Megalópolis

Palabra horrible. Inventada para nombrar lo que al tiempo ilumina y espanta. No nací en la Ciudad de México, en esta paradoja bien amada que tanto maldecimos. Pero aquí vivo, a la mitad de un caos que al tiempo abruma y acoge la temeridad de seres extraordinarios. Aquí nacieron mis hijos. Aquí encontré a su padre, aquí converso y me cobijan mis amigos.
Esta ciudad puede ser hostil. A veces la odiamos, nos lastima su ruido, el tiempo que se dobla entre sus calles. Pero otras le agradecemos la generosidad con que rescató nuestro albedrío necesitando el horizonte. Y nos alivian los que aquí sobreviven. Megalópolis: qué manera más rara de convocar, al unísono, el abismo y la libertad.

Punto y seguido: Juan Cruz, mi primer editor en España, mi amigo de toda la vida, me pidió un texto con este palabra para un suplemento que hará El País pensando en los treinta años de la FIL. Aquí se los dejo, por anticipado.

Punto y aparte: Mañana nos vamos a Guadalajara para estar en el la FIL todo el fin de semana. Un rato para ver a los amigos de los dos lados. Los lectores y los otro escritores. Espero que sirva mi Ipad para irles contando. Si no, algo les diré por twitter desde el teléfono.

Emilio García Riera

Hace unos días cumplió años Emilio García Riera. Lo recordó Cristina, su mujer. Yo encontré este texto que aquí les dejo y con el que me gusta recordarlo.

Según recuerdo, diría Emilio: “con lujo de inexactitud”, él no quería llevarse el abrigo alemán de Pérez Gay a la universidad de Brown. Tantos años de ser mexicano, lo habían hecho olvidar el frío que puede hacer en otros lugares del mundo. Sin embargo, lo convencimos y lo llevó como quien lleva el play boy a una cita con Ingrid Bergman: por no dejar.
Ya estando ahí, una mañana oscura empezó a nevar, como en alguna de las peores escenas del Doctor Zhivago, cuando él y yo tuvimos a mal hacernos al ánimo de ir desde el edificio B, en que se desayunaba, hasta el edificio H en el que eran las conferencias debido a las cuales cruzábamos por aquella suerte de estepa universitaria.
–Qué bueno que trajiste el abrigo de Pérez Gay—dije cuando empezaron a pegarnos en la cara los copos de nieve.
–La puta que los parió—contestó Emilio.
–¡Se nos va a caer la nariz! ¡se nos van a congelar los pies, nos vamos a convertir en focas!—iba yo diciendo movida por mi equivocada certidumbre de que describir las situaciones las exorciza. –¡Nos vamos a morir!
–La puta que los parió—comentó Emilio.
–¿Vas a leer o vas a improvisar?—le pregunté.
–La puta que los parió.
–¿Estaremos muy lejos del edificio G?
–La puta que los parió—dijo.
–¿Será que nos regresamos?
–La puta que los parió.
–¿Cuánto faltará?
–La puta que los parió.
No se veía nada sino el abigarrado gris de la tormenta. Habíamos caminado veinte minutos que se nos habían hecho como diez horas, cuando por fin dimos con un edificio.
–Este debe ser—dije empujando la puerta para entrar a la calefacción. Emilio entró tras de mí meneando la cabeza con una furia sólo equiparable a la que le provocaban quienes comían en el cine, y en cuanto cruzó el umbral sonrió encontrando la paz. Estábamos por fin en el edificio de las conferencias que era, como muchos de los edificios universitarios, idéntico al edificio del cual habíamos salido.
–¿Las conferencias en torno a la obra de Carlos Fuentes?—pregunté fingiendo un inglés de película que no hubiera podido sostener dos frases más.
–Son en el edificio G—dijo la encargada de la recepción.
–La puta que los parió—dijo Emilio. Esta tiene la misma sonrisa de Doris Day envejecida que tenía la del otro edificio. ¡Esta es la misma del otro edificio! ¡Estamos en el mismo edificio! No puede ser, dimos vueltas en redondo: ¡La puta que los parió!
–¿A quienes pregunté?—para salir de la duda.
–A estos, a los inventores del cine.

Ya lo hemos dicho mil veces, pero nunca sobra repetirlo: ver vivir a Emilio García Riera fue siempre una alegría. Y como las alegrías, al contrario de la felicidad, llegan para quedarse, hablar de Emilio, recordarlo, sigue alegrando nuestro ir y venir por la vida.
¿Por qué nos sucede esto? ¿Por qué estamos reunidos en torno a Emilio cuando ya no está aquí convocando nuestro deseo de encontrarlo para dar con su inteligencia, su refinado sentido del humor, su gusto por la vida, su contagiosa devoción por el cine?
No es difícil dar con la respuesta: estamos aquí, porque además del ser humano excepcional que fue Emilio, además de lo que marcó nuestras vidas como amigo, García Riera fue, sigue siendo, el primer y el mejor crítico de cine que ha dado nuestro país.
Emilio sabía y supo enseñarnos que en el cine no sólo importa el hallazgo sino la pasión con que se busca, no sólo la mirada inteligente y crítica sino el afán con que nos acercamos a mirar.
Mil veces me parecieron mejores sus comentarios antes de las películas en televisión, su descifrarlas y juzgarlas, que las mismas películas. Y uno podía dormirse o apagar la tele después de oírlo contar lo que vendría, porque lo mejor, estaba clarísimo, ya había pasado.
Cuando Emilio empezó a ver cine con los ojos de un crítico, debió ser un excéntrico. Buena parte de su generación nunca reparó en quién dirigía una película, sin embargo, él, aún antes de imaginarse escribiendo sobre cine, llevaba a todas las funciones una libreta en la que escribía, metido en la oscuridad, los créditos que incluso ahora pocos leen.
Emilio sabía desde entonces, hace cincuenta años, lo que ahora parece evidente, que el cine es el resultado de un trabajo múltiple, que no obtiene su fuerza de una sola persona, que no depende sólo de los directores, menos aún sólo de quienes llevan su nombre en las carteleras, sino de mucha gente, tanta como cabe en la hilera de nombres que pasan frente a nuestros ojos al terminar la historia que nos cuenta una película. Porque ahora no es novedad, pero lo fue, las películas no acaban sino hasta que terminan los créditos, hasta que uno ha leído el sin número de apellidos italianos que trabajaron en “El padrino”, hasta que uno sabe que el papá de Coppola escribió la música y sabe que todos estos que están ahí sin rostro, que le prestan sus nombres al final de la cinta, le prestaron también durante mucho tiempo una parte esencial de sus vidas.
Quitando a algunos críticos empeñados en ir al cine para probar una vez tras otra cuánto les disgusta, todos: tanto los buenos críticos, como los buenos cinéfilos, van al cine en busca de un gozo. Van al cine en busca de lo que Emilio García Riera llamó el juego placentero, el juego que nos hace repetir con él, cada vez que una sala se oscurece y brinca entre nuestras costillas la expectación: no cabe duda: “el cine es mejor que la vida. El cine ahorra momentos muertos y hace énfasis en los más interesantes”.
Yo crecí en un mundo en el que la mejor recomendación de un película eran los actores, a los que ahí y entonces se les llamaba “artistas”. Luego importaba el argumento, pero, que yo me acuerde, nunca el director o el fotógrafo, menos aún la persona que hacía el elenco o escribía el guión. Y todo esto que ahora nuestros hijos ven con enorme naturalidad y reconocen con toda entereza: esto de que el cine es algo que tiene sustento en una mirada ilustrada, de que se puede y casi siempre se debe pasar por la universidad, la literatura y la historia para hacer buenas películas, simplemente no se hablaba.
Cuando yo terminé la preparatoria, si había que encontrar una carrera extravagante no había sino inventarse la vocación de comunicólogo. Sólo la ecología era más inesperada. La ecología y un crítico de cine como Emilio García Riera. Porque no abundaban los cinéfilos como él.
Yo pasé de creer que el cine era una diversión, en el estricto sentido una manera de suplir al circo, a oír a mis maestros y compañeros de la Facultad de Ciencias Políticas hablar del cine como si fuera una ciencia dura mezclada con el deber de la denuncia y la obligación del tedio. Así las cosas pasé de ir a la matineé ver Ben Hur porque ahí salía el horrendo Charles Heston a quien entonces se consideraba guapo, de ir el quince de septiembre a las cuatro de la tarde a medio matarse entre empujones para ver la última de Cantinflas, a someterme a un cine club en el que exhibían ¡Viva La muerte! dirigida por Arrabal y actuada por quién sabe quienes que sufrieron y me hicieron sufrir durante las tres horas que mi condiscípulo pasó diciéndome: “no te pongas así, que es película”.
En ese cambio estaba cuando di con el profesor García Riera escribiendo una columna de cine en el Excelsior de antes. El profesor García Riera, que nunca fue mi maestro en un salón de clases, lo fue a diario desde su columna sobre cine. A veces, los lunes en la mañana, cuando las desveladas y el desamor pegaban más fuerte, leer la columna de García Riera era abrirle la puerta a la voz de lo imprevisible como el mejor de los sustentos. Al profesor García Riera le gustaba Orson Welles, doce años antes de que yo empezara a leerlo ya se había preguntado en un texto publicado en “México en la Cultura” en 1960: “¿vale decir que para el auténtico aficionado al cine el estreno de una película de Orson Welles constituye un acontecimiento diez millones de veces más importante que el asesinato un actor?”.
Al crítico García Riera le gustaban los westerns. Según sé ahora, en 1958 empezó una columna cuya lucidez encanta, citando al crítico francés André Bazin que dice: “La conquista del oeste norteamericano es un conjunto de acontecimientos históricos que marcan el comienzo de un orden y de una civilización. Es posible que el cinematógrafo sea no sólo el único lenguaje capaz de expresar tal cosa, sino sobre todo de darle su verdadera dimensión estética. Sin él la conquista del Oste norteamericano no hubiera dejado más que una literatura menor”.
El profesor García Riera un día recomendaba “Ladrón de bicicletas”, otro “Los olvidados” y otro “Cantando bajo la lluvia”. No tenía más preferencia ni mejor sesgo que recomendar, sin petulancia pero con orgullo, lo que le había gustado. En una cáscara de nuez: le gustaba el cine, le parecía una fiesta: no un deber ni un juguete, sino un placer y un juego. Y eso contagiaba: el fervor y la vocación del cine por gusto. Incluso el cine mexicano, entonces tan en desprestigio, era tomado en cuenta por el profesor García Riera.
Yo recortaba sus columnas y en cuanto tenía dinero, no mucho porque el cine era muy barato, me iba tras sus recomendaciones en miércoles a las siete, en jueves a la una, en sábado a las diez de la noche. A veces con amigos, a veces sola, siempre con la voz y la ironía de García Riera como un instrumento y la mejor compañía.
De entre las muchas cosas que lamento de la enfermedad de Emilio García Riera, que no dejó de ver cine nunca, es que tuvo que conformarse con el cine por televisión, dejó de ir al cine y ya no le tocó disfrutar la dicha de las salas de ahora: limpias, bien sonorizadas y, entre semana, incluso medio vacías.
A veces, cuando entro con mis hijos en una de ellas y huelo el aire de feria que corre entre sus muros, no puedo dejar de sentir que incluso estos lugares, que Emilio casi no frecuentó, existen entre otras cosas asidos a su voz de profeta apasionado de un arte que él gozó como tal, cuando eran pocos los que así lo gozaban.
Si nuestros hijos tienen por el cine la reverencia que tienen, si acuden a él como a una ceremonia, si lo consideran parte esencial de sus vidas y ni se diga la más cercana forma de arte con la que les importa dar, es porque nosotros y nuestro país y ellos mismos supieron del cine como un arte por la crónica y la crítica de García Riera.
Emilio supo enseñar como nadie la historia de las alegrías que da el buen cine. El buen cine al que sólo se accede yendo un día tras otro a ver todo el cine que sea posible ver. Eso hacen mis hijos, que sin saber hasta dónde son sus alumnos, no sólo creen que el cine es mejor que la vida sino que, como están sus vidas, acabarán creyendo que la vida es un breve remedo del cine.
La revista “Tierra Adentro” dedica su número 126 a Emilio García Riera, al recuento de su obra y del cariño y las alegrías que dejó a su paso. Varios de sus mejores amigos, devotos y cómplices escriben en ella y nos entregan una visión de lo que fue la presencia de García Riera en sus vidas y en la de la cultura cinematográfica de México.
No hay un renglón desperdiciado. Cada texto tiene su precisa odisea. La entrevista con que se abre el número es muy buena, el ensayo de Emilio sobre Tin Tan es inteligentísimo y divertido. Me hizo recordar el día en que entré de oyente a una de sus clases. Habló de Tin Tan y mi recuerdo es que lo hizo con un elogio de sus cualidades que me pareció desafiante y rarísimo para el medio en que lo hacía. En 1998, Emilio escribió :“La mayor virtud de Germán Valdés Tin Tan fue su noble, limpia y total disposición al placer”.
Creo, que cualquiera de los textos que uno lea en esta revista, cualquier adhesión sin reticencias de las que hay en esta revista, tan bien editada por Cristina Martín Sarrat, podría empezar diciendo lo mismo, pero refiriéndose a Emilio. Está dentro de todos los textos, y por supuesto en lo que algunos cursis llamarían el “subtexto”. Todas las voces coinciden, todas cuentan uno o varios momentos de gozo en compañía de García Riera. Ni se diga lo que escribió Vicente Rojo, que es tan suave y veraz como el mismo Vicente o lo que escribió Diana Bracho, o Alicia y Ana García Bergua, o la propia Cristina Martín.
“Más te mereces” acostumbramos decir como al pasar cuando alguien nos agradece un elogio. Quizás Emilio, oyendo desde ninguna parte, como supondría su perfecto agnosticismo, estará agradecido con lo mucho y lo bueno que hay en esta revista, con la precisa edición del libro de crítica primera que también hoy celebramos.
“Más te mereces” habría que decirle.
Más te mereces porque mucho más nos has dado.

Regalo de la semana

Ricardo Bada, que no deja de ser generoso, me manda esto que aquí les copio para no dejar de estar presente. He tenido la vida cuatrapeada, pero ustedes han tenido mucho que leer, así que me perdonaran la ausencia.
DEPARTAMENTO DE TRINOS SOCIALES:

El trino de la semana
Bien merecido se lo tienen…

http://americanuestra.com/el-trino-de-la-semana/

DEPARTAMENTO DE PINTURA:
Sorolla en París, la consagración internacional de un genio
«Somos hijos de Velázquez», decía Sorolla. Su paisano Blasco Ibáñez le corregiría:«Nieto de Velázquez e hijo de Goya».

http://americanuestra.com/sorolla-en-paris-la-consagracion-internacional-de-genio/

DEPARTAMENTO DE CINE:

La cita cinematográfica de la semana: All About Eve
El papel de Margo solo podía alcanzar la excelencia que se disfruta en la pantalla gracias a Bette Davis o, en su defecto, Barbara Stanwyck….

http://americanuestra.com/la-cita-cinematografica-de-la-semana-eve/

Muere Lupita Tovar, la novia más longeva de Drácula
La actriz mexicana, fallecida a los 106 años, participó en la versión en español de la primera película del vampiro, que se filmó a la vez que la de Bela Lugosi.

http://americanuestra.com/muere-lupita-tovar-la-novia-mas-longeva-de-dracula/

DEPARTAMENTO DE SINESTESIA:

Escuchar los colores, ver la música

El misterio de la sinestesia en la Fundación Juan March.

http://americanuestra.com/escuchar-los-colores-ver-la-musica/

DEPARTAMENTO DE GÉNEROS LITERARIOS:

Las dos espaldas del ensayo
Se ha visto al ensayo una y otra vez como un género mestizo, como un puente entre lenguajes y saberes. Una ciencia, diría Ortega y Gasset, que afirma sin mostrar su comprobante.

http://americanuestra.com/las-dos-espaldas-del-ensayo/

Barack Obama: la inteligencia alegre

Miren ustedes, yo quería escribir sobre el encanto, la calidez y, sobre todo la inteligencia y la bravura de Obama. Para mi fortuna me ganó Luis de la Barreda. Voy a dejarles aquí su artículo de hoy y mi agradecimiento al orden mental y la precisa ceremonia con que nombra.
Barack Obama
Luis de la Barreda Solórzano
Llega a su fin la gestión de Barack Obama, sin duda uno de los presidentes más admirables que ha tenido Estados Unidos. No pudo hacer todo lo que se propuso porque en una democracia el gobernante no es dueño de un cheque en blanco que le permita tomar cualquier decisión, pero lo que hizo y lo que intentó lo muestran como un hombre que se guió por los más altos valores de su gran país.
Obama prometió que cerraría la prisión de Guantánamo, en la que se violan los más elementales principios del derecho penal ilustrado pues allí han sido recluidos sin límite de tiempo y sin ser sometidos a juicio centenares de sospechosos de estar involucrados en redes terroristas. Apenas en su segundo día en la Casa Blanca, Obama firmó el decreto con el que cumpliría su promesa. No se lo permitió el Congreso, pero el presidente logró que de los 242 presos que había en la base militar al empezar su primer período de gobierno hoy queden solamente 61.
El proyecto de ley de inmigración también fue echado abajo por el Congreso, pero Obama impidió la deportación de hijos de inmigrantes sin papeles. Su propósito de evitar igualmente la expulsión de cinco millones de indocumentados fue frustrado por un juez de Texas. El caso llegó a la Corte Suprema en la que se produjo un empate en la votación, en virtud del cual la medida se encuentra suspendida en espera del desempate.
Obama anunció que terminaría la guerra en Irak, de donde retiraría las tropas, y reduciría el número de soldados en Afganistán. La necesidad de derrotar al Estado Islámico ha obligado a Estados Unidos a participar en los bombardeos en Oriente Próximo y a enviar asesores militares. Es de recordarse que Obama heredó de su antecesor las guerras en curso.
La caza de Osama bin Laden, fruto de una impresionante tarea de inteligencia, fue saludada con un gigantesco aplauso por el mundo occidental, aunque estoy convencido de que lo mejor hubiera sido atrapar con vida al líder terrorista y llevarlo a juicio en Estados Unidos.
Un éxito de gran relevancia en la política internacional estadounidense fue el acuerdo, benéfico para todo el mundo, en virtud del cual Irán no podrá contar con una bomba nuclear.
Obama inició el diálogo tendiente a restablecer relaciones con Cuba, lo que en mi opinión sería plausible si el acercamiento se hubiera condicionado al menos a que la dictadura de los hermanos Castro liberara a los presos de conciencia y permitiera el ejercicio de libertades democráticas básicas.
Un gran triunfo de Obama, quizá el mayor de todos, fue el de la reforma sanitaria, gracias a la cual 16 millones de ciudadanos que carecían de seguro médico ahora cuentan con uno. Además, se eliminó la prerrogativa que tenían las compañías aseguradoras de rechazar a pacientes por estar enfermos. La Corte Suprema ha avalado la reforma.
Otra victoria importante es la de la recuperación económica. La Oficina de Presupuesto del Congreso reconoce que “el presidente Obama ha impulsado el crecimiento económico más que los demás países de la OTAN desde el fin de la Segunda Guerra Mundial”. El desempleo, que llegaba a 10%, hoy es de 5% con la creación de 14 y medio millones de empleos. El plan de estímulos rescató a los bancos de Wall Street y a la industria automovilística.
Obama consiguió el aumento en el consumo de energías renovables y en la producción local de petróleo, con lo que se redujo la dependencia de Oriente Próximo. Asimismo, aprobó la mayor reducción de emisiones contaminantes y firmó el pacto internacional contra el cambio climático en la Cumbre de París 2015.
Nadie podría decir que la presidencia de Obama no fue sobresaliente a pesar de algunas medidas discutibles y de compromisos incumplidos debido a la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y al poder judicial. Barack Obama será recordado no tan sólo por haber sido el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos, lo que de por sí marca un hito formidable, sino por representar lo mejor de su país. Thomas Jefferson advirtió hace más o menos dos siglos que nadie abandona el cargo de presidente con el mismo prestigio y respeto que le llevó ahí. Obama será una de las excepciones a tal sentencia.

Los condones y los mareados

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Yo nunca he hecho el amor usando un condón. Se diría que soy una irresponsable, pero la verdad es que me tocó ser muy joven y empezar con los amores, durante unos escasos, pero promisorios, años de seguridad sexual. Para mí el sexo no tenía más peligro que el de caer en la red de una enamoramiento indebido. Y por indebido quiero decir acarreador de catástrofes, tormentas y delirios del corazón. Todo eso que pueden provocar, por ejemplo, los hombres casados con alguien más, a los que uno quería mantener en su cama. (Obvio, pero no tanto: en la cama de uno). Un horror del que por fortuna estoy de regreso hace mucho tiempo. Total, todas estas derivaciones como de jazz para explicar mi primera frase. Yo entré al amor después de la píldora y antes del Sida.
En los ochentas, cuando irrumpieron los riesgos, ya todo parecía confiable en mis amores. Ahora, también. De ahí que el condón sea una de las muchas experiencia que no he tenido, pero una de las varias que me provocan curiosidad. ¿Cómo le hacen? Debe haber todo suerte de explicaciones en la red, pero no las he buscado. Quizás al rato. Sin duda lo saben mis hijos, pero he creído siempre que preguntarles el cómo del asunto puede resultarles incómodo. Por supuesto a Mateo. Y Cati, ahora que tengo la pregunta, no está, aunque la curiosidad me vino también a partir de que leí un cuento, en su blog, que es una maravilla. La jovencita de su historia oye a sus espaldas el sonido que hace su novio intentando abrir la bolsita de un condón, y a la memoria le llega el ruido que hacía el paquete de las galletas Oreo cuando en la infancia él trataba de abrirlas a la hora del lunch. Decía mi madre que no es bueno elogiar mucho a los hijos, pero ni modo. El texto es una maravilla. Y otra vez me fui al jazz.