Conseguir el valor

Queridos cómplices de mi desorden y mi desapego, amigos de este contar que he hecho tanto durante mi dispersa vida:
Escribo ahora, después de no sé cuánto tiempo, para disculparme por el silencio. Antier, en la calle, encontré a una criatura en sus veinte y algo, con la sonrisa de la incredulidad, que me detuvo para reprocharme la falta de visitas a este blog. Dijo que le gusta la desvergüenza con que hablo de lo que veo y siento. De las cosas pequeñas, de lo que ella no llamó así, pero yo sé bien que es la trivialidad del diario.
La verdad, lo saben muchos, nunca me había costado decir en qué ando, ni quitarles el tiempo a otros con mis aventuras domésticas, mi memoria, mi desmemoria, mi dolor, mi asombro, mis alegrías. Contar ha sido lo mío. A lo loco y sin reticencias: contar. Sin miedo y sin valor: contar.
Por eso ando apenada con este silencio. Sin embargo, sucede que una cosa es la ironía en torno al absurdo y otra de cara al espanto. Me estoy quedando inerme para encontrar las palabras, no sé cómo nombrar lo que nos cerca. No sé con qué derecho hablar de la nieve con yerbabuena que ayer nos dio mi desolada amiga de la infancia, ni cómo fue la conversación alrededor de a su mesa, sin decir que en el aire había una pena que todos nos callábamos, porque tenemos el miedo en los talones y la punzada del sufrimiento en los ojos de quienes se lo guardan para no molestar a los demás. Fuimos a visitar a nuestros amigos y jugamos para no acompañarlos a llorar.
Contábamos historias del pasado y chismes del presente, nos reíamos, y ahí estaba el absurdo que enriquece con su caos: lo mío; junto a la pesadumbre del horror que turba a una familia lastimada por la barbarie creciendo en este país nuestro.
No sé cómo acercarme, aquí, donde tanto se piensa con lucidez, a lo que no entiendo, no acepto, no puedo analizar con certidumbre. Yo no soy editorialista, ni sabría cómo serlo. Mucho menos puedo predecir el futuro o sugerir con precisión de qué modo debería ser el mundo nuestro.
Llevo meses escribiendo poquísimo, entregada al trajín y los entresijos de una vida ensimismada que tiende a buscar la serenidad, a pesar del espanto que nos rodea, mirando el mundo estupefacta y, al mismo tiempo, agradecida.
¿Cómo agradezco yo? ¿Con qué derecho cuento mis bendiciones en mitad de las mil maldiciones que caen sobre los otros? Mejor me callo, trato de sentirme útil y necesaria haciendo cosas nimias, privadas, pero posibles. Contar lo privado, ahora, ni alivia, ni mejora la vida de los otros. Y eso, me digo, es lo único que me parece imprescindible en estos días. Así pienso cuando me dejo tomar por un rato de sensatez. Largo en los últimos tiempos. Larguísimo si no escucho a esa niña, en la calle, mirando mi brazo en un cabestrillo, preguntando qué pasó, pidiendo que le cuente de mis nietos. ¿Mis nietos? Impensable. Son un secreto. Así tiene que ser en estos años. No es mía su vida, aunque sí sean la mía. Lo mismo que la de mis hijos y mis amores. Eso de lo que hasta hace muy poco hablaba con naturalidad y sin ningún temor, ya no me pertenece.
Nunca he puesto en duda el valor de quienes desafían al poder. Lo mismo que nunca puse en duda que hubiera gran valor en contar lo de uno como si fuera de todos. Porque la experiencia de lo humano se parece. Pero ahora, como se ha puesto la luz de nuestros días, va a resultar que también es de valientes hablar del afán cotidiano. Vamos a ver si lo consigo. Por lo pronto, diré que tengo hambre.