Presa de sueños

Valsequillo

Escribí un libro que empieza cuando una mujer le abre la puerta a su tercer marido. La casa en que vive está a la orilla de un lago. Para mí un lago mítico. Alrededor jugamos toda la infancia. Es una presa y se llama Valsequillo. A tal grado está creada contra un valle seco. Cuando llueve tantísimo como este año, la presa derrama por la cortina y hace una cascada ruidosa que siempre parece un milagro, porque un milagro parece todo lo que sucede casi nunca. Así empieza el segundo párrafo de “Maridos”.

Sacaron el tablero de ajedrez. Abajo estaba el lago adormeciéndose.

Julia sonrió enseñando su hilera de pequeños dientes. Había pocos paisajes tan perfectos como la sonrisa de Julia con los montes detrás, los ojos de Julia mirando al agua con la punta de ironía que no perdieron nunca, la cabeza de Julia oyendo a toda hora la música de fondo de su propia invención.

—¿Dónde anduviste? —le preguntó.

Él buscó en su bolsa la moneda de veinte centavos que corría en México a mediados del siglo pasado. La traía siempre como si eso le asegurara que en cualquier momento podría encontrarse con Julia. La usaban para jugar el águila o sol conque dirimían el derecho a mover la primera pieza del tablero. La tiró al aire.

—¡Sol! —pidió Julia casi al mismo tiempo en que él atrapaba el círculo de cobre entre una mano y otra.

—¡Águila!— dijo él enseñando la cara de la moneda que tiene de un lado el escudo nacional, con su águila comiendo una serpiente y del otro una pirámide iluminada por un gorro frigio.

Se acomodó frente a ella.

—¿Y qué es de tu marido? —preguntó.

—Mi marido se fue con la mujer de otro marido —contó Julia.

—Por fin—dijo él.

—Ni creas que vas a meterte en mi cama.

—No me he salido nunca —dijo él.

Julia necesitó un aguardiente. El quiso otro.

—¿Hay chocolates? —preguntó.

—Eres el único hombre al que le gustan los chocolates.

—¿Por qué se fue tu marido?

—Por qué se van los maridos. ¿Por qué te fuiste tú?

—Yo aquí ando —contestó él.

—Ahora —dijo ella y pasó un ángel con su caudal de silencio.

Y así termina el libro por el que han pasado todas las historias que a Julia se le ocurrió contar mientras su tercer marido duerme una semana en la casa.

Anduvieron por la orilla del lago. Al volver Julia Corzas guardó el tablero de ajedrez.

—¿Y nuestra historia? —preguntó él que la miraba detenido en el umbral, esgrimiendo la sonrisa que solía darle al despedirse. ¿No vas a contar nuestra historia?

—En otro libro —contestó Julia.

La tarde también era naranja y se iba acabando sobre el agua y los cerros.

Punro y aparte: Hoy en la mañana mi hermana fue hasta allá para ver el milagro. Aquí les dejó las fotos que me envió desde su teléfono. Habló tanto del lago, que tal vez no debería enseñárselos. Siempre es mejor lo que imaginamos.

Un día voy a escribir el libro que Julia promete. Un día. Un libro. Ojalá. Entre más leo, menos escribo.

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