Imagen alta y tierna

¿Qué tal es morirse del sueño? Hace mucho que no me sucedía. Pero ahora, después de comer un pan de muerto, al que diría el Gabo que debemos llamar pan de vivos, entré en una perdición como la que han de sentir quienes se emborrachan por días. Un cabecear sin cabeza que me dejó dormida sobre el teclado. Conchis, mi amiga, la gramática, estuvo conversando con Mateo, aquí abajo, en torno a los varios textos en que trabaja el futuro novio. Y yo no los oí ni bajar, ni despedirse. Tampoco oí si me hablaba mi amiga caperucita Pérez Romo y ni siquiera soñé que ya había ido al danzón. No soñé nada. Me despertaron los ronquidos de Nino, que duerme haciendo un ruideral. Pesa diez kilos y hace un ruido como el que dicen que hacía el ogro de Pulgarcito. Vi el reloj y había pasado una hora. Creí que dos minutos. Tengo en la panza una rueda de molino. Pilar Jiménez, en D´gusto, hace los panes más regios del mundo. Salen de su horno, amarillos y sonrientes. Hoy nos envió dos. Ojalá y me diera el talento para tomarles fotos y subirlas. A ver si mañana me ayudan Ana Sofía y Jorge Landa, los dos remolinos a cargo de lidiar conmigo en esta página.
Punto y aparte: Leo que en el valle de Guadalupe, en Baja California, se han creado viñedos que crecen con nobleza, en un clima parecido al del Mediterráneo. Ahí cada vez se hacen mejores vinos. Entonces, ¿Por qué no? Si no, ¿qué chiste?, diría mi amiga Lilia, hay quien ha inventado construir en esa zona una monstruosidad. El ayuntamiento de Ensenada está tramitando el uso de suelo agrícola y natural por uno que permita construir en el 48% de la región vitivinícola. La nota es de Juan Diego Quesada, antier, en El País. Es el colmo, pero El País se está volviendo el mejor periódico mexicano.
Música para hoy: Nos la regaló Manu, una mujer extraordinaria que vive al mismo tiempo en Andalucía y en el mundo. Crece aceitunas, y sabe de memoria los mejores poemas, (todos) de Juan Ramón Jiménez. A él se encomienda cuando se le atraviesa algo difícil y sé que lo resuelve con más premura que el mismísimo San Judas.

Poesía para hoy: De Juan Ramón Jiménez: Sueño. “Imagen alta y tierna del consuelo”, así empieza.
Y sí: todo el miércoles fue el cumpleaños 113 de Agustín Lara. Yo le debo muchas cosas a ese hombre. Pero el título de mi libro, no tendré nunca cómo pagárselo a su memoria. Por no dejar de ser agradecida, hoy le llevé unas flores a la Rotonda de las personas ilustres.
Les recomiendo: el último comentario en Un agujero naranja. Así vio Sinaloa.

San Juditas

Los martes, en mi casa, crecen las ollas de comida. Y vienen los invitados de siempre y los de cuando pueden. Nunca se sabe por dónde llega el bien. Estos encuentros los propició la enfermedad de nuestro amigo José María.
La ciudad es inhóspita, y a veces desquiciante, por eso no es fácil encontrarse a media calle y hay que agradecer el esfuerzo de quienes llegan hasta las sillas de nuestro comedor y se acomiden, en martes, a buscar la claridad de un rato de conversación. Eso que, como bien decía doña Emma, puede ser la mejor de las curas.
Hoy hicimos una mezcla serena y sonora. Vino Lilia Rossbach, con la cauda de alegrías que puede sacarle a su tristeza. Vino Silvia con sus ojos azules como abismos y una sonrisa que ha de venirle del cielo. Vino Manqué con el mundo entre manos y un guiso de marlín que trajo de Sinaloa y nos comimos aquí como quien abre en dos el mar. Vinieron también los hombres: Luis y Luis Miguel, Alberto, Ignacio e Ignacio, Mateo y Héctor. Hablamos de todo. Y no en todo estuvimos de acuerdo. Pero ya nadie quiere el desacuerdo. Así que nos oímos y aprobamos cuando queremos y no desaprobamos cuando queremos. Las comidas del martes han de pasar por este absurdo, con la paradoja de su cordura a prueba de afectos.
El acuerdo de hoy: en nuestro país hay muchos peligros, pero el de los aeropuertos sin los radares adecuados, es uno que tiene remedio.
Punto y aparte: Antes de la medianoche anterior al lunes 28, nuestro vecino, el párroco de la Iglesia de San Miguel, arrancó a tirar cuetes sin medida ni prudencia. Y no paró sino 36 horas después. ¿Motivo? Lo supimos por ahí de la hora 22: cumplió años San Juditas Tadeo. El conocido abogado de las causas difíciles y desesperadas. En mitad de la avenida Constituyentes, como si faltaran marchas, protestas y descomposturas, paseaba al mediodía una peregrinación con el santo en vilo. Habrá que pedirle algo, hubiera dicho mi tía Nena. Pero ha de estar ocupadísimo. Sin embargo, no estaría de más pedirle silencio, porque Héctor trató de quejarse con la autoridad del barrio y no consiguió sino el escepticismo de una señorita sorda.
Baile de hoy: Me ruega Adriana Sánchez, que es el entusiasmo y la nostalgia en dos pies, que convoque a un lugar llamado “La Maraca”. Han envejecido quienes sustentan ahí la ceremonia del danzón. Y hoy es el baile blanco y negro. El mundo da para todo. Habrá que pedirle a nuestro vecino cohetero que le encomiende el caso a San Juditas. Ahí sí que va a necesitarse.

Un agujero naranja

Cuando me fui a dormir el viernes en la noche, tras la lectura, la cena y los abrazos, el horizonte al que daba mi ventana me regaló una luna como sonrisa, abriendo un hoyo naranja en el cielo, sobre los montes azules de Chihuahua. Nunca había ido a la ciudad de Chihuahua más que con la imaginación y a ratos con el miedo. De allá es una amiga crucial, y de allá el aroma a tenacidad que lleva a todas partes. De allá hace tiempo que no llegan aquí más que noticias de horror. Sólo de narcos se habla cuando de allá se habla. Al menos sólo de eso había oído yo en muchos años. Justo por tanto oír lo mismo es que acepté ir a hablar, en la universidad, de algo distinto. La ficción, las palabras, el juego, la literatura. No pensé que hubiera más de cuatro interesados. Y todo lo contrario. Lo que no vi ni de lejos fue el espanto. Hablé largo con personas inteligentes, informadas, lectoras de poesía y expertas en la poesía del Siglo de Oro. Conocí maestros que tienen discípulos ávidos de un mundo en el que no haya tiros. Y jóvenes con preguntas de cristal. Gente que ha conseguido abrirle una luna al poco cielo que tenía hace muy poco. Vi una ciudad alegre. Seguirá habiendo de lo otro, no lo dudo, pero hay también la esperanza y una suerte de paz en la plaza con palomas y niños mojados en las fuentes.
Punto y seguido: Tan entusiasmada estuve con todo eso que no conforme con cuanto había hablado el viernes, continué la conversación el sábado en la mañana, con tal curiosidad y tan buen ánimo que se nos hizo tarde. Y tarde llegamos al aeropuerto.
Uno diría que es imposible que de allá salga un avión que esté lleno y con lista de espera más de una hora antes de la prevista en el boleto. Pero salen por lo menos cuatro vuelos diarios hacia el Distrito Federal. Todos sobrevendidos. Ni se diga los de Aeroméxico. Atrás de mí llegaron siete personas con pase de abordar que tampoco encontraron sitio en el avión estacionado en la pista, riéndose de nosotros.
Dos puntos: ¿Y un lugar en los siguientes vuelos? Eran las doce, sólo el vuelo de las cinco y para ése no quedaba más boleto que una ilusión. Me dieron un pase de abordar hacia la lista de espera. Gran error. La experiencia, esa supuesta virtud sagrada que no es sino la suma del tiempo en nuestra cabeza, debió asegurarme que las listas de espera son sólo para los desesperados. Que si uno pierde un avión debe asegurarse lugar en otro e ir a regalar el tiempo a un panorama menos arisco que el ofrecido por cualquier aeropuerto.
Punto y aparte: Como era de suponerse, dada la fila de ojos desamparados que quedamos en tierra, no hubo lugar en el de las cinco. Así que en balde volvimos a buscarlo tras comer una nieve de limón y bebernos las torres de la catedral. Tras caminar un rato bajo el sol del desierto y encontrarnos por ahí a mi reciente, pero no por eso menos feliz hallazgo: la filósofa feminista. Había ido a la lectura del día anterior y me felicitó por la buenísima puesta en escena de los bancos. Estaba segura de que había sido planeada. Y aún me pregunto si la convencí de lo contrario. La dejamos comiendo con otra mujer de cuya estampa y conocimientos hablaré otro día. Y nos fuimos en pos de la derrota que ya conté. Una ensalada de atún en la sala de espera y una inútil espera. No hubo lugar, pero hubo otro encuentro. En la fila de la revisión de equipajes estaba el Andrés Manuel López Obrador que conocí hace treinta y cinco años, en Tabasco. Nos dio nostalgia. Nada como el pasado con el que compartimos promesas.
Punto final: Volví a Chihuahua oyendo unas canciones viejas que me sé bien y canto regular. Mis compañeros de trifulca: César y Gerardo, me llevaron de regreso al hotel y su luna de noche. El señor de mi casa no podía creer que yo no hubiera roto en gritos más de una vez. Volví a explicarle lo que ya sabe, que yo hace mucho tiempo perdí la certidumbre de que el azar me pertenece. En casos como éste, sólo la risa depende de nuestra voluntad. Y nos habíamos reído mucho, toda la tarde.

Junto a mí

No sé cómo entrar y corregir lo escrito, así que empiezo diciendo que la sabia investigadora se sentó junto a , no junto a mi.
Siempre, siempre me pongo nerviosa antes de hablar en público. Más en cuanto menos gente hay. Así que cuando vi el paraninfo repleto, entré en confianza con facilidad y estuvimos contentos.
Yo, lo saben muchos de ustedes, soy lo que en México se llamaría chaparrita. A los 18 años, medía un metro sesenta, pero con el tiempo he ido a peor. Me encojo de tal modo que ya pasé al uno cincuenta y seis y no sé si cada vez iré a menos porque no voy a enterarme. Pero es de ahí que le tenga pánico al podium. Y a los de las universidades mucho más miedo. Me quedó el trauma del día en que tuve que hablar en Guadalajara, en la Cátedra Julio Cortázar, y pasé una hora de pánico sintiendo que no me veían, porque a mí me llegaba el atril a la nariz. Pocas veces me he sentido tan tonta. No tuve la confianza, para pedir un banco, pero quedé escarmentada. Prometí que eso no volvería a pasarme. Así que el viernes, cuando quedé sumergida en el elegantísimo podium de la UACH, con toda confianza detuve la conversación y busqué ayuda. En las prisas, me llevaron el primer escalón que apareció tras bambalinas. Media como sesenta centímetros. Tuve que escalarlo ayudada por el profesor Ascencio. Nunca he sido tan alta. El mundo se ve como otro mundo. Tampoco fue posible leer desde ahi. Nunca se me va a olvidar el gesto afligido de Luis Alberto Fierro Martínez, el director de la facultad. Un hombre joven y valiente que superó la prueba de la conferencia magistral encargada con tan raro empeño a “una servidora”. Encontraron un escalón mediano y de ahí para adelante todo fue decir “Quiero jugar”.
He de agradecer siempre esta invitación a conversar con una comunidad tan generosa.
Punto y aparte: Mañana les cuento más.
Música para hoy: No voy a recomendar el cuarteto de cuerdas creado por Beethoven, que nos dejó MCJ en su último comentario. Es tristísimo. De todos modos, quien quiera sufrir, puede recuperar el enlace aquí arriba.

La “maestra” en Chihuahua

El viernes fui a Chihuahua porque me invitaron a platicar con los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras en el paraninfo, (tomen nota) de la universidad. Salí con cierta reticencia porque la semana no había sido fácil y volver a emprenderla rumbo a un avión de Aeroméxico no es fácil para nadie. Pero todo empezó a parecer grato uno vez pasados los trámites del: encuentre su pase de abordar, entregue su credencial de elector, pase a quitarse la gabardina, el suéter, el chal. Ponga todo en una charola y por separado el Ipad, la maleta y la bolsa. Todo rápido porque la fila empuja a pesar de la nueva cortesía de quienes revisan. Los pobres están a punto de empezar a pedir perdón por tener ese trabajo. Está bien así porque ya andaban de tan mal humor que daba miedo cometer algún equívoco. Asuntos como olvidar quitarse el collar y, por consiguiente, hacer ruido al pasar por el arco podía provocar una mirada tal que uno imaginaba que el paso siguiente sería un calabozo. Sentada junto a mi viajó una Rosa María Alvarez, inteligente mujer de espíritu lúdico y ánimo inmejorable que es crucial en la vida del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Esto último lo supe después, gracias a los informes de otros sabios con los que tuve el privilegio de cenar en la noche. Pero eso fue después de la conferencia. Como empezó a llamarse lo que yo consideraba tertulia en el momento en que me recibió con pompa, ceremonia y sonrisa el profesor Gerardo Ascencio, y me participó que la cosa era maestra. y empezó a llamarme así, para que lo supiera yo bien: “Maestra”. Y a preguntarme si me parecía, si yo preferiría, si aceptaba. Como el último viaje lo hice al mando de la editorial, en donde lo tratan a uno como peón de ajedrez y la cosa todo es correr y obedecer en aras del libro y los lectores, estuve un rato imprecisa y confundida con tan flexibles y buenos modales. Por supuesto dije que sí a las entrevistas. Una con un hombre cuyas preguntas eran fundadas y atractivas que me hizo recordar la juventud y los primeros atisbos de una vida profesional que acabó siendo como no la imaginé porque entonces yo no imaginaba más allá del día siguiente.
Luego comimos con el director de la Facultad. Otro muchacho lleno de formalidad, conocimientos y atenciones que acabó de hacerme sentir vieja y respetable. Dos cosas que a veces parecen contradictorias, pero que entre ellos no fueron sino alegría.
Punto y aparte: Sigo más tarde. Gracias por andar aquí.