Una tarde con Tovar y su memoria

Murió Guillermo Tovar y de Teresa, el dueño de una cabeza fuera de serie, de un milagro de conocimientos raros, de una memoria como no conozco otra. Y me ha dado una pena inesperada, porque hace tiempo que no lo veía, pero a cada tanto pensaba en él. Con cariño. Hay gente a la que uno quiere bien aunque la trate poco. A la que admira aunque no se lo diga mucho. Así me sucedió con Guillermo. Siempre que lo encontré, salí con algo nuevo entre las manos. Era generoso con todo lo que tenía en la mente. Y era de una erudición llena de misterio. Al menos para mí. Recuerdo una larga tarde en su casa de la Colonia Roma. Vivía solo. Tres pisos, atestados de libros. No sólo en las paredes y las mesas, sino en el suelo, en la cama, en el baño. Había que caminar entre veredas. Nos sentamos en la sala, en el piso de la sala, a oír música. Tenía unas grabaciones rarísimas. Me regaló una para el libro que estaba yo escribiendo. “Limoncito”, era una canción del siglo dieciocho que oímos cantada por un grupo de voces campesinas, en un español de acento raro. También me regaló una pequeña caja antigua. Anaranjada. Y me hizo recorrer sus dominios con tal holgura que acabamos en su cuarto lleno de frascos con medicinas. Entonces habrá tenido cuarenta y pocos años. Pero todo su ambiente era el de un viejo. Su recámara estaba oscura y la cama tenía una colcha de terciopelo como debieron ser las del siglo XVII. En la mesa de noche había una pila de recetas. Quién sabe de dónde las habrá sacado. Sin embargo, Fernando Benítez le puso “el niño” Tovar. Porque a los quince años ya era un sabiondo sin resguardo. Y estaba lleno de juguetes. Armaba y desarmaba ideas, trozos del pasado, imágenes o pentagramas. Podía silbar sinfonías como si las tocara con un instrumento. Y hacía contrastes. No era sólo una flauta, sino también un oboe y un violín. Supo de todo supo. Del virreynato como pocos en nuestros días. Lo va a extrañar nuestro país. Yo, no sólo en el futuro, sino en el pasado en que me lo perdí.
Libro de hoy. “La ciudad de los palacios” Guillermo Tovar y de Teresa.
Música para hoy: Regina Caeli. Hernando Franco. Música Mexicana Barroca

La punta de una madeja

El jueves siete, según me enteré por alguno de los muchos textos que circularon en la red en estos días, Camus habría cumplido cien años. No lo hubiera yo sabido por mí misma o apelando a mi memoria. En cambio, sí tengo clarísimo que mi papá hubiera cumplido 101, tres días antes. ¿Cómo era el mundo cuando ellos nacieron? Entre otras cosas, por eso me ha gustado ver la serie Downton Abby. Empieza en 1912. El año en que se hundió el Titanic. Y, cada quien su modo de fechar la vida, ya lo dije, nació Carlos Mastretta. He contado que su nana los llevaba al zócalo a pasear, y que era muy niño cuando en Puebla colgaron a unos llamados traidores, que quién sabe a qué bando habrán traicionado. Pero él recordaba que pasearon bajo ellos. Lo decía con cierta naturalidad. No lo recuerdo asustándonos deliberadamente. Entonces las mujeres en México, sí podían heredar, no como en Inglaterra, donde aún hace tan poco, había que cederle la herencia al hombre más cercano de la familia, aunque fuera un pariente desconocido. Digo hace poco, porque cien años es nada. Raro. Debe haber mil estudios sobre el tema, pero sorprende que el trono sí pudiera heredarlo una mujer.
Punto: Ya lo sé. Estoy divagando, pero estoy en mi derecho, como todos los que por aquí pasen. Por algo hemos llamado absurdo a este lugar.
Punto y coma: los viernes Mateo come con Greta. Todos los días Cati está en Los Angeles y casi siempre nosotros llegamos al fin de la semana laboral con menos invitados que al principio. Además el día de ayer Héctor aún andaba tristeando con la pena de los muchachos de la sub diecisiete, que perdieron frente a Nigeria. Yo creo que el futbol me gustaba más cuando no me gustaba. Podía yo verlo sentada en mitad de la tormenta y el griterío, sin gritar ni atormentarme. Ahora acompaño a los otros en la inútil divagación en torno a cómo debería jugarse y como no pudo jugarse. Conclusión, ayer no hubo visitas a la hora de la comida. Pero siempre hay una multitud cruzando por nuestras conversaciones.
Punto final: en la tarde hablé largo con Catalina. Me dejó abrumada. No voy a mencionar sus cualidades porque no me alcanza el sitio. Y dicen que porque no es elegante andar elogiando a los hijos. Esta segunda opinión no la voy a escuchar nunca. Hablar con Catalina siempre es jalar la punta de una madeja y andar en vilo por la mitad del mundo. No sólo por cientos de lugares, sino por varios tiempos. Varias veces mezclamos una preocupación inmediata con sus antecedentes en el siglo V y sus derivaciones al XXII. Ella está parada con firmeza en los lugares que vive. Pero siempre la estremece pensar el futuro. Y consigue que también tiemble yo. Hay tantos lugares a los que podría dirigirse. La tienen más difícil los jóvenes de hoy. Cuando yo trabajaba en el vespertino del que les he contado, nunca pensé en qué habría adelante. Hubo lo que fue habiendo. Y qué hacían otros, en cuáles mundos, no me afligía. Pensar en qué colegio iban a estudiar mis hijos, aún antes de que los concibiera, no estuvo en mis preocupaciones. En cambio, en Catalina cabe la máquina del tiempo y el espacio. Sin embargo, cuando termina nuestra conversación estamos sentadas en un jardín que custodió su infancia y pensamos en cómo arreglarlo para la próxima semana.
Música para hoy: Ayer, Manu me descubrió a una pianista excepcional. Se llama María Joao Pires. La envió tocando el adagio del concierto número 23 de Mozart. Lo hace con tal emoción, que la oí como por primera vez. Ella sí que es una intérprete. Hay quienes sólo obedecen la partitura, lo que no es poco, pero ella la rehace.
Recomiendo http://www.elespectador.com/opinion/camus-n-7-11-1913-columna-457172
Todo el mes en Nexos. com Avivivar la manía. Creación, memoria, producción y erratas de una servidora

Dilapidar de noche

Amaneció nublado. Por fortuna, como a las once salió el sol. Luego anduvo jugando a las escondidas con la ventana. Nos desvelamos. El miércoles hubo una cena multitudinaria en el Museo del Niño. Hizo un frío que por fortuna reconfortó la concurrencia de la que nos rodeamos. Terminó siendo divertido. Nos invitó Bernardo Minkoff, un hombre inteligente cuyo entusiasmo supera cualquier tormenta. Él es miembro del patronato del museo y como tal, pero con la vehemencia que acostumbra, puso parte de su corazón y su cartera en formar nuestra mesa. Se celebraron los veinte años de vida del museo. La gente se preguntaba lo que siempre suele uno preguntarse cuando algo se conmemora. ¿Cómo puede ser que esto ya tenga veinte años de fundado? A mí esta vez no me salió del alma la pregunta. Desde mis ojos el museo está ahí de toda la vida. Llegué a vivir a este rumbo hace veinticinco años y al poco tiempo empezaron a transformar la vieja fábrica de cemento en un museo vivo. Así que ahí y alrededor crecieron mis hijos.
Punto: Sin ánimo de ser amargada no me parece la gran idea hacer una cena para colectar fondos. Debe haber un modo menos complicado. ¿Será que a mí la noche ya me fascina entre cuatro paredes? Me gusta que se haga tarde viendo películas, dilapidando las horas en la paz de que ya todo está permitido, porque al oscurecer se acaba el día. Y con los mismos nueve amigos de ayer, hubiera hecho una fiesta en piyamas. Y hasta habría venido Leonor, a la que uno extraña de noche y de día, porque tiene la sonrisa más bien plantada de que se tenga noticia. Al mal tiempo, nadie como ella para la buena cara. Hay quien da fe. Por lo pronto, yo sugiera que dentro de veinte años celebren de día o bajo techo. Lo digo porque no estoy muy segura de que entonces estaré para sugerirlo.
Punto y aparte: Por los mensajes del teléfono me pregunta Addy Góngora, cómo se llamaba el periódico en el que durante diez años escribí la columna diaria cuyo nombre ahora evoca este blog. Le respondo que se llamaba Ovaciones y que era un vespertino que, como todos, despareció. Nada más anacrónico que un diario de la tarde en estas fechas, pero entonces casi no había noticiarios y ese periódico lo leía la gente que andaba en la calle tratando de volver a su casa o llegando a los trabajo de noche. Tenía un público raro. Taxistas, enfermeras, veladores, viajeros del Metro y lectores sin treguas. Nadie de gran renombre quería escribir ahí, porque no era diario para intelectuales, ni para público muy demandante, mucho menos para crear opinión pública de gran nivel. Era, yo diría, un recoveco de la vida diaria. Estaba hecho con dos noticias, un folio completo con fotos de mujeres a medio desvestir, que era la célebre página tres, a la que se le llamaba el play boy de los pobres y la sobrante, que era la dos, en la que yo escribía sobre males y bienes. Porque el mundo estaba lleno de absurdos, como ahora.
Música para hoy: Escriban Tango, en el You Tube. Las primera diez entradas son para Calle Trece. Tango del pecado. ¿Será lógico? Yo prefiero sugerir a Discepolo: Esta noche me emborracho. Al cabo es viernes.
Libro de hoy: Siete Noches. Jorge Luis Borges
Sorpresa de hoy: http://peru.com/entretenimiento/tv/nina-sorprendio-al-jurado-hollands-got-talent-impresionante-pieza-opera-video-noticia-206005