El que no sabe a dónde va

Termino el día al principio del siguiente. Es la una y media. He grabado tres noticieros. Los fui viendo en hilera saltándome los anuncios. El de Carlos Puig es el mejor. Y el más divertido y el que mejor informa y ayuda a pensar.
Dejaré para mañana el recuento de cómo hace Virginia, mi alegre y eficaz terapista de la espalda, para tener agua con la que lavar y bañarse en una colonia en la que llevan días sin agua. Cómo hace mi terapista de la mano para entrenar con rumbo a un triatón en el que quiere ganarse el derecho a representar a México.
Luego haré un desarrollo como tema libre de mi comida y conversación con Lilia, mi amiga, una mujer vehemente que no les tengo presentada. De la buena noticia que trajo de Monterrey a la casa el señor de la casa. Y Aún me quedará un trocito que puede hacerse público de la conversación telefónica con mi hermana. Hemos hablado de los poblanos que se mudan a Morena. Hay cada personaje. Los conocemos de toda la vida. Y entre poblanos, como entre gitanos, no nos leemos la mano. Termina contándome lo que le dijo a uno de ellos: No hay buen rumbo para el que no sabe a dónde va.
Les debo eso y les dejo recomendado el Agnus Dei de Jenkins.