Delirio de todos los días

Íbamos al mar, cantando. Acapulco era el mar. Y quedaba a siete, ocho, nueve, diez, once o doce horas de carretera. Todo según el auto, el conductor, el clima, la comitiva. Mi abuelo paterno era amigo de Don Guillermo, el dueño de la casa a la que llegábamos, como si nuestra fuera, los abuelos, sus tres hijas y sus veinte nietos. Quedaba en la punta de un cerro, del cerro más alto y vistoso de ese Acapulco que ya no existe. Tan no existe que la casa sigue quedando allá arriba, pero ya no se nota. Porque desde las faldas del cerro empiezan a crecer la casas hasta que todo es un espantoso amasijo de piedras y ladrillos. Ni remedio. El señor al que llamábamos Don Guillermo, era Mister William Jenkins. No digo más, porque la historia es larga y en realidad lo que yo estaba contando es que íbamos al mar en un viaje tan largo que nos lo entretenían con canciones. Las que fueran. Una de nuestras preferidas era el corrido de Rosita Alvirez. En realidad era el preferido de la tía Alicia que siempre fue como un delirio de todos los días. Eran los años cincuenta. Y nosotros creíamos vivir en el país de las maravillas. Todo el mundo era bueno, confiable, feliz. Supongo que por eso mi papá no entraba en esos viajes. Había vuelto de la guerra y sabía de qué se trataba la cosa de vivir en serio. Nosotros no. Y por nosotros quiero decir tantos, que ni los enumero. Menos una parte de la verdad, que andaba silenciada, todo era juego y parodia en la infancia. ¿De qué trataba el corrido? De algo que ahora se cuenta en serio y que nadie se atrevería a cantar como entonces nosotros. Rosita era una chamaca gustosa de los bailes, quiso ir a uno, su mamá le pidió que mejor no fuera, pero ella dijo tal cosa como: “mamá no tengo la culpa, que a mí me gusten los bailes, que a mí me gusten los bailes”. Total se fue a la fiesta y como era la más bonita, cuando Hipólito le pidió que bailara con él, sin más, y por puro gusto, lo desairó. Tanto lo hizo enojar que con la misma el tipo echó mano a la cintura, sacó una pistola y no más tres tiros le dió. “No más tres tiros le dio..oooo”.
¿Qué les parece? ¡Increíble! Los niños cantábamos todo eso con la misma naturalidad con que luego decíamos a Cri Cri y “Allá en la fuente las hormiguitas están lavando sus enagüitas.” Nada de eso podía ser cierto. Si nunca vimos una hormiga con enaguas, tampoco podía existir un bruto que matara Rosita por un desaire. ¿Saben en dónde? Decía la canción, que un barrio de Saltillo. Quién se lo hubiera imaginado. Los niños acalorados, rumbo al mar, en Acapulco, no sabíamos ni que Saltillo era un lugar que existía.
Punto y seguido: Ya luego íbamos a crecer para enterarnos. “La casa era colorada y estaba recién pintada/ con la sangre de Rosita, le dieron otra pasada”.
Punto y aparte: Con todo, a mí, como a Rosita, me gustan las fiestas. Aunque en lugar de baile haya futbol. Del martes al miércoles nos dieron las dos de la mañana viendo a México ganar lo que los locutores llaman con tantísimo donaire “su boleto al mundial”. Y yo he pasado el día cantando el corrido que, por desgracia, ha dejado de ser un juego en el aire. No en mi memoria.
Música para hoy: Si les da el ánimo, la curiosidad y la paciencia, oigan ustedes el corrido con Antonio Aguilar. Es un espanto. Ahora le descubrí una estrofa nueva: “Rosita le dijo a Irene no te olvides de mi nombre/ cuando vayas a los bailes no desprecies a los hombres, no desprecies a los hombres”.

Poniatowska: Inventar un mundo

Los libros son objetos solitarios, sólo se cumplen si otro los abre, sólo existen si hay quien esté dispuesto a perderse en ellos.
Quienes hacemos libros nunca estamos seguros de que habrá quien le dé sentido a nuestro quehacer. Escribimos un día, aterrados, y otro, dichosos, como quien camina por el borde de un abismo.
Menos certeros que los físicos, más empeñados en la magia que los médicos, los escritores trabajamos para soñar con otros, para mejorar nuestro destino, para vivir todas las vidas que no sería posible vivir siendo sólo nosotros.
Cumplimos con el deber de inventar un mundo y escribimos para sentir que en algo mejora nuestra realidad si podemos invocar otras realidades, para creer que la vida ha sido difícil y hermosa muchas veces antes de ahora, dentro de seres que jamás hemos visto. Escribimos para recordar que la vida, como es o como podría ser: con su belleza, su barbarie y sus dificultades, está regida por un azar y unas leyes que no tienen remedio. Aunque escribir nos ayude a creer que lo tienen.
Elegimos modos extraños de convocar y asumir el mundo que nos rodea. Es un privilegio el oficio de escribir como lo hicieron tantos a quienes sólo rigió el deseo de contar una historia para consolar o hacer felices a quienes se reconocen en ella. Pero también es una fiesta que haya premios por eso. Elena Poniatowska ha ganado el Premio Cervantes. ¡Felicidades, Elena!

La Mónica de mi alma

Mi amigo Esece, mi amigo del alma despertando en el buzón, mi amigo que tanto acerca la lejanía, me trajo a Mónica López de regalo. Y me ha puesto a temblar con la memoria de su nombre y su risa.
Conocí a Mónica en Alemania, había traducido “Arráncame la vida” consiguiéndole un éxito de ventas que sin duda yo le atribuí a su voz. Mónica era una escritora y tenía por las palabras tanto respeto como por la verdad. Nos dimos la mano y en un segundo nos abrazamos sin más trámite, porque éramos amigas por carta. Mónica no traducía a lo loco, como ahora haría una compu y entonces hacían varios burros. Mónica preguntaba sin tregua. ¿Y esto qué es? Y esto que dices aquí ¿por qué dice así? Y ¿cómo crees que esto deba sentirse? Nunca he tenido un traductor como ella. A muchos ni los conozco, ni me hablan, ni me escriben para preguntar nada. Quizás inventen su propio libro. No importa. Mónica quería escribir mi libro. Lo tradujo como una reina y eso lo digo sin saber de alemán nada más que el crucial “bitte” con el que yo me muevo por Alemania sin entender nada pero fingiendo grandes conocimientos. Me instruyó Mónica como un guiño: “Bitte” para pedir ayuda, “bitte” para decir perdone usted, “bitte” para pedir por favor, bitte para decir hola, bitte para decir adiós, bitte para hacer un guiño, bitte al entrar al elevador, bitte al bajar del elevador, bitte para asombrarse, bitte tras una decepción, bitte como quien dice no me jodas y como quien dice no puede ser. Bitte para decirle a Mónica qué gusto me da conocerte, y jugar antes de entregarnos al español que hablaba como su lengua materna. Mi español y el de media América. ¿De dónde saco esta certeza? De los muchos libros que tradujo y de una rara experiencia que parece lógica en Alemania. Ahí escuchan a los escritores como quien oye música. Al menos así pasaba hace 20 años. Uno hace su concierto leyendo en español durante media hora y luego escucha el concierto del traductor leyendo en alemán otra media hora. Cuando me explicaron semejante plan, le propuse a Mónica que lo volviéramos más llevadero. Yo leería cinco minutos y ella cinco minutos. Así lo hicimos. Y resultó asombroso. Yo sabía en qué momento debía venir una risa, una decepción, un asombro. Y Mónica los provocaba todos a tiempo. Tal fue su elocuencia que al terminar la lectura, al fondo del salón se levantó una rubia enorme, de ojos azules y mirada bravía. Dijo en alemán lo que Mónica contó traduciéndola. “Yo soy Catalina Ascencio”. Difícil algo más raro. No se parecían en nada. ¿Cuándo habría tenido esa mujer un marido general? ¿Cuándo la llevarían al mar a enseñarle el sexo como un arrebato ajeno? Adivinar. Pero ella estaba segura de ser Catalina Ascencio. ¿Cómo pasó tal cosa? Porque Mónica la consiguió. No yo, Mónica. Incapaz de traicionar lo que leía, incapaz de volver cursi lo abrupto, encantada de jugar con la ironía, como si fuera suya. Mónica con la sonrisa más elocuente que se pueda tener. Mónica con una historia valiente como ella misma.
Seguiré contándola, porque toda de un golpe, es demasiada mujer para tan poco tiempo. Mónica preciosa como su pelo castaño y la luz de ese día en que nos conocimos. Según yo, en Colonia.

Música para hoy: Cello Suite No. 1 in G Major BWV1007 – Mov. 1-3/6

Caminos y puentes para una pierna

El año pasado mi hermana se rompió una pierna. Y este año la otra. La primera en un choque, la segunda, hace tres meses, en una caída. ¿Dónde? La paradoja, _diría Lilia_: la para-joda de la vida: en una rampa para sillas de ruedas. Caminaba por la acera sin ver al suelo y de repente el suelo se inclinó. En las dos piernas le han tenido que poner alambres y tornillos, cosa que ahora a todos nos parece muy natural. Lo complicado es que cuando ya corrigieron el daño hay que quitarlos para que no se encajen. De eso trató la operación del viernes. Y allá fui.
Dos puntos: Mi hermana es tal modo una cuenta historias, que siempre vuelve de la sala de operaciones con una lista de anécdotas. Entre menos se hable de que ella está regresando de una operación, más tranquila se siente. Como el viernes sólo le pusieron bloqueo, llegó platicando. Y que yo me podría haber ahorrado el viaje, pero qué bueno verme, que sí le dolía pero no menos que antes, porque ya el alambre se le estaba enterrando cada vez que subía las escaleras y que si…Y empezaron las historias. De paso a la sala de operaciones oyó gritar a una niña. ¿Y qué le pasa a esa niña? Pues que no puede ser parto, sino cesárea y no ha llegado el anestesista. Pero ¿trae embarazo? ¿Pues cuántos años tiene?, preguntó. Dieciséis, dijo una de las enfermeras que le iba llevando en la camilla rumbo al quirófano. ¿Por qué se embarazan las niñas de quince años? ¿Tiene marido? Qué va a tener. Ahí están los papás. Pobre niña, llegó a contarle al doctor que le puso la anestesia.
Punto y seguido: Le quitaron los alambres. Hora y media de trajín, en la que ella participa porque no le gusta que la emborrachen. Así que cuando la llevaron a recuperación iba perfectamente lúcida. Junto a ella, así es: ponen a los pacientes uno cerca del otro, mientras los llevan a sus habitaciones, estaba otra vez la niña. Ya había pasado la cesárea, supo mi hermana que entretiene a las enfermeras en lugar de dejar que la entretengan, y ahora le dolían los resultados. Se quejaba. De repente una enfermera llamó a las otras. La niña había empezado a convulsionar: ¡Se va, se va! dijo alguien y todo el mundo a correr. “La entubaron en un momentito”, contó mi hermana, que presenció todo. Sus hijas y yo, bizcas. “Y cuando salí estaba mejor. La salvaron en tres minutos” dijo, muy conmovida con los buenos oficios del hospital y su gente. Pero habían tenido tal aflicción que una de las enfermeras, la que estaba revisándole el suero, a ella, cuando empezó el trajín, volvió a ver en qué iba, entró al cubículo y se puso a llorar. Díganme ustedes ¿cómo es que una operada acaba consolando a una enfermera?
Otro punto y seguido: Traía dos historias, pero ya entrada en pláticas prefirió contarme que el proyecto de ciclo vías en Puebla había arrancado sin la aprobación del cabildo. Entonces yo le conté que en la colonia San Miguel Chapultepec van a hacer ciclo vías en tres calles. Mi casa queda entra dos. Y que las obras habían empezado sin la aprobación de los vecinos. Es más, sin que estuviéramos enterados. ¿Y la pierna? Doliéndole. Y ella enmendado el mundo. Salimos esa misma tarde. La paciente, cuya ley es la inquietud, su cónyuge, sus hijas y yo. Lo demás fue convalecencia. Sigue siendo. Ya lo saben ustedes, ella puede tener la presión en cincuenta la alta y treinta la baja, como ahora, pero toma su jugo de naranja, pierde la palidez y se recupera, todo en media hora.
Punto y aparte: Yo volví hace un rato. La carretera estaba insufrible, pero la sufrí porque no había remedio. Cuando, a un kilómetro de la caseta de pagos, empezamos a ir a cinco por hora hasta hacer una larga fila, pensé en Germán Dehesa. Su perra se llamaba la CAPUFE. Le puso así por las siglas de la dependencia nombrada Caminos y Puentes Federales. Una hora en fila para pagar ¡treinta pesos! Es no tener remedio. Pobre perrita. Germán era malo. CAPUFE no es nombre para nadie bueno.
Música para hoy: Sempre Libera. Seguro Max encuentra una buena versión.
Felicidades para hoy: A Mariana y a Nelson. Dos personajes. Mariana vive en la Patagonia, bajo las estrellas o bajo la nieve. Siempre leyendo. Nelson en México, pero ahora está en España, visitando a los blogueras de aquel rumbo. Siempre leyendo.
Otra historia de hoy: Una sobre el cura que llegó a un pueblo en España, le metió la mano bajo la falda a una niña y la niña le mordió la oreja. Pueden leerla en voz de Max, durante los comentarios de ayer.

Estos son los clavos que le quitaron a  la incombustible Verónica

Estos son los clavos que le quitaron a
la incombustible Verónica

La luna, lo prohibido y un tornillo

Pocas cosas me ponen tan en mi lugar respecto de la edad que tengo, como ir de compras. Sobre todo si se trata de comprar zapatos o pantalones. Ahí no hay términos medios. Se es joven o vieja, y elegir tiene riesgos para un lado o para el otro. Empecemos con los zapatos. Si son bajos, hay tres opciones. Unas planos, los llaman flats, otras como de monja: tiesos, cuadrados, y otros que ameritan entregarse de lleno a las fachas adolescentes. Con los flats, también se llaman balerina, uno tiene que tener los empeines bajos y los arcos en el lugar perfecto. Si no, hay el peligro de que se encajen de adelante o el pie se desborde como un tamal. Además, después de andar en ellos duele la espalda. Pero no a mí, a mi hija con sus veintitantos la cansa andar sobre suelas completamente lisas. Los que son como de monja, como de maestra cansada, como de enferma con tres turnos, no merecen capítulo. Simplemente se pasa de largo negándose a caer en el mal gusto de la ancianidad ansiada. Los terceros, son la botas Ugg o los imensos doctor Martin o los tenis de agujetas iguales a los Archie. Si no me queda otra, voy por los ugg.
Dos puntos: Es peor la otra necesidad. Ahí no hay términos medios. Todos los bonitos, todos, tienen tacones de tres pisos. ¿Por qué no puede haber zapatos como los que usan las bailarinas de tap? Tacones pequeños, pero tacones, línea sencilla y caminatas nobles. Impensable.
Punto y seguido: Por eso, no es que yo hable sin razón cuando digo que envejezco a saltos. Voy flotando hasta que de repente me tropiezo con obstáculos inesperados. En los pantalones la desfachatez es inaudita. Si uno no tiene menos de treinta años, vamos a decir cuarenta, tiene que pasar por veinticinco mil vergüenzas si pretende comprarse unas jeans, dicen los gringos, unos vaqueros, dicen en España, unos pantalones de mezclilla, digo yo. La mayoría empiezan en la cadera. Cuesta muchísimo trabajo encontrar unos que lleguen a la cintura y bajen con lealtad generosa en línea recta. “No como los de mi hija” se llama la tienda “en el otro lado”, de donde mis primas me traen de repente los que uso. Los demás, tienen el aroma de lo prohibido o del ridículo.
Poesía para hoy: Digo tu nombre. Jaime Sabines
Música para hoy: Con Joan Manuel Serrat: Soy lo prohibido
Mirada para hoy: ¡Al la luna!
Aviso: Quizás mañana no pueda venir porque voy a Puebla. A mi hermana le quitan un alambre. ¿Qué tal se oye eso? Con que no le quiten otro tornillo, tendremos suficiente.