Añorar en voz alta

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No es asunto de todos reconocer una pena en todas nuestras penas. Lo que para unos es trivial a otros les resulta entrañable y no hay mejor manera de echar a correr al prójimo que añorar en voz alta la huella de lo que hemos perdido.
Llegada cierta edad, a la que por cierto he llegado hace rato, uno empieza a estar hecho de lo que ha ido ganándole a la vida y de lo que ha ido perdiendo en el camino. Y tanto pesa uno como lo otro, y así como la suma de lo que tenemos está hecha con una mezcla de nimiedades y tesoros, la suma de las pérdidas también se trama con las mermas mayores y las de apariencia insignificante. Y se trama de tal modo que a veces nos estremece la evocación de cualquier nimiedad a cambio de las mil y dos noches que nos hemos prohibido llorar lo crucial. ¿En dónde están mis llaves? Para ya no decirme ¿dónde andará mi perro? El perro al que perdí una mañana en Chapultepec por andar de distraída. El perro al que tanto quise a la fecha me aprieta el corazón la memoria de su voluntad lúdica y la certeza de lo que pudo haber perdido por mi culpa.
No encuentro los anteojos. Será que buscándolos me distraigo de lo que ya no puedo ver. El paisaje que perdí cuando un edificio se cruzó en mi ventana, el horizonte que llegaba hasta los volcanes desde el jardín en casa de mi madre. No sé, pero como dice el sabio Arnoldo Kraus es bueno que no exista una medicina contra la nostalgia.