La mejor compañía

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Alguna vez pensé que yo había crecido en un mundo sordo, habituado a la paz y al tedio. Ahora sé que ese mundo era más complicado que mis ojos y me alegra que la vida sea más difícil y más generosa de lo que creí.
Nací en Puebla, una ciudad azul, dos mil metros arriba del nivel del mar, bajo la luz y el enigma de dos volcanes. Ahí crecí y aún ambiciono el sonido de su nombre como el del territorio donde cupo una infancia febril y una adolescencia consternada, como el del mundo en donde viven mis hermanos, donde encuentro a mi larga familia y mis primeros amigos, donde aún busco y añoro a mis muertos.

Un piano para Rosario

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Un día de 1993, fui con Rosario y su papá a comprar un piano para nuestra casa. Era la cuarta vez que visitaba la tienda de venta, renta y consignación de pianos suspendida en medio del ruido atroz que hace el eje vial donde antes estuvo la Avenida Tacubaya.
Era una especie de gran vitrina, un cuarto encristalado en el que los pianos de cola se codeaban presumiendo su alcurnia y enseñando sus teclados a la escéptica banqueta por la que sólo cruzaban los sonoros arpegios de uno que otro albur.
Entonces Rosario era tímida y febril como una heroína del romanticismo. Ese día, en la tienda, tocó, en el piano de más noble estirpe, el primer movimiento de una dificilísima sonata de Bach. A la ella de entonces me la he guardado así, entera, con todo y su música, su melenita despeinada y su gesto afligido. De repente se detuvo, quitó las manos de las teclas y nos miró: faltaban dos semanas para su examen de ingreso a la Escuela Nacional de Música.
En el salón de atrás de la tienda, amontonados como trebejos en la penumbra, vimos varios pianos verticales, algunos de abolengo. Estaban como durmiendo, aburridos de mirarse y ser vistos igual que si sólo fueran muebles, como si no trajeron dentro los sueños y el delirio de quienes hicieron música con ellos.
Ahí nos encontramos al Zeitter Winkelmann del año 1912. El año en que nació Ionesco, el año en que Picasso pintó “El violín”, el año en que Ravel terminó Dafnis y Cloe, el año en que se hundió el Titanic, el único año completo que gobernó México Francisco I. Madero. El año en que nació mi padre y se terminó de construir la primera versión de la casa en que aún vivimos.

Cualquier año es bueno para nacer, todos acarrean prodigios y desventuras. El papá de Rosario compró el piano para nuestra casa, y yo lo bendije. ¿Quién me iba a decir a mí que alguna vez tendríamos un piano?

Añorar en voz alta

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No es asunto de todos reconocer una pena en todas nuestras penas. Lo que para unos es trivial a otros les resulta entrañable y no hay mejor manera de echar a correr al prójimo que añorar en voz alta la huella de lo que hemos perdido.
Llegada cierta edad, a la que por cierto he llegado hace rato, uno empieza a estar hecho de lo que ha ido ganándole a la vida y de lo que ha ido perdiendo en el camino. Y tanto pesa uno como lo otro, y así como la suma de lo que tenemos está hecha con una mezcla de nimiedades y tesoros, la suma de las pérdidas también se trama con las mermas mayores y las de apariencia insignificante. Y se trama de tal modo que a veces nos estremece la evocación de cualquier nimiedad a cambio de las mil y dos noches que nos hemos prohibido llorar lo crucial. ¿En dónde están mis llaves? Para ya no decirme ¿dónde andará mi perro? El perro al que perdí una mañana en Chapultepec por andar de distraída. El perro al que tanto quise a la fecha me aprieta el corazón la memoria de su voluntad lúdica y la certeza de lo que pudo haber perdido por mi culpa.
No encuentro los anteojos. Será que buscándolos me distraigo de lo que ya no puedo ver. El paisaje que perdí cuando un edificio se cruzó en mi ventana, el horizonte que llegaba hasta los volcanes desde el jardín en casa de mi madre. No sé, pero como dice el sabio Arnoldo Kraus es bueno que no exista una medicina contra la nostalgia.

Comer ansias

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Esto me pasó hace tiempo y ahora lo recuerdo aquí:
Volvimos de Puebla con los perros oliendo a chivos. Quien sabe en qué parte del jardín se meterían. Pobres perros. Dice Hugo Hiriart que decía Pío Baroja que alguien tendría que poder decirles a estos bondadosos animales que los humanos no somos adorables, que no pueden mirarnos y querernos y seguirnos como si lo fuéramos. Que más bien tendemos a malos, a distraídos, a abandonadores. A mis perros nadie les ha explicado esta verdad de cien kilos y ellos me siguen con los ojos y las colas meneándose como si yo me lo mereciera. Así las cosas, lo menos que puedo hacer es quererlos de regreso. Y vivimos siguiéndonos.
Yo no sé si en España o en otros países, además de México, se use la expresión “comer ansias”. A mí me parece de lo más precisa. La continua actividad de mi cónyuge viene sin duda de que vive comiendo ansias. Siempre el paso adelante, el otro, el otro. Yo no soy muy comedora de ansias, más bien soy remilgosa frente a semejante alimento, pero ahora llegamos de la carretera y a mí se me ocurrió comer ansias en esto de bajarme del coche antes de que Héctor cerrara la puerta del garaje para salir corriendo tras una urgencia propia del final de los viajes en coche. Bajé rápido para que los perros no se empeñaran en seguirme y en dos segundos salí del baño dando por hecho que todos estaban dentro de la casa y que las pobres plantas pedían a gritos que las regara. Eso hice y luego di algunas vueltas sobre mí misma. Raro. Los perros no me seguían. Se habrán ido a saludar a Catalina, me dije. Y siguió pasando el tiempo. “¿Y los perros?”, pregunté. “Están arriba” dijo Héctor. Subí a mi cuarto, escalé a mi estudio. ¿Y los perros? Bajé a la calle. Abrí la puerta, quedito para que Héctor no notara mi desconfianza en su supremo cuidado de las cosas. Nadie en la calle. Nadie ni un alma, menos aún las almas de mis perros. Ángeles mudos de Dios, los llama la China Mendoza. Mudos, sin duda. Ni un ladrido. Volví a subir, bajé al patio de atrás, fui al estudio de Héctor y no estaban. Les grité, les grité. Me senté un segundo. Si los perros se perdían no iba yo a remontar esa culpa jamás. Los perros de mi mamá: la viejita de quince años, el cuarentón de seis. Perdidos. Y a la calle otra vez. Sin fuerzas ni para el reproche. De seguro el doctor Aguilar había comido ansias y abrió las puertas del auto antes de cerrar las de la cochera. Los perros saltaron a buscarme y se fueron a la calle sin saber a dónde iban, porque les encanta la calle, pero la desconocen en su versión brutal. Héctor decía que no, pero claro que sí. Y yo ¿para qué me bajé antes? Burra. Como la puerta de la cochera es pesada y lentísima él se aburrió y bajó del coche antes de que acabara de cerrarse. Y con él los perros. Y otra vez a la calle. Por un lado Cati con Daniel, por otro Gabi, por otro Héctor. Detenida en el umbral, pasmada como una idiota, por si querían volver: yo. Y un miedo. Perder un perro es cerrarse el cielo: les pegarán. Se morirán de hambre. Los matará un coche. Todo piensa uno: Andarán temblando de pánico porque son como los pájaros de jaula, no saben vivir solos, ni pararse en la puerta de una carnicería para ver si alguien les tira un pellejo. Mis perros son dos nobles que desayunan jamón. Y en sus peores días croquetas, pero seguras. Perros de herencia, amores a tientas. No se veían por ninguna parte. Todo era el llano en llamas durante media hora. Y luego aparecieron. Por la mano de la bondad humana que no es tan mala. Aparecieron. Jadeantes. Con las lenguas de fuera y más asustados que yo. Par de perros trémulos encontraron a su ama, a su sierva. Con la lengua de fuera, como ellos. No pude ver a quien los trajo porque justo andaba yo llamándolos por sus inexcusables nombres cursis: Nino y Daisy, tres calles abajo. No pude ver quién fue la buenísima persona que los siguió y cargó al perro que andaba desafiando coches, pero mañana voy a emprender la búsqueda de ese santo que me salvó del infierno cuando se los entregó a Gabi. Benditos sean los vecinos buenos. ¿Cuántos años me habrá envejecido este susto? Al rato voy a verme en un espejo. Por lo pronto les dejo la recomendación y el ruego: ¡no coman ansias! Hacen mucho daño.

La lluvia y los volcanes

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Es verano y llueve en México. En este valle sobre el que imperan dos volcanes, en estos llanos, bajo estas nubes.
Aquí llueve en julio y agosto. Sobre todo en las tardes. Casi siempre amanece el cielo claro, luego se pone gris y tiembla con relámpagos anunciando tormentas que se cumplen y nos inundan. La enorme ciudad se llena de pantanos y de las alcantarillas brotan manantiales negros.
Suceden cosas así desde el tiempo de los dioses aztecas. La ciudad estaba hecha de lagos y ríos que en verano crecían sobre las casas y los templos. Por eso muchos de sus huertos eran flotantes. Y año con año se inundaban como se inundó la ciudad durante el Virreinato y como aún se inunda en estas fechas.
Quién sabe cuántos siglos de inundaciones ha contado la especie humana en estos rumbos, pero sus actuales representantes en el valle volvemos a sorprendernos cada verano. Tropezarse con la misma piedra es propio de los mexicanos como de cualesquiera otros, así que las generaciones del siglo veinte decidieron entubar, sellar y pavimentar los ríos y las barrancas cuyas aguas habían ido ensuciándose. De modo que las inundaciones siguen ilustrando las noticias en este siglo.
Sobre nosotros, desde la altura de su grandeza, los dos volcanes amanecen arrogantes y llenos de nieve. Aunque desde aquí casi nunca se ven. Ni en el verano ni en ningún otro tiempo, porque aquí el horizonte se angostó hace cuarenta años.