Domingo nueve: incesto y cumpleaños

Todo el día de hoy fue domingo. Empezó en domingo. Digo esto porque a veces los domingos tienen cara de lunes y nos despiertan con la preocupación del martes. En cambio ahora, desde la duermevela sentí el domingo entrar con todo y la luz tibia de los días nublados. Han de ser las ocho, me dije con ese gusto necio con el que gusto de adivinar las horas. Las ocho y media de un día con lluvia. Había que volver a dormir, porque todo en el aire era domingo. Se podía. Todo también era cumpleaños del señor de la casa, como solía llamarlo antes. Y ha sido un día de fiesta que como tantos domingos es de hijos, hermanos y nietos. A veces no sé cómo nombrar lo que nos cerca. Hoy sólo me ha cercado, pero como un abrazo, la palabra domingo.
Punto: A la comida vino el poeta Luis Miguel Aguilar. Trajo un regalo. Se llama “De varias formas”. El lo llama de otro modo, sólo porque es pequeño. Yo creo que es un libro: Los libros a veces son labios besados en libros.
Punto y seguido: De qué modo mueve lo que escribe “De varias formas” el poeta. Ojos al cielo, cegados los ojos/Cantan los ciegos sus canciones de ojos.
Punto y aparte: No es que yo quiera ser presumida, pero tengo puros hermanos genios.
Punto final: Y tengo al del cumpleaños, que es mi novio. Que no es mi hermano, pero que es de todo. Y en medio de tanto, ha podido ser tanto que incluso, de pronto, también es mi hermano. Valiente incesto el mío.

Conseguir el valor

Queridos cómplices de mi desorden y mi desapego, amigos de este contar que he hecho tanto durante mi dispersa vida:
Escribo ahora, después de no sé cuánto tiempo, para disculparme por el silencio. Antier, en la calle, encontré a una criatura en sus veinte y algo, con la sonrisa de la incredulidad, que me detuvo para reprocharme la falta de visitas a este blog. Dijo que le gusta la desvergüenza con que hablo de lo que veo y siento. De las cosas pequeñas, de lo que ella no llamó así, pero yo sé bien que es la trivialidad del diario.
La verdad, lo saben muchos, nunca me había costado decir en qué ando, ni quitarles el tiempo a otros con mis aventuras domésticas, mi memoria, mi desmemoria, mi dolor, mi asombro, mis alegrías. Contar ha sido lo mío. A lo loco y sin reticencias: contar. Sin miedo y sin valor: contar.
Por eso ando apenada con este silencio. Sin embargo, sucede que una cosa es la ironía en torno al absurdo y otra de cara al espanto. Me estoy quedando inerme para encontrar las palabras, no sé cómo nombrar lo que nos cerca. No sé con qué derecho hablar de la nieve con yerbabuena que ayer nos dio mi desolada amiga de la infancia, ni cómo fue la conversación alrededor de a su mesa, sin decir que en el aire había una pena que todos nos callábamos, porque tenemos el miedo en los talones y la punzada del sufrimiento en los ojos de quienes se lo guardan para no molestar a los demás. Fuimos a visitar a nuestros amigos y jugamos para no acompañarlos a llorar.
Contábamos historias del pasado y chismes del presente, nos reíamos, y ahí estaba el absurdo que enriquece con su caos: lo mío; junto a la pesadumbre del horror que turba a una familia lastimada por la barbarie creciendo en este país nuestro.
No sé cómo acercarme, aquí, donde tanto se piensa con lucidez, a lo que no entiendo, no acepto, no puedo analizar con certidumbre. Yo no soy editorialista, ni sabría cómo serlo. Mucho menos puedo predecir el futuro o sugerir con precisión de qué modo debería ser el mundo nuestro.
Llevo meses escribiendo poquísimo, entregada al trajín y los entresijos de una vida ensimismada que tiende a buscar la serenidad, a pesar del espanto que nos rodea, mirando el mundo estupefacta y, al mismo tiempo, agradecida.
¿Cómo agradezco yo? ¿Con qué derecho cuento mis bendiciones en mitad de las mil maldiciones que caen sobre los otros? Mejor me callo, trato de sentirme útil y necesaria haciendo cosas nimias, privadas, pero posibles. Contar lo privado, ahora, ni alivia, ni mejora la vida de los otros. Y eso, me digo, es lo único que me parece imprescindible en estos días. Así pienso cuando me dejo tomar por un rato de sensatez. Largo en los últimos tiempos. Larguísimo si no escucho a esa niña, en la calle, mirando mi brazo en un cabestrillo, preguntando qué pasó, pidiendo que le cuente de mis nietos. ¿Mis nietos? Impensable. Son un secreto. Así tiene que ser en estos años. No es mía su vida, aunque sí sean la mía. Lo mismo que la de mis hijos y mis amores. Eso de lo que hasta hace muy poco hablaba con naturalidad y sin ningún temor, ya no me pertenece.
Nunca he puesto en duda el valor de quienes desafían al poder. Lo mismo que nunca puse en duda que hubiera gran valor en contar lo de uno como si fuera de todos. Porque la experiencia de lo humano se parece. Pero ahora, como se ha puesto la luz de nuestros días, va a resultar que también es de valientes hablar del afán cotidiano. Vamos a ver si lo consigo. Por lo pronto, diré que tengo hambre.

Las Chivas

Aquí los dejo la pasión de mi amigo y admirado, primer y mejor ombudsman de la Ciudad de México y del país. Así como habla de su equipo de fútbol, con la misma entrega, pero a la causa y causas de muchos otros, hizo su trabajo en la Comisión de derechos Humanos del Distrito Federal. Nadie tan cabal como él. Ya quisiéramos otro como él. Sin duda en la CNDH nacional.
LAS CHIVAS
Luis de la Barreda Solórzano
Fue la superación de lo que parecía imposible. El Guadalajara estaba increíblemente ubicado en penúltimo lugar de la porcentual. El fantasma del descenso acechaba.
Los demás equipos fueron favorecidos con una insólita reforma estatutaria que les permitió alinear hasta 10 extranjeros por partido. Las Chivas no podían hacerlo: la razón de la magia inagotable del Rebaño Sagrado está por sobre todas las cosas ––más aun que en la evocación de la epopeya de hace más de medio siglo cuando ganó cuatro campeonatos consecutivamente y seis de siete–– en que en sus más de 100 años de historia ha jugado exclusivamente con jugadores mexicanos. Esa tradición entrañable no se puede traicionar.
Así, un cuadro formado solo con nacionales, que sentía ya muy cerca las llamas del infierno, enfrentaba, sigue enfrentando, el desafío de competir con escuadras formadas casi por completo por estrellas de otros países: una desventaja descomunal. Y jugaba mal. Llegaban uno tras otros diversos directores técnicos y todos fracasaban. Ver los juegos del Guadalajara era un tormento para sus seguidores.
Entonces arribó Matías Almeyda, exjugador argentino muy destacado y querido. Dijo que no se trataba únicamente de salvar al Rebaño del descenso sino de revivir su grandeza. Almeyda sabía lo que era escapar del hades: venció al alcoholismo al que lo había arrastrado la nostalgia por los estadios tras retirarse de las canchas, y condujo como director técnico al River Plate ––su antiguo equipo, que había bajado a la segunda división–– de regreso a la división mayor.
No se sabe cómo lo consiguió pero, no obstante el peso abrumador de las circunstancias, Almeyda devolvió a las Chivas la moral alta, la esperanza en sus propias posibilidades. Les mostró que eran capaces de la abolición de lo irremediable, les insufló la vocación de triunfo, les hizo recordar el pasado glorioso del Guadalajara legendario.
El Rebaño empezó a ganar, clasificó a las liguillas, ganó dos torneos de copa, pero faltaba el máximo trofeo, el de liga, que no conquistaba desde hacía 11 años. A pesar de que en este último campeonato la mala fortuna se ensañó con las Chivas, pues por lesiones nunca pudieron contar con todos sus jugadores, de nuevo obtuvieron boleto a la fiesta grande, a la que llegaron con medio equipo malherido y lejos de su mejor nivel: en sus más recientes partidos se les habían negado la victoria e incluso el gol.
En la liguilla el Guadalajara eliminó al Atlas y al Toluca, y así llegó a la final ante el campeón, los poderosos Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, a los que todo mundo hacía favoritos porque las cifras eran elocuentes: en los últimos nueve juegos habían anotado 25 goles en tanto que las Chivas solo cinco; los Tigres ganaron todos esos partidos mientras que el Rebaño había olvidado desde hacía varias jornadas lo que era el triunfo.
Pero el Guadalajara jugó los dos partidos de la final con talento, temple y, sobre todo, coraje, virtud que en ocasiones memorables posibilita lo que a priori parecía inalcanzable. Las Chivas ponían toda el alma en cada jugada. Estaban encendidas por un fuego interior que las impulsaba a afrontar las peripecias del juego con el fulgor imbatible de la determinación. Fueron muy superiores a su rival, aunque el triunfo estuvo impregnado de dramática incertidumbre: pendió de un hilo hasta el último segundo. Eso lo hizo más gozoso.
El duodécimo campeonato del Rebaño, tras la insoportablemente larga sequía, no es solo, ni principalmente, una victoria deportiva: es, sobre todo, una proeza espiritual, la consecución de lo improbable, la reafirmación del mito en que el Guadalajara se convirtió desde hace más de medio siglo, reafirmación especialmente significativa en estos tiempos en los que está de moda la obsesión por desmitificar, estúpido afán de rebajamiento de lo más maravilloso de nuestros sueños, los que nos impulsan a desplegar lo más inaudito de nuestras potencialidades. Los partidarios más viejos de las Chivas temíamos que ya no tendríamos el júbilo de otro campeonato. El domingo nos reconciliamos con los dioses.

El huachicol poblano.

Aquí les dejo el principio de un texto de Sergio Mastretta sobre la zona poblana del huachicol.Es de una elocuencia excpecional.

De todo se puede ser en la tierra del huachicol si has nacido en algún pueblo plantado entre Tepeaca y Tecamachalco.
Lavador de cebollines para los horticultores de Palmarito. Asociado de una cooperativa que empaca brócoli para Walmart y su programa “Pequeño Productor Cuentas con Nosotros”. Tal vez obrero de la cementera Cruz Azul en el cerro que pelan frente a Palmarito y Xaltepec. Bracero por contrato en los campos de riego de Canadá, y para eso puedes ser de cualquier pueblo. Madre soltera asalariada empacando huevos en uno de los corralones de Bachoco en Tecamachalco. Productor de maíz si eres de la Colonia Rubén Jaramillo y tienes riego del canal de agua contaminada que viene desde la presa de Valsequillo. Costurera para la maquiladora coreana en Quecholac. Peón en los campos de San Pablo Actipan y ganar 120 pesos más la comida. Cucharero en una obra de Lomas de Angelópolis en Puebla si naciste en San Mateo Parra. O mariachi en San Francisco Mixtla y en tus ratos libres sembrador de frijol. Y si no, tejedor de gabanes en San Simón Coatepec. O productor de colchones de pobre en Tlanepantla. O vendedor de los espejos que producen en Santa Isabel Tepetzala. También chofer de ADO si eres de San Nicolás Zoyapetlayocan, pueblo donde no hay familia que no haya acomodado como chofer a alguno de los suyos. O productor de flores en La Candelaria Purificación. O próspero propietario de una bodega en la Central de Abastos de Huixcolotla, y además tener una en las centrales de Puebla y México. Y qué tal si cantero en Santiago Acatlán, además de artesano fabricante de niños dios y borreguitos y hasta santos reyes de yeso monumentales para los nacimientos. En un descuido, hasta un reluciente obrero oculto entre los robots de los alemanes de Audi en San José Chiapa.

De todo puedes ser. Esa mezcla de mil empleos en la que se convirtió el mexicano al que ya no tiene sentido llamarle campesino.

O simplemente el halcón de a 12,000 pesos en motoneta y en cualquiera del medio centenar de pueblos que en ratos tiene a sus familias metidas en el huachicol. Porque cualquier día aparece un tipo al que luego bautizarán como “uno de los señores”, que llega, observa, analiza, identifica, compra una casa, invita, paga una deuda, se hace compadre, regala una motocicleta, propone un trabajito, facilita una pistola. Y encuentra una familia en apuros, a un hombre sin chamba y ya tiene 53 años, y la mujer enferma, y tres hijos casados y todavía en casa y con salarios de 120 pesos.

Y ya entiendes el camino que algunos han seguido en estos pueblos. Porqué están en guerra.

Oyendo caminar a las hormigas

Ustedes perdonen, un poco de trivia para el mal de noticias extremas: Hace tiempo que había empezado a oír mal. En las conversaciones componía cosas y ya nada más me faltaba sacar una cornetita de las que les ponían a los viejos en las novelas del siglo diecinueve. Consideré pertinente ir al doctor y fui muerta del miedo a oír que dejaría de oír. Antes de que otra cosa pasara el doctor sacó unas pinzas y cayó sobre mi oído derecho. Puso voz de asco y dijo que todo se veía espantoso. Más me asusté. “Quizás le moleste un poco, está muy dura esta pared.” ¿Una pared?, pensé. ¿Tengo una pared en el oído? Pues sí, tenía dos paredes. Me las quitaron y de un momento a otro empecé a oír el sonar de un aire acondicionado, las burbujas de una pecera, el tic tac de un reloj, la voz de una señora tras la ventana y el remoto motor de los camiones que bajan por Constituyentes como si bajaran a los infiernos con el infierno que son. No estaba sorda. Los oídos andaban de parranda. Se quería tapar para dormir tranquilos. Ahora despertaron y me despertarán. Por fortuna. Aunque oír esta ciudad parezca un infortunio.
Eso sí, no se me irá una palabra en las comidas. Voy a oír hasta la última letra del abecedario con que a veces narramos el espanto. Tampoco me perderé nada que hable de la ajena alegría. Yo alegre estoy siempre, aún cuando me ronda la tristeza. Esto de vivir es digno de oírse.
Punto: Les conté a mis hermanos en el chat que tenemos los cinco. Dijo Daniel: ” A mí también me ha pasado eso. Y oyes hasta el paso de las hormigas.”
Recomiendo:El texto de Luis de la Barreda sobre el No más sagrado. http://www.excelsior.com.mx/opinion/luis-de-la-barreda-solorzano/2017/03/23