Don Temístocles Salvatierra

A Don Temistocles Salvatierra lo inventó nuestro padre, Carlos Mastretta Arista, cuando en mitad de nuestra infancia quiso abrirle un hueco al mundo en que crecíamos. Don Temistocles era, fue y es un telegrafista retirado que escribe las anécdotas que le suceden a su interlocutor semanal, el excepcional “Mísero Vendecoches. Tan solemne y consternado personaje se quedó con el vicio de escribir como telegrafista. Y como tal escribía Carlos Mastretta, los domingos, para publicar los lunes, una columna llamada “Temas Automovilísticos”. En ella, con el pretexto de hablar sobre automóviles, Temístocles ironiza y se divierte describiendo las aberraciones del tránsito, de la política, de los negocios que rigen la vida de la pequeña e imperturbable ciudad de Puebla, en los años sesenta. El inerme y por lo mismo seductor Mísero Vendecoches encubre al escritor que, de este modo, se da el lujo de tener tres personalidades. La del que narra, la del observado y la de quien escribe sobre ambos. Si el Carlos Mastretta que regresó de Italia en mil novecientos cuarenta y seis, hubiera vivido y escrito en estos años, su paso por los diarios hubiera sido exitoso. Sin duda le habrían pagado bien. Mucho más gente de la que lo entendió en los sesentas lo hubiera disfrutado ahora y quizás esto le habría dado honores y satisfacción. Sin embargo, yo sé, porque así lo recuerda mi frente, que él tenía una estrella en la suya mientras escribía. Y que era feliz golpeando las teclas reacias de su máquina verde oscuro. Un rato, una tarde a la semana, invulnerable y en vilo, como nadie. Creo que a él le hubiera gustado conocer a estos adultos, ahora todos con más años de los que él tenía cuando murió, en que nos convertimos sus hijos.

Et punto: sin duda hubiera estado orgulloso de tenerlos a ustedes como lectores.