Los condones y los mareados

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Yo nunca he hecho el amor usando un condón. Se diría que soy una irresponsable, pero la verdad es que me tocó ser muy joven y empezar con los amores, durante unos escasos, pero promisorios, años de seguridad sexual. Para mí el sexo no tenía más peligro que el de caer en la red de una enamoramiento indebido. Y por indebido quiero decir acarreador de catástrofes, tormentas y delirios del corazón. Todo eso que pueden provocar, por ejemplo, los hombres casados con alguien más, a los que uno quería mantener en su cama. (Obvio, pero no tanto: en la cama de uno). Un horror del que por fortuna estoy de regreso hace mucho tiempo. Total, todas estas derivaciones como de jazz para explicar mi primera frase. Yo entré al amor después de la píldora y antes del Sida.
En los ochentas, cuando irrumpieron los riesgos, ya todo parecía confiable en mis amores. Ahora, también. De ahí que el condón sea una de las muchas experiencia que no he tenido, pero una de las varias que me provocan curiosidad. ¿Cómo le hacen? Debe haber todo suerte de explicaciones en la red, pero no las he buscado. Quizás al rato. Sin duda lo saben mis hijos, pero he creído siempre que preguntarles el cómo del asunto puede resultarles incómodo. Por supuesto a Mateo. Y Cati, ahora que tengo la pregunta, no está, aunque la curiosidad me vino también a partir de que leí un cuento, en su blog, que es una maravilla. La jovencita de su historia oye a sus espaldas el sonido que hace su novio intentando abrir la bolsita de un condón, y a la memoria le llega el ruido que hacía el paquete de las galletas Oreo cuando en la infancia él trataba de abrirlas a la hora del lunch. Decía mi madre que no es bueno elogiar mucho a los hijos, pero ni modo. El texto es una maravilla. Y otra vez me fui al jazz.

Venecia, la hermosa

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¿Quién que la haya visto no la venera? ¿Quién que la desconozca no la anhela? Venecia, la hermosa. La rara, la solitaria, la invadida, la reina, la sabia, la triste, la inundada, la bella, la querida, la soñada, la imaginaria, la sensual, la conspiradora, la ilustre, la ilustrada, la bailarina, la muda, la persuasiva, la loca, la imprudente, la generosa, la complicada, la sucia, la indeleble, la sonora, la pálida, la luminosa, la inasible, la insaciable, la mil veces cantada, Venecia.
Nunca he podido ir a Italia sin pasar por sus calles de agua. Una vez, con mi hermana, hicimos un viaje de cuatro horas en tren, para estar en Venecia menos de una hora y volver a salir a rumbo a Milán, donde teníamos quehaceres. En Venecia, los turistas, me entristece serlo y no puedo sino serlo, lo único que tenemos que hacer es contemplar. ¿Y qué han de hacer los venecianos para lidiarnos? Somos unos adefesios, mermamos la suavidad del paisaje con nuestros zapatos para caminar y nuestros rostros de pasmo. Al mismo tiempo, somos los peregrinos, los que la bendecimos, la metemos en nuestra índole y nuestra euforia, la volvemos parte de nuestra imaginación, nuestros deseos, lo mejor de nosotros. Emociona Venecia. Es imposible imaginar que no exista, sería como si el mundo se muriera.

De todo y en desorden

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Nos sentamos a comer a las cuatro y nos levantamos a las siete. Héctor y yo, junto con dos amigos que saben conversar mientras comen. Mérito que debe adquirir todo el que visita esta casa. Ustedes podrían creer que invento, pero durante todo el tiempo, yo estuve comiendo. Los demás comieron, pero también hablaron, bebieron y luego siguieron hablando. Mientras se trajinaba con ideas y se discernía qué hacer con los males y los bienes del país, yo me comí todo lo que me pasó por enfrente. No voy a decir cuánto de cada cosa, porque no lo sé. Lo que sí sé es que me hice de un merecido dolor de panza.

Atropellaron a “la Mosca”

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Chipilo es un pueblo lleno de gracia en mitad de la carretera entre Puebla y Atlixco. Sus fundadores llegaron en 1898, con la primera inmigración italiana a México, tras el derrame del río Pave que dejó en la pobreza a mucha gente. Resulta muy difícil imaginar que la región del Venetto, ahora una de las más ricas del mundo, haya expulsado, por hambre, a los bisabuelos de los actuales chipileños. Mujeres y hombres trabajadores a los que se les había prometido una tierra más fértil de la que recibieron al llegar. Tierras duras, tepetate, poco agua, encontraron los recién llegados a lo que se llamaba la hacienda de Chipiloc. Sin embargo, era gente que llegaba de la adversidad y que no pensaba vivir siempre en ella. Así que sembraron, criaron animales, hicieron quesos y mantequilla y mantuvieron, mantienen, viva la memoria de sus antepasados, su dialecto, un italiano que hasta en Italia empieza a ser escaso. Siguen siendo rubios y de ojos claros, lo que habla de que se han mezclado poco. Son muy guapos. Y muy trabajadores. Creo que aún más las mujeres. Blanquita es un buen ejemplo. Debe tener mi edad y es la dueña, vendedora y hacedora de quesos de una tienda llamada La nave Italia, en donde se compra el más delicioso queso oreado y el mejor queso fresco de la región y de muchas otras. A mí me gusta pasar a comprarle crema y queso cuando voy rumbo a casa de mi hermana a cuatro kilómetros de allí. Me conmueve Chipilo. Mi abuelo no llegó con esos emigrantes, pero sí llegó a México por esa época. Y también era del norte de Italia, del Piamonte. Como muchos de los campesinos italianos que llegaron a la Argentina de esa época. Pero ésa es una historia que ya de he contar en un libro. Ahora me detuve en Chipilo porque me acordé de la última que le pasó a mi hermana al ir de compras por ahí. Ella transita la carretera de su casa a Puebla por lo menos una vez al día. Y por lo menos dos veces a la semana participa en un lío del tipo del que la hizo recoger a la burrita Fortunata. La semana pasada salió en la tarde por una medicina, y el automóvil que iba delante de ella atropelló a un perro. Verónica lo vio salir volando y volando se bajó a ver qué había pasado. El perrito estaba tendido en el pavimento. “¿Con sangre?”, pregunté yo que todo lo dramatizo. “Sin sangre” dijo ella, “pero igual debió estar deshecho por dentro”. Los vecinos conocían al perro y fueron a la casa de su dueña. Verónica, que ya debería tener suficiente con el sinnúmero de líos con los que trafica, se quedó quieta en lugar de huir de la pena ajena: “¡Mosca! ¡Mosca! ¡Mi Mosca!”, decía la rubia chipileña, triste como un aguacero. “¿Y qué pasó? ¿Se murió? ¿La curaron?”, le pregunto a Verónica. “No sé” dijo ella, “se veía muy difícil que viviera. Ya no vi más”. Mosca. ¿En Chipilo? Recuerdo que cuando éramos chicos y no había los insecticidas de ahora, bajar la ventanilla del coche, en Chipilo, era correr el riesgo de verlo negro en segundos. Aún ahora es lógico: donde hay establos hay moscas. En Chipilo hay ciento de establos. Y millones de moscas. Ahí, alguien llamó a su perro “Mosca”. Ojalá y esté viva esa mosca. La única mosca de Chipilo, por cuya muerte hemos penado.

Gonzalo Rivas y la Belisario Domínguez

Hoy le pido prestadas sus palabras a Luis de la Barreda Solórzano. Y aquí se los dejo:

GONZALO RIVAS
Luis de la Barreda Solórzano
Nadie guardó en su memoria un minuto de silencio. No hubo una ceremonia, ni siquiera un discurso, en la que se le rindiera homenaje post mortem. Nadie marchó por las calles ni promovió o firmó un manifiesto exigiendo el justo castigo a los responsables de su muerte.
Pero su hazaña merece el mayor de los reconocimientos. Su acción heroica salvó muchas vidas aunque, tristemente, no pudo salvar la suya. Su muerte fue lenta, precedida por el suplicio de las terribles quemaduras.
Sus compañeros de trabajo comprensiblemente corrieron tratando de ponerse a salvo, presas del inevitable pánico ante lo que sería una terrible explosión de consecuencias catastróficas, dantescas.
Él no ignoraba el riesgo en que se colocaba al actuar como lo hizo. La muerte significa perder todo lo que tenemos, pero hay cosas aún peores, como los sufrimientos atroces previos al último suspiro, el dolor físico insoportable sin esperanza de recuperación.
El instinto de sobrevivencia nos empuja a preservar la integridad física, a huir del peligro grave, a ponernos lo más lejos posible de la amenaza que nos anuncia un mal mayúsculo e irreversible.
¿Qué motiva al héroe a desafiar la fatalidad trágica y la necesidad de lo inevitable, a mirar frente a frente a los dioses, como describe el poeta Vicente Quirarte, y decirles que se acepta la batalla?
“Héroe ––define Fernando Savater–– es quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia”. En el héroe la virtud surge de su propia naturaleza, como una exigencia de su plenitud. Su heroísmo no es incompatible con la comprensión cabal de nuestra condición frágil y vulnerable, sino que sirve para corregirla, así sea limitada, insuficientemente.
Gonzalo Manuel Rivas Cámara, supervisor de la gasolinera Eva II de Chilpancingo, Guerrero ––ubicada a un lado de la Autopista del Sol––, se encontraba en su oficina el 12 de diciembre de 2011 cuando se inició el fuego provocado por manifestantes normalistas en una de las bombas despachadoras.
Mientras todos huían de la inminente explosión de los gases subterráneos, Gonzalo salió de su oficina, cerró las válvulas de los ductos de alimentación de las bombas y se dirigió a la bomba que se incendiaba para apagar el incendio.
Logró hacerlo, pero un recipiente con gasolina que se encontraba encima de la bomba incendiada estalló. Las llamas lo envolvieron. Su agonía duró tres largas, interminables semanas. Murió en el hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social de Lomas Verdes, en Tlanepantla, Estado de México.
A Gonzalo Rivas esa acción admirable le costó la vida, pero si no la hubiera realizado los tanques subterráneos de la gasolinera hubiesen estallado lanzando por los aires a manifestantes, agentes de la autoridad y vehículos de transporte público y privado con pasajeros.
No hace falta subrayar el valor y la generosidad extraordinarios de esa conducta: valor para arriesgarse de tal manera, para ser él mismo, para sacar lo mejor de sí, y generosidad por amar la vida a tal punto que se atrevió a jugarse la propia por salvar centenares de vidas, entre ellas las de sus homicidas.
Gonzalo Rivas dejó una viuda y dos niñas huérfanas. Otros muchos no quedaron en la viudez ni en la orfandad ni sufrieron el inaudito pesar de perder a un hijo gracias a su heroísmo.
Durante varios meses una sola voz, la de Luis González de Alba, pidió insistentemente que se le otorgara la medalla de honor Belisario Domínguez. González de Alba ya no está con nosotros, pero el eco de su voz no puede dejar de escucharse.
El reglamento correspondiente señala que esa distinción “… se conferirá en vida o de manera póstuma a los hombres y mujeres que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente como servidores de nuestra Patria o de la humanidad”.
El servicio que Gonzalo Rivas hizo a la Patria y a la humanidad es asombroso, insólito e inconmensurable. Lamentablemente nada podrá devolverle la vida, a él que amaba tanto no sólo la suya sino toda vida humana. Revivirlo sano, sin quemadura alguna, sería el mejor premio. Es imposible. Pero sin duda merece de manera póstuma la medalla Belisario Domínguez.

Punto y aparte: no podría yo estar más de acuerdo con este Luis, y con el otro, en que Gonzalo Rivas merece la medalla Belisario Domínguez. Pero yo creo que no se la darán. No está en la índole de nuestro país, por lo mismo no en la de nuestro legisladores, premiar a héroes desconocidos. Más aún si una parte de la población no querrá reconocer como héroe a un hombre que cumplió consigo y con la vida, sin más partido político, ni más interés que su instintivo amor por la vida misma.

Punto final: De cualquier modo, invitar a los legisladores a detenerse en este hombre, harán pensar a quienes tienen la responsabilidad de compensar a su viuda y sus hijas, las autoridades de Chilpancingo en Guerrero, en caso de que ahí exista algo como la autoridad, al menos como lo manda la ley. Porque ni siquiera han hecho eso por ellas. A veces, somos de dar vergüenza.