Los amores y los muertos

Aparecen de pronto aunque no sea noviembre, aunque no tengamos sino lo mismo para su ofrenda, aunque sepan que nos derrumba su nombre, aunque estén hartos de venir siempre que les lloramos, aunque ya nada nos deban.
Así es con los amores y los muertos. Los míos, como tantos, regresan.
Siempre, aún cuando no los llamo, vuelven. A veces me amonestan, otras me escuchan, las más simplemente se ponen a mirarme.
Intervienen mis sueños, aparecen dentro de mis secretos, se burlan de mis miedos, me espantan la pena de imaginarlos en el olvido.
Son al tiempo sencillos como el aire y enigmáticos como las hormigas. Uno de ellos me deseó alguna vez el temple de las hormigas y la duda de los templos. A veces están más cerca que los vivos, más a la mano. Esto no quiere decir que yo puedo manejarlos a mi antojo, pero sí que además de venir cuando ellos quieren, suelen venir cuando los llamo y entender el presente y hasta explicármelo.
Supongo que algo así le pasa a todo el mundo, que aquellos que han perdido a quienes fueron tan suyos como su índole misma, los evocan a diario con tal fuerza que los hacen volver a sentarse en la orilla de su cama, a seguirlos con la vista desde una fotografía, a pasarles la mano por la cabeza cuando creen que la vida es tan idiota que no merece el cansancio.
A veces mis muertos regresan para mezclarse con los vivos y los veo en la sonrisa de alguno, en la frente de otra, en la tenacidad con chispas que brilla en una de sus hijas, en la bravía necesidad de contar que tienen su nieta o su sobrina. En el silencio con que me observa su nieto. Entran a las reuniones de familia, a la memoria de los amigos, a las sobremesas. Les encantan las sobremesas. Nunca falta alguno. Quizás de ahí viene la certeza mexicana de que el día de los muertos hay que ponerles un altar con su comida predilecta y luego sentarse a comer en su honor.
–Déjalos irse a la luz—me dijo alguien una vez como si supiera de qué hablaba.
Por supuesto que no le hice ningún caso. Sólo eso me faltaba, que además de haberse ido de la sombra en que estábamos juntos, tenga yo que mandarlos a no sé qué luz y dejarme vivir sin su muerte cercana y su risa invocada cada vez que la necesito.
No queda más remedio que aceptar que están muertos, pero de ahí a tener que aceptar que desaparezcan de mis deseos y mis trifulcas, que no me ayuden a pensar, que puedan no escucharme cuando me quejo ni cuando canto, que no me hagan el milagro que necesito a algún anochecer, hay un abismo que no voy a permitirles cruzar. Aquí se están conmigo, que para eso tengo memoria hasta en la punta de los dedos y que aún cuando ya nada recuerde sabré andar entre ellos.
PS: Ya una vez dije todo esto, pero lo vuelvo a decir. Para que me oigan ellos.

7 comentarios

  1. Anabel   •  

    Excelente Angeles, amo su lectura. Sencilla, cotidiana y a la vez tan profunda e introspectivo.

  2. Enrique Heras   •  

    Siempre presente en mis lecturas,gracias.

  3. Josefa María Setién Aramburu   •  

    Mis amados muertos, Hay tres que siempre tengo presentes…………no solo no los olvido, sino que hablo de ellos con los que ahora están conmigo que no les han conocido, pero que conocen a través de mí.
    Se ríen si de mis problemas que para ellos son solo tonterías de este paso al que llamamos vida y que donde ellos están no tiene importancia alguna……………………………..mis queridos padres, Patricio y Verónica y mi hermano Joxejabier……………………………………..por siempre conmigo. ( Joxepaximur)

  4. Aida   •  

    Reciba una gran sonrisa, acompaño mi tarde.

  5. mcjaramillo   •  

    A mi madre yo la veo en mi hermana; a mi padre, en alguno de sus nietos.

  6. Silvana Cimini   •  

    Que tristeza la mia que no creo en eso. Le hablo a mi papá y de inmediato me digo:”ya no me escucha,ya no me va a solucionar nada”. Quiero abrazarlo en un sueño,pero no viene.

  7. Maga Muñoz   •  

    Excelente Angeles Mastretta, siempre excelente

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