El papá de mi televisión

Cuanto yo tenía papá, aun no se inventaba el día del padre. Quizás, por eso, es que muchos días de entonces fueron suyos y muchos de lo de hoy vuelven a serlo. Ahora mi padre tendría 103 años. Murió hace cuarenta y cuatro. La eternidad empezó entonces también para nosotros, sus hijos. Éramos demasiado jóvenes para vivir por tal acantilado con resignación. Y los cinco nos enojamos con la Divina Providencia que había dejado serlo en cuanto nos desamparó. El primer descontento fue el mío, porque Sergio, que era el último de nosotros, todavía alcanzó a pasar cinco años en el noviciado de los jesuítas antes de abandonar también a su suerte a la divina providencia que, desde entonces se escribe con minúsculas. Mi hermana, con Carlos y Daniel, hicieron su camino con menos ruido, pero también sin regreso. Cada uno fue buscando su necesidad de cobijo en otra gente y otros dioses. La pobre de nuestra madre se quedó a solas con su fe agradecida y preocupada. Ella que, en silencio, empezó a ser también nuestro padre, nos dejó reverenciar a su marido sin encelarse jamás de semejante culto. Fue tal su generosidad que ni siquiera quiso protagonizar el liderazgo de semejante reverencia. Y no es que se hubiera resignado a la pérdida, sino que se ocupó en suplirla, para nosotros, como fue pudiendo. Ni un segundo pensó en volver a casarse. Tenía cuarenta y seis años y era preciosa. Pero no hubiera podido vivir con otro hombre porque su dosis de autosuficiencia y valor alcanzaba para todo, menos para cederlos cuando eran tan suyos como nosotros. ¿Desde dónde he llegado aquí? Sin duda empujada por el dios de la justicia, el que me lleva a decir que cuarenta años de su vida, fue mamá y papá sin mayor escándalo. Así que hoy celebro la vida de mis padres que dieron en morirse, como todos los padres, antes de tiempo, porque siempre algo nos faltó decirles, siempre la divina providencia se hizo tonta cuando la necesitamos. Al final, creo que hasta mi madre acabó desconfiando de su misericordia. El caso que andamos a nuestro aire, como tantos de los huérfanos a los que hoy abrazo como a mis hermanos.
Punto y seguido: A la largo de esta larga vida que se me hace tan corta, yo fui buscando padres sustitutos con acierto y pasión. Los querría enumerar, pero me faltan dedos de las manos. Quizás pueda decir que el primero fue Renato Leduc y el último Gabriel García Márquez. Ya todos se han ido muriendo. El único que sigue vivo es Mateo, mi hijo, sin duda el padre más exigente que he tenido, sobre todo cuando la divina providencia vuelve a probar mi desamparo y tengo que llamarlo de noche para pedirle instrucciones porque algo no funciona en el control de la tele.