Milenio.
Yo lo que quiero es saber, es el título de la tesis que mi madre presentó para conseguir el título de antropóloga a los setenta años. Entrevistó a cinco mujeres que no habían pasado de tercero de primaria. Mi madre supo de ellas. Yo no las conocí, pero yo también lo que quiero es saber. Por ejemplo, lo que ellas sabían. No me pidan que escriba, estoy pasando un buen rato entre las palabras de otros. A nadie le urgen las mías. Menos que nadie a mí.
Punto y seguido: Besos y hasta el rato. Escriban, que este dirección los extraña.
Punto y aparte: Jorge no les quiere cobrar con dinero a los amigos. Dice que él cobra en puntos karma y que con esos pagos le ha ido bien. Ya veré cuándo me necesita, por lo pronto, con los puntos karma que tal vez puse en alguien más, hoy él vino a salvarme.

Don Temístocles Salvatierra

A Don Temistocles Salvatierra lo inventó nuestro padre, Carlos Mastretta Arista, cuando en mitad de nuestra infancia quiso abrirle un hueco al mundo en que crecíamos. Don Temistocles era, fue y es un telegrafista retirado que escribe las anécdotas que le suceden a su interlocutor semanal, el excepcional “Mísero Vendecoches. Tan solemne y consternado personaje se quedó con el vicio de escribir como telegrafista. Y como tal escribía Carlos Mastretta, los domingos, para publicar los lunes, una columna llamada “Temas Automovilísticos”. En ella, con el pretexto de hablar sobre automóviles, Temístocles ironiza y se divierte describiendo las aberraciones del tránsito, de la política, de los negocios que rigen la vida de la pequeña e imperturbable ciudad de Puebla, en los años sesenta. El inerme y por lo mismo seductor Mísero Vendecoches encubre al escritor que, de este modo, se da el lujo de tener tres personalidades. La del que narra, la del observado y la de quien escribe sobre ambos. Si el Carlos Mastretta que regresó de Italia en mil novecientos cuarenta y seis, hubiera vivido y escrito en estos años, su paso por los diarios hubiera sido exitoso. Sin duda le habrían pagado bien. Mucho más gente de la que lo entendió en los sesentas lo hubiera disfrutado ahora y quizás esto le habría dado honores y satisfacción. Sin embargo, yo sé, porque así lo recuerda mi frente, que él tenía una estrella en la suya mientras escribía. Y que era feliz golpeando las teclas reacias de su máquina verde oscuro. Un rato, una tarde a la semana, invulnerable y en vilo, como nadie. Creo que a él le hubiera gustado conocer a estos adultos, ahora todos con más años de los que él tenía cuando murió, en que nos convertimos sus hijos.

Et punto: sin duda hubiera estado orgulloso de tenerlos a ustedes como lectores.