Barack Obama: la inteligencia alegre

Miren ustedes, yo quería escribir sobre el encanto, la calidez y, sobre todo la inteligencia y la bravura de Obama. Para mi fortuna me ganó Luis de la Barreda. Voy a dejarles aquí su artículo de hoy y mi agradecimiento al orden mental y la precisa ceremonia con que nombra.
Barack Obama
Luis de la Barreda Solórzano
Llega a su fin la gestión de Barack Obama, sin duda uno de los presidentes más admirables que ha tenido Estados Unidos. No pudo hacer todo lo que se propuso porque en una democracia el gobernante no es dueño de un cheque en blanco que le permita tomar cualquier decisión, pero lo que hizo y lo que intentó lo muestran como un hombre que se guió por los más altos valores de su gran país.
Obama prometió que cerraría la prisión de Guantánamo, en la que se violan los más elementales principios del derecho penal ilustrado pues allí han sido recluidos sin límite de tiempo y sin ser sometidos a juicio centenares de sospechosos de estar involucrados en redes terroristas. Apenas en su segundo día en la Casa Blanca, Obama firmó el decreto con el que cumpliría su promesa. No se lo permitió el Congreso, pero el presidente logró que de los 242 presos que había en la base militar al empezar su primer período de gobierno hoy queden solamente 61.
El proyecto de ley de inmigración también fue echado abajo por el Congreso, pero Obama impidió la deportación de hijos de inmigrantes sin papeles. Su propósito de evitar igualmente la expulsión de cinco millones de indocumentados fue frustrado por un juez de Texas. El caso llegó a la Corte Suprema en la que se produjo un empate en la votación, en virtud del cual la medida se encuentra suspendida en espera del desempate.
Obama anunció que terminaría la guerra en Irak, de donde retiraría las tropas, y reduciría el número de soldados en Afganistán. La necesidad de derrotar al Estado Islámico ha obligado a Estados Unidos a participar en los bombardeos en Oriente Próximo y a enviar asesores militares. Es de recordarse que Obama heredó de su antecesor las guerras en curso.
La caza de Osama bin Laden, fruto de una impresionante tarea de inteligencia, fue saludada con un gigantesco aplauso por el mundo occidental, aunque estoy convencido de que lo mejor hubiera sido atrapar con vida al líder terrorista y llevarlo a juicio en Estados Unidos.
Un éxito de gran relevancia en la política internacional estadounidense fue el acuerdo, benéfico para todo el mundo, en virtud del cual Irán no podrá contar con una bomba nuclear.
Obama inició el diálogo tendiente a restablecer relaciones con Cuba, lo que en mi opinión sería plausible si el acercamiento se hubiera condicionado al menos a que la dictadura de los hermanos Castro liberara a los presos de conciencia y permitiera el ejercicio de libertades democráticas básicas.
Un gran triunfo de Obama, quizá el mayor de todos, fue el de la reforma sanitaria, gracias a la cual 16 millones de ciudadanos que carecían de seguro médico ahora cuentan con uno. Además, se eliminó la prerrogativa que tenían las compañías aseguradoras de rechazar a pacientes por estar enfermos. La Corte Suprema ha avalado la reforma.
Otra victoria importante es la de la recuperación económica. La Oficina de Presupuesto del Congreso reconoce que “el presidente Obama ha impulsado el crecimiento económico más que los demás países de la OTAN desde el fin de la Segunda Guerra Mundial”. El desempleo, que llegaba a 10%, hoy es de 5% con la creación de 14 y medio millones de empleos. El plan de estímulos rescató a los bancos de Wall Street y a la industria automovilística.
Obama consiguió el aumento en el consumo de energías renovables y en la producción local de petróleo, con lo que se redujo la dependencia de Oriente Próximo. Asimismo, aprobó la mayor reducción de emisiones contaminantes y firmó el pacto internacional contra el cambio climático en la Cumbre de París 2015.
Nadie podría decir que la presidencia de Obama no fue sobresaliente a pesar de algunas medidas discutibles y de compromisos incumplidos debido a la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y al poder judicial. Barack Obama será recordado no tan sólo por haber sido el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos, lo que de por sí marca un hito formidable, sino por representar lo mejor de su país. Thomas Jefferson advirtió hace más o menos dos siglos que nadie abandona el cargo de presidente con el mismo prestigio y respeto que le llevó ahí. Obama será una de las excepciones a tal sentencia.

Los condones y los mareados

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Yo nunca he hecho el amor usando un condón. Se diría que soy una irresponsable, pero la verdad es que me tocó ser muy joven y empezar con los amores, durante unos escasos, pero promisorios, años de seguridad sexual. Para mí el sexo no tenía más peligro que el de caer en la red de una enamoramiento indebido. Y por indebido quiero decir acarreador de catástrofes, tormentas y delirios del corazón. Todo eso que pueden provocar, por ejemplo, los hombres casados con alguien más, a los que uno quería mantener en su cama. (Obvio, pero no tanto: en la cama de uno). Un horror del que por fortuna estoy de regreso hace mucho tiempo. Total, todas estas derivaciones como de jazz para explicar mi primera frase. Yo entré al amor después de la píldora y antes del Sida.
En los ochentas, cuando irrumpieron los riesgos, ya todo parecía confiable en mis amores. Ahora, también. De ahí que el condón sea una de las muchas experiencia que no he tenido, pero una de las varias que me provocan curiosidad. ¿Cómo le hacen? Debe haber todo suerte de explicaciones en la red, pero no las he buscado. Quizás al rato. Sin duda lo saben mis hijos, pero he creído siempre que preguntarles el cómo del asunto puede resultarles incómodo. Por supuesto a Mateo. Y Cati, ahora que tengo la pregunta, no está, aunque la curiosidad me vino también a partir de que leí un cuento, en su blog, que es una maravilla. La jovencita de su historia oye a sus espaldas el sonido que hace su novio intentando abrir la bolsita de un condón, y a la memoria le llega el ruido que hacía el paquete de las galletas Oreo cuando en la infancia él trataba de abrirlas a la hora del lunch. Decía mi madre que no es bueno elogiar mucho a los hijos, pero ni modo. El texto es una maravilla. Y otra vez me fui al jazz.

Venecia, la hermosa

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¿Quién que la haya visto no la venera? ¿Quién que la desconozca no la anhela? Venecia, la hermosa. La rara, la solitaria, la invadida, la reina, la sabia, la triste, la inundada, la bella, la querida, la soñada, la imaginaria, la sensual, la conspiradora, la ilustre, la ilustrada, la bailarina, la muda, la persuasiva, la loca, la imprudente, la generosa, la complicada, la sucia, la indeleble, la sonora, la pálida, la luminosa, la inasible, la insaciable, la mil veces cantada, Venecia.
Nunca he podido ir a Italia sin pasar por sus calles de agua. Una vez, con mi hermana, hicimos un viaje de cuatro horas en tren, para estar en Venecia menos de una hora y volver a salir a rumbo a Milán, donde teníamos quehaceres. En Venecia, los turistas, me entristece serlo y no puedo sino serlo, lo único que tenemos que hacer es contemplar. ¿Y qué han de hacer los venecianos para lidiarnos? Somos unos adefesios, mermamos la suavidad del paisaje con nuestros zapatos para caminar y nuestros rostros de pasmo. Al mismo tiempo, somos los peregrinos, los que la bendecimos, la metemos en nuestra índole y nuestra euforia, la volvemos parte de nuestra imaginación, nuestros deseos, lo mejor de nosotros. Emociona Venecia. Es imposible imaginar que no exista, sería como si el mundo se muriera.

De todo y en desorden

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Nos sentamos a comer a las cuatro y nos levantamos a las siete. Héctor y yo, junto con dos amigos que saben conversar mientras comen. Mérito que debe adquirir todo el que visita esta casa. Ustedes podrían creer que invento, pero durante todo el tiempo, yo estuve comiendo. Los demás comieron, pero también hablaron, bebieron y luego siguieron hablando. Mientras se trajinaba con ideas y se discernía qué hacer con los males y los bienes del país, yo me comí todo lo que me pasó por enfrente. No voy a decir cuánto de cada cosa, porque no lo sé. Lo que sí sé es que me hice de un merecido dolor de panza.

Atropellaron a “la Mosca”

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Chipilo es un pueblo lleno de gracia en mitad de la carretera entre Puebla y Atlixco. Sus fundadores llegaron en 1898, con la primera inmigración italiana a México, tras el derrame del río Pave que dejó en la pobreza a mucha gente. Resulta muy difícil imaginar que la región del Venetto, ahora una de las más ricas del mundo, haya expulsado, por hambre, a los bisabuelos de los actuales chipileños. Mujeres y hombres trabajadores a los que se les había prometido una tierra más fértil de la que recibieron al llegar. Tierras duras, tepetate, poco agua, encontraron los recién llegados a lo que se llamaba la hacienda de Chipiloc. Sin embargo, era gente que llegaba de la adversidad y que no pensaba vivir siempre en ella. Así que sembraron, criaron animales, hicieron quesos y mantequilla y mantuvieron, mantienen, viva la memoria de sus antepasados, su dialecto, un italiano que hasta en Italia empieza a ser escaso. Siguen siendo rubios y de ojos claros, lo que habla de que se han mezclado poco. Son muy guapos. Y muy trabajadores. Creo que aún más las mujeres. Blanquita es un buen ejemplo. Debe tener mi edad y es la dueña, vendedora y hacedora de quesos de una tienda llamada La nave Italia, en donde se compra el más delicioso queso oreado y el mejor queso fresco de la región y de muchas otras. A mí me gusta pasar a comprarle crema y queso cuando voy rumbo a casa de mi hermana a cuatro kilómetros de allí. Me conmueve Chipilo. Mi abuelo no llegó con esos emigrantes, pero sí llegó a México por esa época. Y también era del norte de Italia, del Piamonte. Como muchos de los campesinos italianos que llegaron a la Argentina de esa época. Pero ésa es una historia que ya de he contar en un libro. Ahora me detuve en Chipilo porque me acordé de la última que le pasó a mi hermana al ir de compras por ahí. Ella transita la carretera de su casa a Puebla por lo menos una vez al día. Y por lo menos dos veces a la semana participa en un lío del tipo del que la hizo recoger a la burrita Fortunata. La semana pasada salió en la tarde por una medicina, y el automóvil que iba delante de ella atropelló a un perro. Verónica lo vio salir volando y volando se bajó a ver qué había pasado. El perrito estaba tendido en el pavimento. “¿Con sangre?”, pregunté yo que todo lo dramatizo. “Sin sangre” dijo ella, “pero igual debió estar deshecho por dentro”. Los vecinos conocían al perro y fueron a la casa de su dueña. Verónica, que ya debería tener suficiente con el sinnúmero de líos con los que trafica, se quedó quieta en lugar de huir de la pena ajena: “¡Mosca! ¡Mosca! ¡Mi Mosca!”, decía la rubia chipileña, triste como un aguacero. “¿Y qué pasó? ¿Se murió? ¿La curaron?”, le pregunto a Verónica. “No sé” dijo ella, “se veía muy difícil que viviera. Ya no vi más”. Mosca. ¿En Chipilo? Recuerdo que cuando éramos chicos y no había los insecticidas de ahora, bajar la ventanilla del coche, en Chipilo, era correr el riesgo de verlo negro en segundos. Aún ahora es lógico: donde hay establos hay moscas. En Chipilo hay ciento de establos. Y millones de moscas. Ahí, alguien llamó a su perro “Mosca”. Ojalá y esté viva esa mosca. La única mosca de Chipilo, por cuya muerte hemos penado.