Silbar una tonada

Fuimos a Los Angeles. Qué ciudad tan rara. Entre más voy, menos le entiendo. Lo que cada vez me queda claro es que he de seguir yendo, porque andar ahí ya no depende sólo de mi santa y regalada voluntad. Catalina y Daniel se casaron, allá, en Hollywood, abajo del cerro, hace dos meses, como quien saca una licencia de conducir. Pero no se han librado del festejo. Es más, lo que empezó el viernes pasado fue el principio de los festejos. Nos encontramos familia con familia. Comida y cena, mar y museo, noches y cuentos. Qué manía tan fantástica es ésta de contar. Cuando uno la encuentra en los otros, sabe que ha encontrado lo esencial. Saber contar es ser de la misma familia. Por ahí se encuentra el hilo que acerca a los otros. Ni los españoles, ni los mexicanos de nuestras varias y variadas mesas tenemos problemas para conversar. Y nos hemos contado el mundo al derecho y al revés. Desde los moros hasta Hernán Cortés, desde el último descubrimiento de no sé qué recámara en Teotihuacán, hasta la diferencia entre las anchoas y el huachinango. Todo eso, antes y después del concierto de John Williams. Punto central del encuentro. Nuestros hijos fueron a Los Angeles a estudiar cine. Parece que su pasión y su destino es el cine. Sin embargo, su origen: el castellano. Porque hasta para hablar de ET o de los dinosaurios de Spilberg, de la Guerra de las Galaxias, de Disney o de los estudios de la Warner han contado con el idioma que compartimos y gozamos sus padres. Mucho menú en inglés, mucho plis, mucho tenquiu, pero a la hora de acercarse, de saber bien quién es quién, lo que decimos todos con buenísima pronunciación y sin abismo alguno es: prueben que rico está el pancito, que nos traigan aceitito de oliva y qué bonito está el mar.
Punto y aparte: Con diferencia de minutos leo que el dueño de Amazon compró, el año pasado, el Washington Post en 250 millones de dólares y que Bruce Willis está vendiendo su casa en diez millones de dólares. ¿Cómo es eso? ¿No tendría que ser mucho más caro uno o mucho más barata la otra? Supongo que así son las leyes del mercado. Qué raro es el mercado.
Mi texto de Puerto Libre: Ya está aquí junto. “Las parejas nos vamos haciendo de códigos. Es así como desciframos, aun cuando la otra parte no lo diga, de qué humor anda la media naranja. Si está en una trinchera o en un prado, si en la montaña o a la vera de un lago, si en la memoria o el futuro, si en gerundio o en presente perfecto. Y tenemos momentos, dentro de esos códigos, que nos mueven, a un tiempo, varios otros. A…”