Emilio García Riera

Hace unos días cumplió años Emilio García Riera. Lo recordó Cristina, su mujer. Yo encontré este texto que aquí les dejo y con el que me gusta recordarlo.

Según recuerdo, diría Emilio: “con lujo de inexactitud”, él no quería llevarse el abrigo alemán de Pérez Gay a la universidad de Brown. Tantos años de ser mexicano, lo habían hecho olvidar el frío que puede hacer en otros lugares del mundo. Sin embargo, lo convencimos y lo llevó como quien lleva el play boy a una cita con Ingrid Bergman: por no dejar.
Ya estando ahí, una mañana oscura empezó a nevar, como en alguna de las peores escenas del Doctor Zhivago, cuando él y yo tuvimos a mal hacernos al ánimo de ir desde el edificio B, en que se desayunaba, hasta el edificio H en el que eran las conferencias debido a las cuales cruzábamos por aquella suerte de estepa universitaria.
–Qué bueno que trajiste el abrigo de Pérez Gay—dije cuando empezaron a pegarnos en la cara los copos de nieve.
–La puta que los parió—contestó Emilio.
–¡Se nos va a caer la nariz! ¡se nos van a congelar los pies, nos vamos a convertir en focas!—iba yo diciendo movida por mi equivocada certidumbre de que describir las situaciones las exorciza. –¡Nos vamos a morir!
–La puta que los parió—comentó Emilio.
–¿Vas a leer o vas a improvisar?—le pregunté.
–La puta que los parió.
–¿Estaremos muy lejos del edificio G?
–La puta que los parió—dijo.
–¿Será que nos regresamos?
–La puta que los parió.
–¿Cuánto faltará?
–La puta que los parió.
No se veía nada sino el abigarrado gris de la tormenta. Habíamos caminado veinte minutos que se nos habían hecho como diez horas, cuando por fin dimos con un edificio.
–Este debe ser—dije empujando la puerta para entrar a la calefacción. Emilio entró tras de mí meneando la cabeza con una furia sólo equiparable a la que le provocaban quienes comían en el cine, y en cuanto cruzó el umbral sonrió encontrando la paz. Estábamos por fin en el edificio de las conferencias que era, como muchos de los edificios universitarios, idéntico al edificio del cual habíamos salido.
–¿Las conferencias en torno a la obra de Carlos Fuentes?—pregunté fingiendo un inglés de película que no hubiera podido sostener dos frases más.
–Son en el edificio G—dijo la encargada de la recepción.
–La puta que los parió—dijo Emilio. Esta tiene la misma sonrisa de Doris Day envejecida que tenía la del otro edificio. ¡Esta es la misma del otro edificio! ¡Estamos en el mismo edificio! No puede ser, dimos vueltas en redondo: ¡La puta que los parió!
–¿A quienes pregunté?—para salir de la duda.
–A estos, a los inventores del cine.

Ya lo hemos dicho mil veces, pero nunca sobra repetirlo: ver vivir a Emilio García Riera fue siempre una alegría. Y como las alegrías, al contrario de la felicidad, llegan para quedarse, hablar de Emilio, recordarlo, sigue alegrando nuestro ir y venir por la vida.
¿Por qué nos sucede esto? ¿Por qué estamos reunidos en torno a Emilio cuando ya no está aquí convocando nuestro deseo de encontrarlo para dar con su inteligencia, su refinado sentido del humor, su gusto por la vida, su contagiosa devoción por el cine?
No es difícil dar con la respuesta: estamos aquí, porque además del ser humano excepcional que fue Emilio, además de lo que marcó nuestras vidas como amigo, García Riera fue, sigue siendo, el primer y el mejor crítico de cine que ha dado nuestro país.
Emilio sabía y supo enseñarnos que en el cine no sólo importa el hallazgo sino la pasión con que se busca, no sólo la mirada inteligente y crítica sino el afán con que nos acercamos a mirar.
Mil veces me parecieron mejores sus comentarios antes de las películas en televisión, su descifrarlas y juzgarlas, que las mismas películas. Y uno podía dormirse o apagar la tele después de oírlo contar lo que vendría, porque lo mejor, estaba clarísimo, ya había pasado.
Cuando Emilio empezó a ver cine con los ojos de un crítico, debió ser un excéntrico. Buena parte de su generación nunca reparó en quién dirigía una película, sin embargo, él, aún antes de imaginarse escribiendo sobre cine, llevaba a todas las funciones una libreta en la que escribía, metido en la oscuridad, los créditos que incluso ahora pocos leen.
Emilio sabía desde entonces, hace cincuenta años, lo que ahora parece evidente, que el cine es el resultado de un trabajo múltiple, que no obtiene su fuerza de una sola persona, que no depende sólo de los directores, menos aún sólo de quienes llevan su nombre en las carteleras, sino de mucha gente, tanta como cabe en la hilera de nombres que pasan frente a nuestros ojos al terminar la historia que nos cuenta una película. Porque ahora no es novedad, pero lo fue, las películas no acaban sino hasta que terminan los créditos, hasta que uno ha leído el sin número de apellidos italianos que trabajaron en “El padrino”, hasta que uno sabe que el papá de Coppola escribió la música y sabe que todos estos que están ahí sin rostro, que le prestan sus nombres al final de la cinta, le prestaron también durante mucho tiempo una parte esencial de sus vidas.
Quitando a algunos críticos empeñados en ir al cine para probar una vez tras otra cuánto les disgusta, todos: tanto los buenos críticos, como los buenos cinéfilos, van al cine en busca de un gozo. Van al cine en busca de lo que Emilio García Riera llamó el juego placentero, el juego que nos hace repetir con él, cada vez que una sala se oscurece y brinca entre nuestras costillas la expectación: no cabe duda: “el cine es mejor que la vida. El cine ahorra momentos muertos y hace énfasis en los más interesantes”.
Yo crecí en un mundo en el que la mejor recomendación de un película eran los actores, a los que ahí y entonces se les llamaba “artistas”. Luego importaba el argumento, pero, que yo me acuerde, nunca el director o el fotógrafo, menos aún la persona que hacía el elenco o escribía el guión. Y todo esto que ahora nuestros hijos ven con enorme naturalidad y reconocen con toda entereza: esto de que el cine es algo que tiene sustento en una mirada ilustrada, de que se puede y casi siempre se debe pasar por la universidad, la literatura y la historia para hacer buenas películas, simplemente no se hablaba.
Cuando yo terminé la preparatoria, si había que encontrar una carrera extravagante no había sino inventarse la vocación de comunicólogo. Sólo la ecología era más inesperada. La ecología y un crítico de cine como Emilio García Riera. Porque no abundaban los cinéfilos como él.
Yo pasé de creer que el cine era una diversión, en el estricto sentido una manera de suplir al circo, a oír a mis maestros y compañeros de la Facultad de Ciencias Políticas hablar del cine como si fuera una ciencia dura mezclada con el deber de la denuncia y la obligación del tedio. Así las cosas pasé de ir a la matineé ver Ben Hur porque ahí salía el horrendo Charles Heston a quien entonces se consideraba guapo, de ir el quince de septiembre a las cuatro de la tarde a medio matarse entre empujones para ver la última de Cantinflas, a someterme a un cine club en el que exhibían ¡Viva La muerte! dirigida por Arrabal y actuada por quién sabe quienes que sufrieron y me hicieron sufrir durante las tres horas que mi condiscípulo pasó diciéndome: “no te pongas así, que es película”.
En ese cambio estaba cuando di con el profesor García Riera escribiendo una columna de cine en el Excelsior de antes. El profesor García Riera, que nunca fue mi maestro en un salón de clases, lo fue a diario desde su columna sobre cine. A veces, los lunes en la mañana, cuando las desveladas y el desamor pegaban más fuerte, leer la columna de García Riera era abrirle la puerta a la voz de lo imprevisible como el mejor de los sustentos. Al profesor García Riera le gustaba Orson Welles, doce años antes de que yo empezara a leerlo ya se había preguntado en un texto publicado en “México en la Cultura” en 1960: “¿vale decir que para el auténtico aficionado al cine el estreno de una película de Orson Welles constituye un acontecimiento diez millones de veces más importante que el asesinato un actor?”.
Al crítico García Riera le gustaban los westerns. Según sé ahora, en 1958 empezó una columna cuya lucidez encanta, citando al crítico francés André Bazin que dice: “La conquista del oeste norteamericano es un conjunto de acontecimientos históricos que marcan el comienzo de un orden y de una civilización. Es posible que el cinematógrafo sea no sólo el único lenguaje capaz de expresar tal cosa, sino sobre todo de darle su verdadera dimensión estética. Sin él la conquista del Oste norteamericano no hubiera dejado más que una literatura menor”.
El profesor García Riera un día recomendaba “Ladrón de bicicletas”, otro “Los olvidados” y otro “Cantando bajo la lluvia”. No tenía más preferencia ni mejor sesgo que recomendar, sin petulancia pero con orgullo, lo que le había gustado. En una cáscara de nuez: le gustaba el cine, le parecía una fiesta: no un deber ni un juguete, sino un placer y un juego. Y eso contagiaba: el fervor y la vocación del cine por gusto. Incluso el cine mexicano, entonces tan en desprestigio, era tomado en cuenta por el profesor García Riera.
Yo recortaba sus columnas y en cuanto tenía dinero, no mucho porque el cine era muy barato, me iba tras sus recomendaciones en miércoles a las siete, en jueves a la una, en sábado a las diez de la noche. A veces con amigos, a veces sola, siempre con la voz y la ironía de García Riera como un instrumento y la mejor compañía.
De entre las muchas cosas que lamento de la enfermedad de Emilio García Riera, que no dejó de ver cine nunca, es que tuvo que conformarse con el cine por televisión, dejó de ir al cine y ya no le tocó disfrutar la dicha de las salas de ahora: limpias, bien sonorizadas y, entre semana, incluso medio vacías.
A veces, cuando entro con mis hijos en una de ellas y huelo el aire de feria que corre entre sus muros, no puedo dejar de sentir que incluso estos lugares, que Emilio casi no frecuentó, existen entre otras cosas asidos a su voz de profeta apasionado de un arte que él gozó como tal, cuando eran pocos los que así lo gozaban.
Si nuestros hijos tienen por el cine la reverencia que tienen, si acuden a él como a una ceremonia, si lo consideran parte esencial de sus vidas y ni se diga la más cercana forma de arte con la que les importa dar, es porque nosotros y nuestro país y ellos mismos supieron del cine como un arte por la crónica y la crítica de García Riera.
Emilio supo enseñar como nadie la historia de las alegrías que da el buen cine. El buen cine al que sólo se accede yendo un día tras otro a ver todo el cine que sea posible ver. Eso hacen mis hijos, que sin saber hasta dónde son sus alumnos, no sólo creen que el cine es mejor que la vida sino que, como están sus vidas, acabarán creyendo que la vida es un breve remedo del cine.
La revista “Tierra Adentro” dedica su número 126 a Emilio García Riera, al recuento de su obra y del cariño y las alegrías que dejó a su paso. Varios de sus mejores amigos, devotos y cómplices escriben en ella y nos entregan una visión de lo que fue la presencia de García Riera en sus vidas y en la de la cultura cinematográfica de México.
No hay un renglón desperdiciado. Cada texto tiene su precisa odisea. La entrevista con que se abre el número es muy buena, el ensayo de Emilio sobre Tin Tan es inteligentísimo y divertido. Me hizo recordar el día en que entré de oyente a una de sus clases. Habló de Tin Tan y mi recuerdo es que lo hizo con un elogio de sus cualidades que me pareció desafiante y rarísimo para el medio en que lo hacía. En 1998, Emilio escribió :“La mayor virtud de Germán Valdés Tin Tan fue su noble, limpia y total disposición al placer”.
Creo, que cualquiera de los textos que uno lea en esta revista, cualquier adhesión sin reticencias de las que hay en esta revista, tan bien editada por Cristina Martín Sarrat, podría empezar diciendo lo mismo, pero refiriéndose a Emilio. Está dentro de todos los textos, y por supuesto en lo que algunos cursis llamarían el “subtexto”. Todas las voces coinciden, todas cuentan uno o varios momentos de gozo en compañía de García Riera. Ni se diga lo que escribió Vicente Rojo, que es tan suave y veraz como el mismo Vicente o lo que escribió Diana Bracho, o Alicia y Ana García Bergua, o la propia Cristina Martín.
“Más te mereces” acostumbramos decir como al pasar cuando alguien nos agradece un elogio. Quizás Emilio, oyendo desde ninguna parte, como supondría su perfecto agnosticismo, estará agradecido con lo mucho y lo bueno que hay en esta revista, con la precisa edición del libro de crítica primera que también hoy celebramos.
“Más te mereces” habría que decirle.
Más te mereces porque mucho más nos has dado.

2 comentarios

  1. mcjaramillo   •  

    Lástima que García Riera no pueda leer este homenaje tan bien contado que le dedicas. Él te diría “Más te mereces”

  2. Beatriz.   •  

    Los westerns son mi género favorito.
    Si a alguien le gusta también, no deberá perderse.
    “The Claim”

    Qué bueno que regresaras,

    Besos,

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