Julia Cameron

Las fotos de mediados del siglo diecinueve, las pocas que el destino tuvo a bien heredarle a cada familia, traen hasta nosotros la imagen de un tiempo que parece inmóvil. Casi ningún antepasado sonríe, tampoco mira hacia otro sitio que no sea el ojo de la cámara. Se comportan como si de ellos y no del fotógrafo dependiera la permanencia de su traza. Y algo había de cierto en eso: la gente debía quedarse impávida durante largo rato para que la placa no saliera movida. Sin embargo, Julia Cameron, consiguió en 1865, que esto no sucediera con sus fotos. Hay una en la que vibra una muchacha de rasgos suaves, recargada en una cerca. No se ve inmóvil, es una mujer que parece imaginar el futuro y que en cualquier momento podría moverse hacia él. Es una criatura cuya melena suelta, en desorden, habla de un pequeño mundo en el que la libertad es un valor crucial. Habla de un fotógrafo, en este caso una fotógrafa, empeñada en dar su opinión, no en detener el tiempo, sino en regalarle movimiento.  En esas épocas todo el mundo se peinaba para la foto. ¿Qué o quién dejó al viento la melena de Mary Ryan? Su madre adoptiva: Julia Cameron, una inglesa nacida en India, una mujer casada con un hombre veinte años mayor, una tardía fotógrafa cuya hija le regaló una cámara para ver si con ella solazaba sus ratos soledad. Una mujer que hizo de su arte un juego y con ese juego una impronta.

Fascinante y contradictorio, el siglo XIX fue todo menos estable. Es el siglo de Darwin, pero también el de quienes no lo comprendieron. Es el siglo del vals y el de quienes consideraban que bailar abrazándose no era sino un invento del demonio. Es el siglo de los más grandes novelistas, pero también el de Napoleón Bolívar y Benito Juárez. El siglo de Jane Austen, Balzac, Sthendal, Víctor Hugo, Dickens. El siglo de Beethoven y Chopin, pero también el de la guerra como hilo conductor de la vida. Toda familia tenía entre sus miembros un militar, un cura y muchas mujeres dedicadas a tener y crecer hijos como único destino.

En ese siglo, Julia Cameron consiguió mostrar su dominio de dos artes que algo tienen en común: la fotografía y el gozo de vivir para dejar testimonio de lo que nos mueve a estar vivos. Muchas veces los hijos, los amigos, la literatura, el campo.

El siglo de Cameron fue un siglo que descubrió prodigios y generó cambios que aún ahora no hemos terminado de cosechar. Desde la segunda mitad de aquel siglo, Mary Ryan, apoyada en una reja, parece imaginarlo. Se dice que esta belleza era la hija real de un mendigo y que viéndola en las fotos de Cameron un hombre se enamoró de su expresión de diosa indescifrable y le pidió matrimonio. Es de creerse que entraron juntos al siglo veinte y que entonces ella debió tener cerca de sesenta años.

En cambio la joven que se ha quedado con nosotros tiene menos de veinte y trae consigo el perfume de 1865. El primer día de ese año fue domingo. Aquel febrero se registra como el único mes de la historia en el que no ha habido luna llena. A partir de abril se abolió la esclavitud en buena parte del continente americano y terminó la Guerra Civil en el país que está al norte de México. Sin embargo, el cuatro de julio de aquel año se recuerda como el día en que Lewis Carrol publicó Alicia en el País de las maravillas. En 1865 murió Abraham Lincoln y nació Jean Sibelius. En ese mismo año, no se sabe qué día, pero seguro una mañana de luz febril, una madre encantada por su hija, la guardó entre sus ojos para dejarla mucho tiempo cerca de los nuestros.

Punto y seguido: en torno a la foto Woman at the gate de Julia Cameron.

Disculpas para hoy: Perdón por esta semana irregular.

 

Julia Cameron

Julia Cameron

Julia Jackson

Julia Jackson

I wait

I wait

Charles Darwin

Charles Darwin

Sir John Herschel

Sir John Herschel

Henry Wadsworth Longfellow

Henry Wadsworth Longfellow

 

 

 

 

 

Dos citas y una bendición

Aquí les dejo dos citas de Cernuda, que Ricardo Bada encontró para la conferencia que dará en el Instituto Cervantes.
«Si morir fuera esto, / un recordar tranquilo de la vida, / un contemplar sereno de las cosas, / cuán dichosa la muerte».

«El destierro y la muerte / para mí están adonde / no estés tú»

Punto y aparte: No estuve, Ya habrán adivinado la razón. Vendré más tarde.

Música para hoy: Laudate Dominum omnes gentes.
Cambien el dios por vida. Y a bendecirla.

Mi último ángel

Viendo pasar los barcos que cruzan el atardecer frente a su ventana, conocí un ángel en Cozumel. No hay muchos de estos seres en la Tierra, y sólo aquí sé que existen. Más, no sé. Siempre quise aprender de sus ojos. No conozco serenidad más clara. Ni creo que haya otra luz como la suya. Cuando la evoco me cobija saberla en el mundo y ahora que está enferma se ha puesto a temblar la última niña que queda en mí. Tengo miedo del mundo sin su risa. Yo que no tengo dioses, he creído siempre que en la vida, uno tiene asignado sólo un número de ángeles de la guarda. Ella es mi último. Doña Migue Coldwell.

Del mal de la desmemoria

A pesar de mi propensión a recordar como quien goza de un lujo, sé que a la vida nos mueva más la capacidad de olvido que los recuerdos.
Si uno lo recordara todo, mil veces el dolor nos impediría seguir adelante. Algunos placeres, no volverían a nosotros si recordáramos antes el dolor que pueden causarnos.
Claro, quienes me conocen pueden pensar que todo esto lo digo movida por el resentimiento, dado que cada día me falla más la memoria y me estremece con sus golpes el olvido. De modo tal que repito mis dichos, como ahora.
Alguien, por supuesto no me acuerdo quién ni dónde, contaba la inteligente maldad de un escritor que al describir la cara de otro decía displicente: Fulano tiene una cara de esas que se ven y… se olvidan.
Quizás aquel escritor sí lo decía con malicia, pero lo que es yo, lo digo con vergüenza porque cada día olvido más caras y sobre todo cada vez olvido mejor los nombres que las acompañan.
Sin embargo, me consuelo, no es que yo pierda todos los recuerdos, es que recuerdo lo que a nadie le importa.
Para algunos recuerdos nadie es más memorioso que alguien con fama de desmemoriado. Y eso, como dicen quienes conocen el truco mediante el cual se memoriza, sucede porque los desmemoriados suelen estar atentos a otras cosas en el instante en que es necesario grabarse las que parecen primordiales.
Los desmemoriados estamos concentrados en el olor, en los colores de la ropa, en un sonido, en el impulso de antipatía o apego repentino que algo nos provoca. Los desmemoriados estamos evocando una sensación, invocando otra o estremecidos por algo crucial que a muchos les resulta insignificante.
Digo esto porque pienso que olvidar es un arte.
No haríamos nada si la conciencia de la propia muerte nos siguiera a todas partes. Nada si la muerte de otros cruzara demasiado por nuestro recuerdo. Pero olvidamos. A los inolvidables, a los mejores, a los más buenos, a quienes más felices nos han hecho, logramos olvidar, a ratos, para quedarnos con la vida.
Música para hoy: Vean ustedes un rarísimo montaje de La Traviata con Anna Netrebko y Rolando Villazón, en el Festival de Salzburgo en 2005. Debe haber muchas críticas celebrándolo, yo creo que ella está brillante. No sólo la voz, sino todo: la desfachatez y la vehemencia, la fuerza de sus movimientos. Su voz la conozco y la disfruto hace muchos años, pero yo no sabía, quizás muchos de ustedes sí, la capacidad histriónica de esta mujer. Me parece prodigiosa. Está en youtube, me apena no poder dejarles el enlace. No encuentro cómo.
Buen día.

Lluvia sobre Don Corleone

Otra vez está lloviendo. Mi perro, el que fue de mi madre, al que llamaron Nino, como se les llama en italiano a los padrinos, a veces es solitario igual que un gato. Entonces lo llamo Don Corleone, porque está echado un su alfombra, escéptico, dilucidando qué matar o a quien mataron para convertirlo en la croqueta que ha de comerse al rato. Tiene un aire de señor de Sicilia y dormita sin hacerme ningún caso. Pero que no caiga un trueno porque corre a echarse a mis pies, y tiembla como la luz de los relámpagos que nos rodean. Entonces lo llamo Rocamadur, porque me recuerda al niño de la Maga. Y me da miedo que algo le pase mientras yo leo las noticias en la pantalla de luz que tantas sombras trae. Ha vuelto a llover y estamos en la segunda quincena de octubre.
Punto y aparte: Luis de la Barreda, hombre de bien, primer ombudsman de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, me cuenta de Malala. En su artículo de hoy habla de la niña en Pakistán que cuando entraron los talibanes a la ciudad se rebeló y sufrió las consecuencias. Cito a mi amigo: “en una actitud inaudita de valentía, Malala alzó la voz defendiendo el derecho de las niñas a estudiar. Tenía trece años cuando empezó a escribir un blog para la BBC bajo el pseudónimo GulMakai, en el que denunciaba las atrocidades de los fanáticos talibanes.
Cuando se supo quién era la autora del blog fueron por ella. El 9 de octubre de 2012, un miliciano de un grupo terrorista vinculado a los talibanes abordó el autobús escolar en el que se trasladaba Malala y le disparó a bocajarro.
Una de las balas entró por debajo del ojo izquierdo, hizo añicos los huesos de la mitad de la cara y rozó el cerebro. Pero ella fue protegida por las diosas femeninas de todas las religiones y sobrevivió milagrosamente. Media cara estaba afectada. Noo podía reír, casi no podía hablar, no podía parpadear con el ojo izquierdo. El dolor era insoportable. Se le trasladó al Hospital Reina Isabel de Birmingham, Reino Unido, donde se le hizo cirugía reconstructiva y se le rehabilitó.
Hoy Malala ––a quien recientemente se le ha concedido el Premio Sajarov a la Libertad de Conciencia de la Eurocámara–– es una guapa muchacha de 16 años que no ha perdido el don de la alegría y en cuya mirada no se lee rencor ni amargura sino esperanza y coraje. Para seguir enfrentando a los talibanes, empeñados en reducir a las mujeres a una condición de esclavitud, es imprescindible mucho coraje, palabra que proviene de un vocablo latino que significa corazón”.
Punto final: Ha dejado de llover y entre las nubes está brotando una luna anaranjada. Bendita sea la madre naturaleza cuando se pone de buenas.
Música para hoy: Una canción yucateca que empieza diciendo: quisiera preguntarle a la distancia, si tienes para mí un pensamiento…
Poesía para hoy: Poesía para hoy:
“Cuando el cangrejo avanza hacia la luna,
El mar de amor se rompe en los espejos
Y hay lectores colmados de fortuna”
Tomado de “Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas”. Luis Miguel Aguilar. Edición de la Universidad Autónoma Metropolitana.