La bella Ludovica

Queridos: Sé que habrá entre ustedes quienes hayan leído esta historia, pero habrá quienes no, por eso la dejo aquí ahora. Aunque yo la escribí, puedo decir que es buena. Verán ustedes. Ojalá y me quieran acompañar.

Parlami d´amore Mariú
En mayo del año dos mil diez, al volver de un inolvidable viaje a Italia, empecé la remembranza de una tarde crucial, queriendo contarla como si fuera de alguien más.
Escribí entonces:
Llovía. Algo hay en la lluvia que enfatiza las emociones pero, esa tarde, detenidas bajo el umbral de un hotel en la Vía Manzoni, las tres mujeres se despidieron con la certeza de que podían quererse como si compartieran la misma sangre. Y no era por la lluvia lo que sentían.
Aunque llovía.
¿En tercera persona? ¿Vas a contar esto en tercera persona? Y ¿qué harás contigo? ¿Matizar la tormenta sólo porque la lluvia era delgada?
Nos despedimos de Ludovica tras sólo dos días de mirarla y como si la vida entera lleváramos sabiéndola. Eso no puede contarse en tercera persona. No sé si en primera. El yo, como no lo diga un personaje inventado, siempre es difícil. Sin embargo escribiré: yo creo que es generosa la vida cuando envía lo inaudito haciéndolo parecer natural.
El año en que se publicó en Italia el libro Mujeres de ojos grandes, llegó a la editorial una carta para mí. La reenviaron a México. Aquí la abrí para encontrarme con los trazos bien dibujados de una letra femenina y antigua. Su dueña firmaba María Ludovica Riva Angelini y en los primero párrafos me contaba que mi padre había sido su primer, primerísimo amor. Estaban en medio de la guerra. “Yo era alta, bonita, pelo negro, ojos azules. Tu padre me hacía reír y nos entretenía la preocupación mientras estábamos escondidos en los refugios antiaéreos”.
Luego me decía que ella era feliz, que se había casado con un médico, que tenía tres hijos y que le gustaría mucho conocerme. Daba como dirección la casa de su hija y ahí le escribí. No le dije que mi papá no había hablado nunca ni de ella ni de nada de lo que vivió en Italia durante la guerra. Atesoré la carta un tiempo, la cité en un libro y luego la perdí. Como se pierde un tiempo cuando el otro avasalla.
Pasaron dieciocho años y, en junio del dos mil nueve, en una reunión de escritores, a la que me acompañó Catalina con sus ojos y su luz, al volver de las grutas de Altamira, la tarde antes del día marcado para que yo me hiciera cargo de la escena y hablara de mi vida secreta en la Fundación Santillana, aparecieron a entrevistarme dos periodistas italianas. Inteligentes, vitales, preguntonas. ¡Cómo querían saber cosas y cuántas les conté! “¿Qué libro quiere escribir ahora?”, yo les dije que uno sobre mis padres y ellas corrieron tras mis historias con más y más interrogaciones: ¿De qué lugar había salido mi abuelo el emigrante? ¿En qué fechas? ¿Por qué mandó a mi padre a Italia? ¿Qué hizo él ahí?
Cuantas cosas me interesaron un tiempo, y otro acepté que no sabría nunca, me fueron preguntando durante horas. Les contesté lo que sabía y lo que imaginé hasta que llegamos a la carta de Ludovica y a mi duda de que aún siguiera viva. Entonces las tres nos pusimos a llorar sin saber bien a bien por qué. Luego nos abrazamos y cada una se fue a escribir lo que pudo. Una de ellas, generosa y ferviente, Elisabeta Rosaspina, escribió para Il corriere de la sera un texto contando esa tarde. Al volver a México, quince días después, había reaparecido Ludovica. Su carta comenzaba abruptamente, sin tropezarse en los saludos. “Sí querida, queridísima Angeles, esa señora está viva. Tengo ochenta y seis años, mis piernas son lentas, pero mi cerebro corre con los vívidos recuerdos de una vida intensa. Elisabetta Rosaspina, en su artículo, ha creado un poco de confusión.”
Pobre Elisabetta, pensé, quien la confundió fui yo. Seguí leyendo: “Carlos tenía los ojos muy oscuros, profundos y soñadores. Yo el pelo negro, los ojos azules y la exuberancia de la juventud. Él era once años mayor, nos reíamos. Tu papá, en los años de la guerra, no estaba angustiado, estaba un poco triste y preocupado, como todos nosotros, con los asuntos bélicos. Y tenía nostalgia de México. De seguro habrás recibido el “Corriere della Sera” del 28 de julio 2009. Una página entera habla de ti”. Luego me contaba que pasaría las vacaciones con sus hijos en el Valle de Fienno y que volvería a Milán en septiembre por si quería yo escribirle. “Te tengo en el corazón”, decía al final.
¿Cómo no ir a buscarla? Sin dudar, al principio de mayo pasado, mi hermana y yo fuimos a Milán tras lo que imaginamos de ella. Y como si tal cosa fuera posible, la mujer que abrió la puerta de una casa iluminada por el sol llegando desde el parque, frente a las ventanas, resultó idéntica a su letra, sus palabras y nuestra imaginación.
Ochenta y siete años. ¿Pelo negro? Nadie tiene el pelo negro a esa edad, ya lo sabíamos. Pero Ludovica lo lleva pintado de un color tenue y lo peina con tal gracia que los aretes de perlas hacían juego con él dándole a su cabeza un aire joven.
¿Piernas débiles? Sí. Caminaba despacio, pero con los pies en unos zapatos elegantes y la espalda erguida dentro de un saco azul pálido. ¿El cerebro? Como si lo empujara la exuberancia de la juventud. Todos los recuerdos en orden, pero ninguno inhibiendo su vocación por el presente. La estancia tenía sobre la mesa una colección de cajitas y un florero con tulipanes amarillos. En las paredes: una mezcla armoniosa de óleos antiguos y pintura contemporánea. Ojos azules, Y tenues. Con esa mirada nos abrazó y le dijo a la muchacha ecuatoriana que trabaja en su casa: “Tienen los ojos del padre”.
La mesa estaba puesta para el té. Nos lo sirvió en unas tazas de porcelana blanca y delgadísima, quietas sobre un mantel bordado por su abuela. Así es la ingrata sobrevivencia de las cosas. Su abuela murió hace más de sesenta años, y el mantel está nuevo y almidonado como el primer día. Sobre su textura los platos con galletas y castañas doradas en azúcar. Todo como si ella quisiera mostrarle eso a alguien más. ¿A su novio el que fue? El marido murió hace dos años. Paula, su segunda hija, una mujer como de cincuenta y tantos, bebió el té con nosotros, divertida de ver a su madre evocando el pasado. Cambiamos nuestras direcciones de correo, nos recomendó un restorán para la cena, nos dio unos besos y volvió a su trabajo cuando Ludovica sacó el álbum con las fotos de su boda, sus padres, sus hermanos, sus hijos siendo niños, mi papá. Tenía para cada una de nosotras un sobre con la foto del “nostro babo” una carta que él le mandó desde Roma y una foto de ella cuando era joven, -dijo-, hace veinticinco años. Dos más que yo ahora.
“Come tus castañas. ¿No te gustan?”
Mi hermana responde por mí y yo por ella. Nunca habíamos mezclado té con castañas y la mezcla es una delicia. A México las castañas con azúcar llegaban sólo en Navidad. Y entonces los niños andábamos en otras cosas. También los adolescentes anduvimos en otras cosas, por eso no preguntamos el pasado. Pero no estábamos ahí para pensar en nuestra infancia, sino en la Italia de otros tiempos.
Era niña esta vieja cuando conoció mi padre. Iba subiendo la escalera que él bajaba. Iba cargando los libros y al verlo se le rodaron por los escalones. Todos. Ella los miró caer, levantó los ojos y sintió el rubor quemándole las mejillas. Una vergüenza que sólo puede tomarrnos a los diecisiete años. Él tenía veintiocho. Y silbaba. Siempre silbaba en la escalera. Ludovica lo dice y sonríe. Se burla un poco de la ella que fue. Tan joven, tan perdida en los ojos oscuros de su nuevo vecino.
“¿Y la guerra?”, pregunto. “Nuestro papá nunca habló de la guerra.”
“Un tiempo estuvo aquí en Milán, dice Ludovica,“ pero luego se lo llevaron a Roma. Y nosotros nos fuimos a Stradella, al pueblo de unos tíos suyos, amigos de mis padres, porque el campo era menos peligroso. Carlos volvía cuando le daban un descanso.”
“¿Había descansos en la guerra?”, me pregunto pero no le pregunto porque ella no deja mucho tiempo para preguntas. Dice que mi papá no estaba propiamente en la guerra, que nunca disparó una pistola.
“¿Qué ocurrencias? Él trabajaba en una oficina”.
¡“¿Y ahí qué hacía?!”.
“No lo sé, cara, era secreto”, dice. “Los asuntos bélicos lo preocupaban. Lui era un po tragicoso ¿vero?”
“Vero”, decimos las dos. No añadimos que nos enseñó a reír como no lo hizo nadie. Porque había en su sentido del humor un conocer el mundo que no tenía ninguno más en nuestro mundo. Y una melancolía. Volvió del desencanto en el que nunca entró su joven novia italiana. Menos aún, lo entendió nuestra familia.
“¿La guerra?”, dice Ludovica tras nuestra pregunta. “Yo era joven. Y nos fuimos a estar cerca del Po. Ahí regresaba Carlo cuando le daban tiempo libre.”
¿Tiempo libre en la guerra? No vamos a entender jamás.
Mi papá nunca habló de la guerra. Ni nosotros le preguntamos. Sólo una vez, al terminar un programa de televisión que sucedió en Italia le preguntamos: “Papá, ¿quién ganó en la guerra?”
“Todos perdimos”, dijo.
Anochecía cuando nos despedimos de Ludovica. Ella empezaba a cansarse. La muchacha ecuatoriana, linda niña de ojos negros, fluido italiano y facciones finas, se había ido hacía rato. Tiene treinta años y lleva diez en Italia. Nueve trabajando con Ludovica. Y la quiere mucho, con razón. En su lugar llegó una contundente mujer rusa. Tanya. Duerme con Ludovica, porque sus hijos ya no quieren que se quede sola. Debe tener cuarenta y pocos. Dejó dos hijos en su país. Trabaja en Italia para mandarles dinero a ellos y a sus papás. Suelta una risa larga.
“¿Así que éstas son las hijas del novio?”, pregunta.
“Sí, sono queste”, le dice Ludovica. “Acompáñalas porque es tarde. Que no tropiecen en la escalera, diles en dónde fijarse”.
Al día siguiente, salimos a comer por su rumbo. Un barrio con parques y vida familiar de la que no se ve en el centro. Nos llevó a un restorán sin turistas. Salvo nosotras que, en Italia, lo sabemos, por más sangre de antepasados, somos extranjeras. Nos sentamos en un cuarto de cristal con vista a una baranda y una vid. Todo era luz y verde aunque en la calle todavía hiciera frío. Al entrar Ludovica le anunció al dueño del restorán que yo era la escritora con prestigio internacional que honraría su mesa. Vi en el gesto del hombre el desinterés que ahora tienen los italianos del norte por casi todo lo que no sea la moda en lilas que ha tomado sus aparadores. Qué iba él a saber de mí, y qué podía yo inventar para que Ludovica no se desencantara por mi precaria fama. No era ése un lugar para flojos, la gente comía y conversaba de prisa. En un minuto nos instalaron, nos dieron la carta y nos tomaron la orden. Nosotros pasta y ella arroz, porque así lo dispuso. En cuanto pude me levanté dizque para buscar un lavabo, pero lo que hice fue ir tras el dueño de Il Navigli. “Por favor, dígale usted a la señora que ha leído uno de mis libros.” “Senza doppio”, contestó. Al rato fue a la mesa y aseguró saberlo todo de mi estirpe. Lo bendije en nombre de mi padre, mi narcisismo y la dama que ese mañana vestía de blanco, usaba unos anteojos oscuros que le cubrían media cara, tenía en la solapa una flor y, aunque estaba acalorada, no quería quitarse el saco para que no se le vieran los brazos envejecidos. “Están muy feos“, dijo. “¿Qué vino quieren? ¿Aperitivo? Eso no es vino. ¿Después? ¿Su papá no tomaba vino en las comidas? ¿No las enseñó?”
¿Nuestro papá? Claro que no. Cuando volvió de Italia nuestro padre cayó en la inocencia del agua de jamaica. Y en la inocencia toda de esa familia nuestra. Creo que alguna vez compró un Chianti. Los vinos eran caros y la quincena breve. Lo demás fue silencio. A la vida diaria sólo llegó el buen vino cuando llegaron nuestros cónyuges. Y para entonces nuestro papá llevaba diez años perdido en la negrura de su tumba en el panteón francés. Y eso ¿para qué recordarlo? De la muerte ni hablar. ¿O no habría más remedio?
“¿Así que él no se dio cuenta?”, preguntó Ludovica cuando tuvo que oír la historia de la embolia cerebral que mató a su Carlo y devastó nuestra confianza en las jaculatorias.
“Sí se dio cuenta. Quizás para bien. Estaba ya cansado de lidiarnos”.
“No creo. ¿Trabajaba mucho?”
”Sí.”
“¿Qué hacía?”
“Vendía coches”.
“Ah, los coches siempre le gustaron. Aquí escribía todos los días en una revista de autos. No le pagaban, pero no le importaba”.
“En eso fue idéntico hasta el final”, decimos nosotros.
“Debo tornare al Messico”, dice que dijo Carlos al terminar la guerra: “Voy y después…”
“¿Dopo? Dopo ¿ché?” dice ella que le dijo. Y lo cuenta poniendo juntos los cinco dedos de la mano derecha con la que se ayuda a rematar su frase.
Cuando habla mueve los ojos como una adolescente acusando a su novio del momento. Y ríe.
“Después ¿qué? ¿Doppo ché?” decimos nosotros poniendo cada una los cinco dedos juntos y moviendo la mano como si también eso lo hubiéramos aprendido en algún lugar cercano.
Era niña esta juguetona y drástica vieja, cuando lo conoció. Y nosotros quisimos conocer a la mujer que lo evocaba así. Con los ojos soñadores.
Tomamos el capuchino en el hotel Milán, donde Verdi vivió sus últimos años. Cerca de la Scala. Junto al café nos dejaron chocolates. Hablamos del verano. Ella irá a las montañas. ¿Por qué no vamos también? Sí claro, cosa de tomar un avión, luego otro y otro. Al cabo no hay ya más que futuro en nuestras vidas. ¿Del pasado?: un río en vez de un abismo. La miramos como si ella misma fuera el río. El principio de un río al que había que decirle adiós. Nos levantamos.
“Llévate un chocolate”, le dijo a Verónica. Mi hermana tomó dos.
“Mejor tres” dijo ella guiñando un ojo. “Siempre es mejor tres”.
Salimos por el coche. No mojaba esa lluvia diminuta. No estaba ahí la humedad con que la besamos al despedirnos:
“Nos vemos mañana”, dijo ella.
“Hasta mañana, Mariú”.
En dos días, María Ludovica Riva se volvió Mariú, y nuestra curiosidad por el pasado se hizo añicos rescatada por su presente.
Fuimos a Milán movidas por el deseo de saber una historia, tras la niebla que dejó nuestro padre, buscando la palabra de una mujer que prometía en dos párrafos la memoria vívida del tiempo en que nosotros no éramos ni el deseo de nuestra existencia. Fuimos a Milán como si pudiera ser cierto que la imaginación necesita sostén. Como si yo quisiera creerme la mentira de que me urgía saber una verdad para contar otra. ¿Un viento desde el que asir la nada de la que nunca oímos hablar? ¿Para qué? ¿Para escribir una novela? Si uno inventa para indagar, no al revés.
De eso, si alguna duda tuve la perdí en dos tardes de tratar a la dama cuya letra convocaba a visitar el pasado, pero cuya voz era puro presente. Por eso, tras sólo dos ratos de mirarla, mi hermana y yo nos encontramos abrazándola con la urgencia de prolongar el futuro. Porque todo en ella es el ávido deseo de andar viva. “Ci vediamo domani”, (nos vemos mañana)” dijo con su voz ronca, poniendo en nuestras manos, -como nunca en Italia-, la contundencia del ahora. ¿Qué nos importaba lo que les pasó en la guerra si aquella mujer de oro no quería recordarlo? Si la memoria de esos años no guarda más dolor que el de ya no ser joven.
“Vengan pronto- dijo. Y subió al automóvil. Desde ahí movió la mano de un lado a otro mientras mi hermana y yo nos quedábamos ahí, bajo la brizna de lluvia, -¿o no llovía?- sintiendo que algo irrepetible se nos iba otra vez.

La memoria altanera y renuente

Me disculpo con ustedes. Ya lo sé, llevo semanas de ausencia. Pero como empieza el año volveré a hacer la promesa que tantas veces rompo. He de escribir el día a día. Volver al intento de recontar las cosas que miro y oigo. Como tengo la memoria cada vez más altanera y rejega, temo olvidar cosas que ahora me alegran o conmueven y no poder contárselas con cierta mansedumbre y veracidad a mis hijos o a cualquiera de sus amables descendientes. Nunca falta un curioso en la familia y por ese curioso,con gran posibilidad curiosa, valdrá la pena el gusto de recordar. Cada vez se me olvidan más las cosas cercanas y los nombres de personas de renombre, sin embargo recuerdo con la precisión de Funes la tarde remota en que Héctor y yo llevamos a Rosario por primera vez al cine.
Son extraños los recuerdos. Llovía. Tengo claro que a pesar de haber corrido nos mojamos, pero recuerdo esa carrera como algo parecido a la felicidad primordial.
Vale la vida contar la vida. No todo acabará siendo memorable, pero uno no sabe qué querrá recordar con el tiempo. Así que he de conformarme con registrar las cosas que ahora me parezcan dignas de memoria. Ya me haré cargo si alguna vez me aburro en la vejez, esa promesa dorada que no quiero perderme, de pepenar lo que entonces sea importante. La verdad es que no quisiera olvidarme la luz de algunas tardes, la paz de otras, el cansancio de unas noches, la fiereza de algunos amaneceres.
Que tengamos un año mucho menos malo de lo que nos imaginamos.

Poesía para hoY: “El poeta es un fingidor./Finge tan completamente/que llega a fingir que es dolor/el dolor que en verdad siente.”
Musica para hoy: Esta boca es mía. Joaquín Sabina.

Palabras de Patricia

Aquí les dejo esta entrevista con Patricia Mercado. Me encanta la cabeza de esta mujer.
.Jan Martínez Ahrens

Patricia Mercado: “El machismo todavía es un obstáculo para ser presidenta en México”

El País

Patricia Mercado (Ciudad Obregón, 1957) es la guardiana del laberinto. Desde la Secretaría de Gobierno de la Ciudad de México controla el latido diario de la megalópolis. Un torrente imparable de manifestaciones, bloqueos y presos que ella reconduce con diálogo y proximidad. Bien valorada hasta por sus oponentes, hay quienes ven en esta socialdemócrata y feminista la sucesora del jefe del Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera. Ella se desmarca.

Pregunta. Fue candidata a la presidencia de la República en 2006 por el Partido Alternativa Socialdemócrata. ¿Guarda buena memoria?

Respuesta. Como candidata mujer me pasó lo mejor y lo peor.

P. ¿Y qué fue lo mejor y lo peor?

R. Lo mejor fue que las mujeres empezábamos a ser un liderazgo de recambio. Lo peor fue la resistencia.

P. ¿Y repetiría?

R. Me encantaría, pero el contexto es distinto. En aquel momento era una candidatura que tenía como objetivo poner una agenda sobre la mesa. Ahora, esa agenda ya está enraizada en muchos proyectos y no tengo partido. Y en la izquierda con la que simpatizo, la más socialdemócrata, Miguel Ángel Mancera es el candidato.

P. Mancera ha anunciado su intención de competir por la presidencia en 2018. ¿Le sustituiría en la Ciudad de México?

R. No necesariamente. El jefe de Gobierno hace una propuesta y decide la Asamblea.

P. ¿Pero aceptaría si le postulara?

R. Yo le diría que quiero ser parte del equipo que aspire a la presidencia y que, por tanto, no me puedo quedar de jefa de Gobierno. Mientras esté aquí no juego, soy secretaria de Gobierno y eso significa construir acuerdos en esta diversidad tan grande.

P. ¿Eso es rechazar la jefatura de Gobierno?

R. Lo que a mí me gustaría es participar con él en su aspiración.

P. ¿Se refiere a un escaño?

R. Sí, a alguna posición desde la que podamos contribuir.

P. ¿Cómo se lleva con el PRD, el partido que apoya a Mancera?

R. Bien, el PRD y el Movimiento Ciudadano forman la izquierda más socialdemócrata.

P. ¿Se afiliaría al PRD?

R. No, afiliación no.

P. ¿Por qué?

R. Porque ya tiene su dinámica muy hecha. Sería como llegar y meter más problemas donde ya tienen suficientes. Lo tienen que resolver ellos. Yo estoy muy cómoda como ciudadana sin partido.

P. ¿Y con Morena?

R. Tenemos excelente relación, hemos hecho piso parejo para afrontar los problemas.

P. ¿Por qué Morena le gana terreno al PRD en las encuestas?

R. Ya son 17 años de Gobierno del PRD. De alguna manera hay gente que está viendo agotada la propuesta del PRD y busca en Morena una alternativa de izquierda. Pero lo importante es que en la Ciudad de México entre el 60% y el 70% vota por la izquierda. Ambos se están peleando ahora, pero igual pueden aliarse mañana.

P. ¿Vería bien una alianza?

R. Por supuesto, una alianza de las izquierdas, comprometida con la vida cotidiana de la gente, como la que lidera Mancera.

P. ¿Y para la presidencia del Gobierno?

R. Igual, un polo de izquierda con perspectiva ciudadana puede atemperar las diferencias. Lo importante es que entre todas las izquierdas se gana fácilmente la presidencia de la República. Hay una ciudadanía que ya probó el PRI y el PAN y que está latiendo por la izquierda.

P. ¿Qué dificultades ha tenido en política como mujer?

R. No nos tratan como iguales. Todavía es un espacio muy masculino, donde los hombres se encuentran muy a gusto.

P. ¿No cree que en las presidenciales el machismo puede afectar a una candidata?

R. Sin duda, el machismo todavía es un obstáculo para ser presidenta. Pero frente a la desilusión tan grande de la gente, el electorado también puede ver en una mujer la posibilidad de un gobierno más cercano, más cotidiano, más presente en el día a día.

P. ¿Mejor entonces Margarita Zavala que Andrés Manuel López Obrador?

R. No, mejor Miguel Ángel Mancera.

P. ¿Y están tomando en su Gobierno medidas contra el machismo y la violencia de género?

R. Aquí tenemos una larga historia: unidades de atención, refugios, fiscalía especializada, transportes específicos…

P. No ha mencionado el silbato.

R. Por supuesto, también el silbato, que a las mujeres, según nos reportan, las hace sentirse más seguras.

P. Pues hubo muchas críticas. ¿Volvería a repartir silbatos?

R. Claro que sí. Es una medida entre muchas. Forma un escudo para ti y para quienes te acompañan, pero además hay un escudo de fuerzas de seguridad, de servicios sociales, de campañas de comunicación…

P. ¿Y se ha llegado a usar el silbato?

R. No se han reportado casos, pero hemos repartido 200.000.

P. ¿Está a favor de legalizar las drogas?

R. Sí, empezaría por la marihuana, sin duda. Nos va a despresurizar. Hay que verlo como un problema de salud, en lugar de andar persiguiendo plantíos.

P. ¿Estaría de acuerdo con la dispensación médica de la heroína?

R. Puede ser, pero insisto el asunto de las drogas debe ser tratado como un problema de salud, más que de inseguridad.

P. ¿Es segura la Ciudad de México?

R. En general sí, pero sin frivolizar. Tenemos problemas de inseguridad, la gente los sufre. Hay muchos pequeños grupos que generan delitos que molestan en la vida cotidiana: el robo al transeúnte, al pequeño negocio…

P. Un estudio señala que la Ciudad de México sufre la mayor tasa de homicidios desde 1999.

R. Depende de cómo se mida. Si se toma como referencia toda la zona metropolitana, sí, porque absorbe 20 millones de personas; pero si se calcula sólo la ciudad, son ocho millones, y el resultado es mejor que el año pasado.

P. Pero hay puntos negros, como la delegación Cuauhtémoc, ¿no?

R. A ver, la inseguridad corresponde más a determinadas zonas de Gustavo A. Madero e Iztapalapa, que a la propia Cuauhtémoc, aunque Tepito es un foco rojo. En Condesa y la Roma lo que hay es una ciudadanía con mucho micrófono. Además, han proliferado los establecimientos de alto impacto, los bares que abren tarde y sirven alcohol, pero los estamos visitando y verificando.

P. ¿Sigue viajando en metro?

R. Sí, y camino, me bajo del carro y camino.

P. Esta es una ciudad que vive en manifestación permanente.

R. Son 10, 15, 20 protestas al día…

P. ¿Y eso tiene solución?

R. La protesta no puede volverse derecho al bloqueo. La tarea del Gobierno es buscar el diálogo y la solución. Nunca llamamos a la fuerza pública si no están los funcionarios que pueden resolver el problema y que ha pedido la gente.

P. ¿Se imagina la ciudad de México sin bloqueos, sin manifestaciones?

R. Trabajamos para ello: ampliamos banquetas, creamos ciclopistas, generamos polos integrales para evitar el desplazamiento. Pero si la gente se sigue yendo al Estado de México a vivir no habrá forma de resolver la saturación de la movilidad.

P. ¿Entonces?

R. Apostamos por invertir la pirámide: peatón, bicicleta, transporte público y, por último, el automóvil. Si no dejamos el automóvil, no vamos a poder seguir.

“QUEREMOS RECONOCER EL TRABAJO SEXUAL, REGLAMENTARLO Y SEPARARLO DE LA EXPLOTACIÓN”

P. La Ciudad de México va a legalizar la prostitución. ¿No supone eso aceptar una forma de explotación?

R. No. El Gobierno de la Ciudad va a legislar a partir de una resolución judicial que reconoce a las trabajadoras sexuales derechos laborales como no asalariados. Personas que venden su servicio, con autorización y en un lugar donde no hay problema vecinal.

P. ¿Y no teme que trabajadoras sexuales de todo el país acudan en masa a la Ciudad de México porque aquí se les reconoce su trabajo?

R. No, porque se requiere de una autorización y de un espacio, que no es la calle.

P. Pero puede haber un efecto de atracción. En Alemania ha ocurrido.

R. Hay una discusión. En el Gobierno queremos reconocer el trabajo sexual, reglamentarlo y separarlo de la explotación y trata.

P. Para mucha gente la medida supone atentar contra la dignidad de las mujeres.

R. Cada quien decide a qué quiere dedicar su vida y su fuerza laboral Y hay quienes optan por el trabajo sexual, y eso hay que regularlo al tiempo que se combate la trata y explotación.

.Martha Anaya

Megalópolis

Palabra horrible. Inventada para nombrar lo que al tiempo ilumina y espanta. No nací en la Ciudad de México, en esta paradoja bien amada que tanto maldecimos. Pero aquí vivo, a la mitad de un caos que al tiempo abruma y acoge la temeridad de seres extraordinarios. Aquí nacieron mis hijos. Aquí encontré a su padre, aquí converso y me cobijan mis amigos.
Esta ciudad puede ser hostil. A veces la odiamos, nos lastima su ruido, el tiempo que se dobla entre sus calles. Pero otras le agradecemos la generosidad con que rescató nuestro albedrío necesitando el horizonte. Y nos alivian los que aquí sobreviven. Megalópolis: qué manera más rara de convocar, al unísono, el abismo y la libertad.

Punto y seguido: Juan Cruz, mi primer editor en España, mi amigo de toda la vida, me pidió un texto con este palabra para un suplemento que hará El País pensando en los treinta años de la FIL. Aquí se los dejo, por anticipado.

Punto y aparte: Mañana nos vamos a Guadalajara para estar en el la FIL todo el fin de semana. Un rato para ver a los amigos de los dos lados. Los lectores y los otro escritores. Espero que sirva mi Ipad para irles contando. Si no, algo les diré por twitter desde el teléfono.