Los condones y los mareados

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Yo nunca he hecho el amor usando un condón. Se diría que soy una irresponsable, pero la verdad es que me tocó ser muy joven y empezar con los amores, durante unos escasos, pero promisorios, años de seguridad sexual. Para mí el sexo no tenía más peligro que el de caer en la red de una enamoramiento indebido. Y por indebido quiero decir acarreador de catástrofes, tormentas y delirios del corazón. Todo eso que pueden provocar, por ejemplo, los hombres casados con alguien más, a los que uno quería mantener en su cama. (Obvio, pero no tanto: en la cama de uno). Un horror del que por fortuna estoy de regreso hace mucho tiempo. Total, todas estas derivaciones como de jazz para explicar mi primera frase. Yo entré al amor después de la píldora y antes del Sida.
En los ochentas, cuando irrumpieron los riesgos, ya todo parecía confiable en mis amores. Ahora, también. De ahí que el condón sea una de las muchas experiencia que no he tenido, pero una de las varias que me provocan curiosidad. ¿Cómo le hacen? Debe haber todo suerte de explicaciones en la red, pero no las he buscado. Quizás al rato. Sin duda lo saben mis hijos, pero he creído siempre que preguntarles el cómo del asunto puede resultarles incómodo. Por supuesto a Mateo. Y Cati, ahora que tengo la pregunta, no está, aunque la curiosidad me vino también a partir de que leí un cuento, en su blog, que es una maravilla. La jovencita de su historia oye a sus espaldas el sonido que hace su novio intentando abrir la bolsita de un condón, y a la memoria le llega el ruido que hacía el paquete de las galletas Oreo cuando en la infancia él trataba de abrirlas a la hora del lunch. Decía mi madre que no es bueno elogiar mucho a los hijos, pero ni modo. El texto es una maravilla. Y otra vez me fui al jazz.