De todo y en desorden

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Nos sentamos a comer a las cuatro y nos levantamos a las siete. Héctor y yo, junto con dos amigos que saben conversar mientras comen. Mérito que debe adquirir todo el que visita esta casa. Ustedes podrían creer que invento, pero durante todo el tiempo, yo estuve comiendo. Los demás comieron, pero también hablaron, bebieron y luego siguieron hablando. Mientras se trajinaba con ideas y se discernía qué hacer con los males y los bienes del país, yo me comí todo lo que me pasó por enfrente. No voy a decir cuánto de cada cosa, porque no lo sé. Lo que sí sé es que me hice de un merecido dolor de panza.

Atropellaron a “la Mosca”

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Chipilo es un pueblo lleno de gracia en mitad de la carretera entre Puebla y Atlixco. Sus fundadores llegaron en 1898, con la primera inmigración italiana a México, tras el derrame del río Pave que dejó en la pobreza a mucha gente. Resulta muy difícil imaginar que la región del Venetto, ahora una de las más ricas del mundo, haya expulsado, por hambre, a los bisabuelos de los actuales chipileños. Mujeres y hombres trabajadores a los que se les había prometido una tierra más fértil de la que recibieron al llegar. Tierras duras, tepetate, poco agua, encontraron los recién llegados a lo que se llamaba la hacienda de Chipiloc. Sin embargo, era gente que llegaba de la adversidad y que no pensaba vivir siempre en ella. Así que sembraron, criaron animales, hicieron quesos y mantequilla y mantuvieron, mantienen, viva la memoria de sus antepasados, su dialecto, un italiano que hasta en Italia empieza a ser escaso. Siguen siendo rubios y de ojos claros, lo que habla de que se han mezclado poco. Son muy guapos. Y muy trabajadores. Creo que aún más las mujeres. Blanquita es un buen ejemplo. Debe tener mi edad y es la dueña, vendedora y hacedora de quesos de una tienda llamada La nave Italia, en donde se compra el más delicioso queso oreado y el mejor queso fresco de la región y de muchas otras. A mí me gusta pasar a comprarle crema y queso cuando voy rumbo a casa de mi hermana a cuatro kilómetros de allí. Me conmueve Chipilo. Mi abuelo no llegó con esos emigrantes, pero sí llegó a México por esa época. Y también era del norte de Italia, del Piamonte. Como muchos de los campesinos italianos que llegaron a la Argentina de esa época. Pero ésa es una historia que ya de he contar en un libro. Ahora me detuve en Chipilo porque me acordé de la última que le pasó a mi hermana al ir de compras por ahí. Ella transita la carretera de su casa a Puebla por lo menos una vez al día. Y por lo menos dos veces a la semana participa en un lío del tipo del que la hizo recoger a la burrita Fortunata. La semana pasada salió en la tarde por una medicina, y el automóvil que iba delante de ella atropelló a un perro. Verónica lo vio salir volando y volando se bajó a ver qué había pasado. El perrito estaba tendido en el pavimento. “¿Con sangre?”, pregunté yo que todo lo dramatizo. “Sin sangre” dijo ella, “pero igual debió estar deshecho por dentro”. Los vecinos conocían al perro y fueron a la casa de su dueña. Verónica, que ya debería tener suficiente con el sinnúmero de líos con los que trafica, se quedó quieta en lugar de huir de la pena ajena: “¡Mosca! ¡Mosca! ¡Mi Mosca!”, decía la rubia chipileña, triste como un aguacero. “¿Y qué pasó? ¿Se murió? ¿La curaron?”, le pregunto a Verónica. “No sé” dijo ella, “se veía muy difícil que viviera. Ya no vi más”. Mosca. ¿En Chipilo? Recuerdo que cuando éramos chicos y no había los insecticidas de ahora, bajar la ventanilla del coche, en Chipilo, era correr el riesgo de verlo negro en segundos. Aún ahora es lógico: donde hay establos hay moscas. En Chipilo hay ciento de establos. Y millones de moscas. Ahí, alguien llamó a su perro “Mosca”. Ojalá y esté viva esa mosca. La única mosca de Chipilo, por cuya muerte hemos penado.

Gonzalo Rivas y la Belisario Domínguez

Hoy le pido prestadas sus palabras a Luis de la Barreda Solórzano. Y aquí se los dejo:

GONZALO RIVAS
Luis de la Barreda Solórzano
Nadie guardó en su memoria un minuto de silencio. No hubo una ceremonia, ni siquiera un discurso, en la que se le rindiera homenaje post mortem. Nadie marchó por las calles ni promovió o firmó un manifiesto exigiendo el justo castigo a los responsables de su muerte.
Pero su hazaña merece el mayor de los reconocimientos. Su acción heroica salvó muchas vidas aunque, tristemente, no pudo salvar la suya. Su muerte fue lenta, precedida por el suplicio de las terribles quemaduras.
Sus compañeros de trabajo comprensiblemente corrieron tratando de ponerse a salvo, presas del inevitable pánico ante lo que sería una terrible explosión de consecuencias catastróficas, dantescas.
Él no ignoraba el riesgo en que se colocaba al actuar como lo hizo. La muerte significa perder todo lo que tenemos, pero hay cosas aún peores, como los sufrimientos atroces previos al último suspiro, el dolor físico insoportable sin esperanza de recuperación.
El instinto de sobrevivencia nos empuja a preservar la integridad física, a huir del peligro grave, a ponernos lo más lejos posible de la amenaza que nos anuncia un mal mayúsculo e irreversible.
¿Qué motiva al héroe a desafiar la fatalidad trágica y la necesidad de lo inevitable, a mirar frente a frente a los dioses, como describe el poeta Vicente Quirarte, y decirles que se acepta la batalla?
“Héroe ––define Fernando Savater–– es quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia”. En el héroe la virtud surge de su propia naturaleza, como una exigencia de su plenitud. Su heroísmo no es incompatible con la comprensión cabal de nuestra condición frágil y vulnerable, sino que sirve para corregirla, así sea limitada, insuficientemente.
Gonzalo Manuel Rivas Cámara, supervisor de la gasolinera Eva II de Chilpancingo, Guerrero ––ubicada a un lado de la Autopista del Sol––, se encontraba en su oficina el 12 de diciembre de 2011 cuando se inició el fuego provocado por manifestantes normalistas en una de las bombas despachadoras.
Mientras todos huían de la inminente explosión de los gases subterráneos, Gonzalo salió de su oficina, cerró las válvulas de los ductos de alimentación de las bombas y se dirigió a la bomba que se incendiaba para apagar el incendio.
Logró hacerlo, pero un recipiente con gasolina que se encontraba encima de la bomba incendiada estalló. Las llamas lo envolvieron. Su agonía duró tres largas, interminables semanas. Murió en el hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social de Lomas Verdes, en Tlanepantla, Estado de México.
A Gonzalo Rivas esa acción admirable le costó la vida, pero si no la hubiera realizado los tanques subterráneos de la gasolinera hubiesen estallado lanzando por los aires a manifestantes, agentes de la autoridad y vehículos de transporte público y privado con pasajeros.
No hace falta subrayar el valor y la generosidad extraordinarios de esa conducta: valor para arriesgarse de tal manera, para ser él mismo, para sacar lo mejor de sí, y generosidad por amar la vida a tal punto que se atrevió a jugarse la propia por salvar centenares de vidas, entre ellas las de sus homicidas.
Gonzalo Rivas dejó una viuda y dos niñas huérfanas. Otros muchos no quedaron en la viudez ni en la orfandad ni sufrieron el inaudito pesar de perder a un hijo gracias a su heroísmo.
Durante varios meses una sola voz, la de Luis González de Alba, pidió insistentemente que se le otorgara la medalla de honor Belisario Domínguez. González de Alba ya no está con nosotros, pero el eco de su voz no puede dejar de escucharse.
El reglamento correspondiente señala que esa distinción “… se conferirá en vida o de manera póstuma a los hombres y mujeres que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente como servidores de nuestra Patria o de la humanidad”.
El servicio que Gonzalo Rivas hizo a la Patria y a la humanidad es asombroso, insólito e inconmensurable. Lamentablemente nada podrá devolverle la vida, a él que amaba tanto no sólo la suya sino toda vida humana. Revivirlo sano, sin quemadura alguna, sería el mejor premio. Es imposible. Pero sin duda merece de manera póstuma la medalla Belisario Domínguez.

Punto y aparte: no podría yo estar más de acuerdo con este Luis, y con el otro, en que Gonzalo Rivas merece la medalla Belisario Domínguez. Pero yo creo que no se la darán. No está en la índole de nuestro país, por lo mismo no en la de nuestro legisladores, premiar a héroes desconocidos. Más aún si una parte de la población no querrá reconocer como héroe a un hombre que cumplió consigo y con la vida, sin más partido político, ni más interés que su instintivo amor por la vida misma.

Punto final: De cualquier modo, invitar a los legisladores a detenerse en este hombre, harán pensar a quienes tienen la responsabilidad de compensar a su viuda y sus hijas, las autoridades de Chilpancingo en Guerrero, en caso de que ahí exista algo como la autoridad, al menos como lo manda la ley. Porque ni siquiera han hecho eso por ellas. A veces, somos de dar vergüenza.

Sonata para un desconcierto

Van ustedes a perdonar la ausencia de una semana. Sucede que estuve muy ocupada perdiendo el tiempo. No sé por qué, escribir en el espacio aéreo de esta sofisticada revista, intimida un poco la natural desvergüenza con que suelo contar el desconsuelo. Como no soy asidua a tal emoción, me sorprende encontrarla, así que, y más si voy a andar por el mundo de quienes se dejan gobernar por las razones, prefiero no hablar de eso. Sin embargo, ya es tal la intimidad que tengo establecida con muchos de ustedes, queridos lectores, sin duda más lectoras, de este blog, que no tengo por qué caer en el disimulo.
La verdad es que tras mucho darle vueltas he tenido que aceptar que este cumpleaños, este nueve de octubre cumplí sesenta y siete, no me había caído bien. La semana pasada estuve muy rara. Un día me dolió hasta limarme las uñas. Otro amanecí sin cantar. Yo que siempre, antes de poner los pies en el suelo, aún sin abrir los ojos ya tengo entre las cejas una tonada. Cualquiera, la que se le ocurra a esa parte de mi cabeza en la que se guarda la música. Dicen que uno canta con el corazón, pero ya cualquiera sabe que todo lo hacemos antes con el cerebro, la música sin duda. Por eso es tan crucial, porque viene del lugar que todo lo gobierna. Digresiones aparte anduve tristeando. Y no sabía la causa. Tuve que esperar a que llegara el diez para reconocerla. Tenía yo miedo de cumplir años. Ahora que ya pasaron el desayuno, la comida, la cena y el debate de ayer, volvió la paz. Y vuelvo yo a querer encontrarme unos ojos que escuchen todo esto y me acompañen, como siempre, a seguir viva.

Comprando, como las jirafas

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Hace mucho que no voy al mercado con disciplina, menos en domingo. Pero ayer tuve que ir y quise ir al “super”. Nosotros llamamos así a la tienda de autoservicio, ésa en la que hay carritos y uno va echando ahí las cosas que busca o encuentra en los estantes. Quizás este quehacer alguna vez a alguien le parecerá romántico y remoto, como ahora me parecen a mí los viajes de mi madre a una tienda de “ultramarinos” llamada “La Covadonga”. En el mero centro de la ciudad. De este lado los ultramarinos vendían cosas como las aceitunas, el atún blanco, el queso parmesano o las galletas de mantequilla danesa. Cosas que llegaban de lejos y eran poco frecuentes. Cosas que ahora se han vuelto mi alimento esencial, como el aceite de oliva español, que al día de hoy, aquí, se encuentra tan a la mano como en el más pequeño estanquillo de Jaén. Ese lado de la globalización, yo no tengo cómo agradecerlo.
El caso es que fui al súper en domingo. Y como la gran extravagancia, vine a descubrir que estaba lleno de compradores. No se veía la crisis en el bolsillo de nadie. Menos en el mío que soltada a mi arbitrio compré lo imprescindible, lo necesario, lo inesperado y lo inútil. No iba yo más que por dos kilos de camarones, pero se me atravesaron las fresas, los trapos de cocina, los helados, las frambuesas, los chocolates amargos, una variedad de panes, un champú, un cepillo de dientes, unos yogures de sabores para los niños, unas barritas de carnaza para los perros y otros derivados del delirio para llevar.
No es buena idea ir al súper antes de comer. Llegué a mi casa con un cargamento de rarezas y una urgencia de poner los camarones a dorarse con trocitos de ajo y chile pasilla. Por supuesto los camarones ya no fueron gigantes, porque se habían acabado y ya no fueron pelados porque inventé una receta tramposa que les deja las cáscaras dizque para que ahí se cobije el sabor, pero que en realidad se las deja porque no da tiempo de quitárselas.
¿A quién le importa todo esto? No sé, pero yo quiero contarlo a propósito de los lujos que nos ocuparon el fin de semana. He derrochado el tiempo como en mis mejores tiempos. Y estuve divertida entre la gente. En la mañana había leído la entrada de una bitácora fantástica cuyas señas llegaron a mi buzón vía la generosidad de su autor. Se llama Alfonso Polvorinos, es biólogo, especializado en zoología y botánica. Se dedica profesionalmente al ecoturismo y no saben ustedes lo que ha sido ir por su blog entre jirafas y atardeceres. Me ha fascinado y se los recomiendo. Contempla y cuenta el mundo de los animales, en Masai Mara, con tal propensión al encanto que contagia el ánimo de mirar a cualquier animal con el mismo interés. Supongo que por eso yo fui mirando a la gente elegir entre una marca y la otra, entre una fruta y la otra, entre un pescado y un sushi, con la misma fascinación con que él miró a los ñus atravesar el río Mara. Dice que ahora es época de abundante comida para herbívoros y carnívoros en las orillas del río. También en el centro de mi mercado parecía época de abundante comida. Y ahí estábamos, todos los animales humanos, distintos entre nosotros como las cebras de los cocodrilos, formados, con nuestros carros y nuestra promesa de manjares varios, tratando de cruzar los vados del río que forma la hilera de cajas en las que se paga.
Es entretenido ver humanos. Me pregunto si las jirafas se mirarán entre sí como nosotros nos miramos. Dice Alfonso que había dos de ellas, esperando a que otra terminara de destrabar una de sus pezuñas y las alcanzara por fin, al otro lado del río.
“¿Encontró todo lo que buscaba?”, me preguntó la cajera con una sonrisa.
“Y más”, le dije. Luego me traje su estampa trabajadora y sonriente. Ella debe ser como Alfonso viendo cruzar el río Mara a cuanta especie terrestre lo cruza en esta época.
Aquí pueden encontrar algunos textos de Alfonso Polvorinos: http://lalineadelhorizonte.com/revista/author/a-polvorinos/