Dilapidar de noche

Amaneció nublado. Por fortuna, como a las once salió el sol. Luego anduvo jugando a las escondidas con la ventana. Nos desvelamos. El miércoles hubo una cena multitudinaria en el Museo del Niño. Hizo un frío que por fortuna reconfortó la concurrencia de la que nos rodeamos. Terminó siendo divertido. Nos invitó Bernardo Minkoff, un hombre inteligente cuyo entusiasmo supera cualquier tormenta. Él es miembro del patronato del museo y como tal, pero con la vehemencia que acostumbra, puso parte de su corazón y su cartera en formar nuestra mesa. Se celebraron los veinte años de vida del museo. La gente se preguntaba lo que siempre suele uno preguntarse cuando algo se conmemora. ¿Cómo puede ser que esto ya tenga veinte años de fundado? A mí esta vez no me salió del alma la pregunta. Desde mis ojos el museo está ahí de toda la vida. Llegué a vivir a este rumbo hace veinticinco años y al poco tiempo empezaron a transformar la vieja fábrica de cemento en un museo vivo. Así que ahí y alrededor crecieron mis hijos.
Punto: Sin ánimo de ser amargada no me parece la gran idea hacer una cena para colectar fondos. Debe haber un modo menos complicado. ¿Será que a mí la noche ya me fascina entre cuatro paredes? Me gusta que se haga tarde viendo películas, dilapidando las horas en la paz de que ya todo está permitido, porque al oscurecer se acaba el día. Y con los mismos nueve amigos de ayer, hubiera hecho una fiesta en piyamas. Y hasta habría venido Leonor, a la que uno extraña de noche y de día, porque tiene la sonrisa más bien plantada de que se tenga noticia. Al mal tiempo, nadie como ella para la buena cara. Hay quien da fe. Por lo pronto, yo sugiera que dentro de veinte años celebren de día o bajo techo. Lo digo porque no estoy muy segura de que entonces estaré para sugerirlo.
Punto y aparte: Por los mensajes del teléfono me pregunta Addy Góngora, cómo se llamaba el periódico en el que durante diez años escribí la columna diaria cuyo nombre ahora evoca este blog. Le respondo que se llamaba Ovaciones y que era un vespertino que, como todos, despareció. Nada más anacrónico que un diario de la tarde en estas fechas, pero entonces casi no había noticiarios y ese periódico lo leía la gente que andaba en la calle tratando de volver a su casa o llegando a los trabajo de noche. Tenía un público raro. Taxistas, enfermeras, veladores, viajeros del Metro y lectores sin treguas. Nadie de gran renombre quería escribir ahí, porque no era diario para intelectuales, ni para público muy demandante, mucho menos para crear opinión pública de gran nivel. Era, yo diría, un recoveco de la vida diaria. Estaba hecho con dos noticias, un folio completo con fotos de mujeres a medio desvestir, que era la célebre página tres, a la que se le llamaba el play boy de los pobres y la sobrante, que era la dos, en la que yo escribía sobre males y bienes. Porque el mundo estaba lleno de absurdos, como ahora.
Música para hoy: Escriban Tango, en el You Tube. Las primera diez entradas son para Calle Trece. Tango del pecado. ¿Será lógico? Yo prefiero sugerir a Discepolo: Esta noche me emborracho. Al cabo es viernes.
Libro de hoy: Siete Noches. Jorge Luis Borges
Sorpresa de hoy: http://peru.com/entretenimiento/tv/nina-sorprendio-al-jurado-hollands-got-talent-impresionante-pieza-opera-video-noticia-206005

Nublado sol de estas horas

Está la noche de cristal y hay una estrella avisando que ahí viene el invierno. Contra lo que pueda creerse, al despertar, la frase de aquí arriba describía el amanecer. Porque las siete, para mí, son el más temprano amanecer. Y Héctor despertó a ver el fútbol. Me da pena con los amigos argentinos, pero ahora nos urgía ganarle a su equipo porque a la selección mayor le ha ido muy mal y los hermosos chamacos de la sub diecisiete le están salvándole el ánimo al país. “Ójala y sean campiones” dijo un entrevistado en las noticias de hace rato. Yo no sé por qué tantos países cifran sus éxitos al parejo que los de sus futbolistas, lo que está claro es que así es. Y ahora estamos felices y orgullosos de nuestra chamaquiza. A ver qué pasa con los nigerianos. A mí me dan pavor.
Signos de interrogación: Me pregunto cómo le habrá ido a Ricardo Bada en su conferencia, sobre Cernuda, en el Centro Cervantes en Hamburgo. Estoy segura de que bien. Lo que lo hace divertido es que la preparó un mes y estaba nervioso. Sólo Frank Sinatra era peor. Adivinen por qué lo digo.
Punto y seguido: Qué bien la conversación de ayer. Muchas gracias. Renato habría de estar presumidísimo de verse tan querido. Voy a buscarles unas fotos. Porque era guapo. Sobre todo de viejo.
Punto y aparte: Hoy vinieron a comer los amigos de los martes. Ya he contado de Lilia, mi amiga de voz inquieta y bondad a toda prueba. Ayer fue su cumpleaños. En la mañana corrí a comprarle un regalo. Libré una manifestación y un choque. Luego, se me olvidó dárselo.
Poesía para hoy: Seguiré con Leduc: La vida es triste/tomemos un café. O algo aún más desencatado: No haremos obra perdurable/no tenemos de la mosca la voluntad tenaz.
Música para hoy: Los mareados. Con Eugenia León.
Cumpleaños de hoy: Mercedes Barcha. La merecedora de tan célebre dedicatoria: Para Mercedes, por supuesto. ¿Y cómo no? A Mercedes hay que verla, para creerla.

Una brizna de infinito

Lo recuerdo a cada rato, hermoso y viejo como lo conocí. Tenía largos los dedos de las manos y el cabello canoso pero salvaje y descuidado le daba a su cabeza un aire de juventud que ningún hombre de treinta compartía ya con él.
Tenía un rayo de burla en las pupilas y una guerra en los labios. Era encantador y adorable, como debió serlo desde los siete años en que lo mandaban a comprar el petróleo cerca de su casa. Se lo vendía una mujer sobre cuyo trasero, según él evocaba, se podía tomar el té y jugar barajas. Renato entraba en la tienda con dos monedas y la esperanza de que algún efecto embriagante le hiciera el aroma que corría bajo el mostrador, siempre que la mujer tenía a bien
curarse las reumas con una poción de alcohol y mariguana en la que hundía los pies apacible y distraída. Cuando la recordaba, yo sentía que su memoria de poeta aún podía tocarla. Escucharlo contar el pasado fue siempre un privilegio.
Se han dicho tantas cosas de Renato Leduc, yo misma he recontado tantas veces el aire atrevido que traía con él, sin embargo sé que no acabaré de aprehenderlo nunca, por más que lo añore todos los días.
Punto y aparte: Pienso en él como en una brizna de infinito. Y en “Ninguna eternidad como la mía” quise inventarle un amor de juventud.
Müsica para hoy: Piensa en mí. Agustín Lara. Y a ver quién encuentra la mejor versión.
Poesía para hoy:
y se abrirá en el silencio —breve y única ventana—
como voz de la esperanza la verde voz de una rana:
Quien gana en amor se pierde, en amor quien pierde gana.

Renato Leduc