Los nuevos viejos, los jóvenes tardíos

Fui a comer con mis editores. Carmina, Gabriel y José. Me llevaron a un italiano muy elegante de esos a los que uno va con ellos que invitan, según dicen, para reciprocar mis tortillas de maíz con aceite de oliva. Un italiano en homenaje al apellido que junto con la nariz es lo que me queda de la patria de mi abuelo paterno, porque la lengua la he ido perdiendo. Leo perfecto, pero hablo como niña de dos años. Y de conjugaciones ni qué decir, casi todo en presente y a veces en copretérito que, como en español, también termina en aba.

Ya estoy otra vez de dispersa. Le tengo horror a mi mente colibrí. Estaba en el restorán italiano con los editores. Hablo de ellos con cariño. Decía un amigo escritor que es mejor no hablar con los editores. Si yo lo hubiera obedecido no tendría estos encuentros, ni las largas conversaciones sobre los libros, los otros escritores y nuestras promesas incumplidas. La verdad es que me hubiera perdido de algo bueno. Comí una arroz negro con bogavante. ¿Cómo ven la palabra? Pues así de bien sabía.

Punto: Catalina se fue en un avión a otro país. No digo más porque con esto digo todo. Saben quienes me saben que su risa ilumina la casa aunque viva en el barrio de junto.

Punto y seguido: Y el señor de la casa dará una conferencia en Monterrey.

Punto y aparte: Los únicos estables son Mateo y Greta que están atados a sus hijos y sus hijos van de la cuna a los brazos. No del sillón al avión.

Dos puntos: Está lloviendo. No digo ninguna novedad. Al valle le ha dado por inundarse todas las tardes. Llegué tiempo a ponerme bajo techo. “Qué bonito es ver llover y no mojarse”, no lo dijo Isabel en Macondo. Lo decimos nosotros, en la Ciudad de México, siempre que conseguimos llegar al umbral de la casa antes de que el cielo dé en caerse de la pena.

Punto y ¿final?: Héctor me cuenta que leyó en el “Economist” una texto, reflexión, crónica sobre los nuevo habitantes mayores de 65. Sobre los que no queremos ser viejos. No se nos ocurre jubilarnos. Dan como ejemplo a los Rolling Stones, dice que dicen. Y digo yo que como tantos de nosotros, que no pensamos en sentarnos a ver la tele como único destino, _aunque a ratos sea un buen destino_, que vivimos muchas veces como si todo estuviera por hacerse. Y esto último ya no sé si lo leyó en el “Economist” pero lo escribo por mi cuenta. Ya estuvo circulando por la red un texto así, sobre nosotros, los mayores de 65. Los viejos jóvenes. Ahora parecerá una novedad, pero algunos ya lo sabíamos desde hace tiempo. Que han empezado a hacer juguetes para nuestra edad, así como cuando se descubrió la infancia, a finales del siglo dieciocho, empezó a pensarse en qué hacer para los chicos, ahora hay quien piensa en nosotros. Me pregunto si será por eso que se han puesto tan de moda los chales como un adminículo que se luce, no como un tejido negro para cobijar huesos viejos.

Hay cosas que ya son distintas. Lo pastilleros, por ejemplo. Ahora son de colores. Y los anteojos para ver de cerca los hay de todos los colores: con rayas, con puntos, lilas y anaranjados. Yo uso pantalones de cuero y botas a la rodilla y nadie me ve mal. O esto creo. Eso sí, mientras me recupero de la mano y pienso que la necesitaré cuando vayamos a los rápidos en Quintana Roo y haya que salirse de la corriente, colgándose de una soga, para que no nos arrastre hasta Bacalar, me pongo frente al espejo: mírame bien, Mastretta, digo, no te caigas. Porque se acaba esto de la vieja joven.

Música para hoy: “Lo niego todo”. Joaquín Sabina.