Equilibrio y armonía : Fátima Fernández Christlieb

El día 8 de marzo se conmemora a mujeres excepcionales*. No se celebra a quien va pasando, ni porque sí. La UNAM ha decidido otorgar, en esta fecha, cada año, un premio, reconocimiento, al que nombró sor Juana Inés de la Cruz, a mujeres que han marcado el quehacer de la institución, con su paso inteligente y tenaz, lleno de valentía y generosidad. Todo estos atributos, le quedan a la perfección a Fátima Fernández Chirstlieb una mujer lúcida y apasionada con quien he tenido el privilegio de compartir una amistad, una larga conversación. Por eso fue una de las premiadas. Y porque se sabe que es elocuente le tocó decir las palabras de reflexión y agradecimiento que aquí les dejo. Es un honor cobijar este blog con su presencia.

Si quienes hoy recibimos este reconocimiento que lleva el nombre de Sor Juana, diéramos un salto hacia el siglo XVII y si además dejáramos de lado cualquier idea preconcebida sobre monjas, confesores y penitencias, es probable que se nos antojara aquel ambiente de estudio, reflexión y creación.
El convento de San Jerónimo fue para esta célebre religiosa el cobijo de vida que le permitió expandir al máximo sus potencialidades. Con las monjas carmelitas no encontró el ambiente idóneo, la querían en clausura total, obediente y callada. Las jerónimas, al contrario, le permitían intercambios con quienes organizaban la vida en la sociedad novohispana. Parece ser que Sor Juana Inés de la Cruz fue capaz de una obra tan extraordinaria porque en su vida consiguió el equilibrio y la armonía que suelen traducirse en frutos de genuina calidad.
A la luz de la situación que rodeó a la monja de Nepantla cabe preguntarnos, como mero ejercicio de reflexión, si en la universidad actual contamos con las condiciones para alcanzar equilibrio y armonía. Cuando muchas de las que estamos aquí entramos a formar parte del personal académico, ambas cuestiones se lograban con facilidad. No me dejarán mentir quienes están aquí desde hace varias décadas. El equilibrio y la armonía estaban garantizados en los años setenta. Podíamos volcarnos por entero en la docencia, en la investigación y era sencillo hacer divulgación del trabajo sin cancelar los espacios para el ocio creativo y el descanso.
Con los años, el país, la ciudad, la ciencia y por ende la Universidad se volvieron más complejas. La crisis económica con la que abrió la década de los ochenta modificó el escenario. Surgió el Sistema Nacional de Investigadores y más tarde el PRIDE. Las reglas del juego cambiaron.
Ahora, con las incertidumbres que atraviesan los estudiantes de licenciatura, con los sistemas tutoriales de los posgrados y con los pesados requisitos para las evaluaciones, nuestras vidas se han visto en un brete para mantener el equilibrio y la armonía. Si antes ambos eran obtenibles y se daban con relativa sencillez, hoy se pueden alcanzar, sí, pero ya no con tanta comodidad.
¿Qué implica encontrar un prudente equilibrio? La etimología nos habla de igualdad y permite imaginar una balanza en la que pesen lo mismo el deber y el placer.
Vuelvo a pensar en el equilibrio de la vida de Sor Juana. Vivía en su lugar de trabajo, salía de vez en cuando a conversar con los virreyes, aprendía náhuatl y latín sin necesidad de desplazamientos, sin tráfico, sin todo lo que hoy nos roba tanta energía. Es injusto comparar al siglo XVII con el XXI, pero es justo pedirle a la vida de toda mujer que busque y mantenga un mínimo de equilibrio.
La armonía es igual de importante. La etimología nos lleva a la idea de ajustamiento y de combinación. Se trata de una cualidad basada en la relación, en este caso en el vínculo entre los distintos componentes de nuestras vidas. Es también la conveniente proporción y la correspondencia de unas cosas con otras. En el caso de la vida de las mujeres, la complejidad del siglo XXI nos lleva a preguntarnos, todos los días, por aquello que verdaderamente nos importa, por la correspondencia entre nuestros diversos quehaceres. Con frecuencia cuestionamos si el tiempo dedicado a leer tesis o a corregir trabajos se encuentra en conveniente proporción con los hijos, con los padres, con los espacios creativos, con lo que nos hace reír. El cuestionamiento acerca de nuestro ser y el sentido de nuestras acciones es permanente en nosotras. Esto es una cualidad de lo femenino.
Es como si las mujeres estuvieran dotadas de una antena omnidireccional que coloca en su radar la multiplicidad de asuntos que componen su existencia. Cuando se nos complican los días es al intentar atender todos los pendientes simultáneamente y, además: con la misma intensidad.
Hoy vivimos nuevos retos porque el escenario universitario cambia a gran velocidad. Otro es ya el mecanismo de trabajo que trajo consigo la convergencia digital, otras son las exigencias para dar una clase que mantenga involucrados a los estudiantes, otro es el esfuerzo que hay que hacer para comprender a cada generación, muy diferentes son ahora los requisitos para publicar resultados de investigación.
Cada época y cada vida trae consigo algo que superar. Sor Juana tuvo que esquivar continuamente a la Inquisición, soportar los cargos que le hacía el tribunal eclesiástico del arzobispado, tolerar la ira de su confesor, combinar sus intereses intelectuales con la administración del convento.
La lista de lo que nosotras tenemos que esquivar, comprender, resistir y sustentar adquiere características que varían según los campos de conocimiento y las prácticas de cada escuela, facultad, centro o instituto. Sin embargo, nuestro desafío, el de todas, por la naturaleza de nuestro ser, es encontrar equilibrio y armonía.
En esta búsqueda va incluida la labor de desenredar al género del sexo, como diría Ivan Illich, para construir una mirada complementaria que nos permita captar la complejidad en la que están insertas nuestras vidas y nuestra Universidad.
Cuando se suelen hacer recuentos del número de mujeres que hay en puestos directivos, en los gobiernos o al frente de las empresas, con frecuencia saltan en automático la discriminación o la sociedad patriarcal como causas, pero no siempre se detecta que hay también una dimensión oculta en lo profundo del ser femenino. Hay un temor a ser absorbidas por un único objetivo, hay un deseo íntimo, a veces soterrado, de conquistar la lucidez para no perder el horizonte vital de 360 grados.
Nuestro clásico de la epistemología, el filosofo Luis Villoro, explica lo anterior al mostrar la diferencia entre ciencia y sabiduría. Todo parece indicar que la lucha interior de muchísimas mujeres es querer volcarse, sí, en conocimientos sujetos a comprobación objetiva, pero conservando al mismo tiempo la capacidad de distinguir -en cada circunstancia- lo esencial detrás de las apariencias. Queremos las dos cosas: hacer ciencia y cultivar la sabiduría.
Desde hace 17 años las alumnas inscritas en la UNAM son ligeramente más que los varones, aunque si redondeamos, podemos afirmar que las dos mitades están equilibradas. La mujer, que en el siglo XVII tenía prohibido asistir a la universidad, hoy es parte sustancial y la mitad de ella.
El reto de nosotras, las académicas, es que esa sustancia primigenia no pierda su inclinación natural y logre su conjugación con el principio masculino. La tarea es enorme, implica usar la antena omnidireccional para captar lo fantástico y lo riesgoso del siglo XXI, sin perder armonía ni equilibrio, porque el juego es hoy, más que nunca, lograr la amalgama de ciencia y sabiduría.