Ganó Francia

Hago mía la entrada de Ricardo Bada en su blog.Aclarando que una de las convenciadas de su posición: querer que ganara Francia y no Croacia, fui yo.

¿Ganó Francia? Yo diría más bien que perdió Croacia. El resultado a fin de cuentas viene a ser el mismo, pero la óptica varía. Ganó gracias a los dioses (y al árbitro argentino, que no sé si será un dios, pero con los argentinos nunca se sabe) el que tenía que ganar, porque lo contrario habría sido algo terrible; no porque Croacia no lo mereciera, que sí lo hubiese merecido, sino por lo que hubiera hecho de ello la ultraderecha nacionalista croata, un triunfo de la raza eslava sobre la degenerada sangre francesa, infestada de hemoglobina árabe y africana. En mi entorno he sentido una gran simpatía hacia Croacia, y en mi corazoncito futbolero también los animaba. Pero no tomar en cuenta los trasfondos políticos sería descuidar una dimensión fundamental de tales eventos. A Angie y Vincent se lo puse en evidencia al hablarles de la capacidad para crear identidad nacional que ha tenido el equipo belga en un país tradicionalmente partido por gala en dos. Ahí se les prendió la bombillita y empezaron a entender mi toma de partido por Francia en vez de Croacia. En lo que todos coincidimos es en que Luka Modrić ha sido el mejor jugador de este mundial. Y en lo ocurrente de este tuit de @miblogestublog : Liberté Egalité Mbappé.

Ganó Croacia

Y estos jugadores nos han llevado a recordar la guerra infame que padecieron en su niñez.
Pero no ganó Inglaterra. Ya mañana haré mío el lamento de Ricardo Bada, cuando le haya pedido permiso de publicar aquí un adelanto de su diario.
Vinieron a jugar los niños chicos y los niños grandes. Unos patearon la pelota, otros vieron futbol. Luego Esteban nos llevó a leer a quienes recuerdan la guerra de los años noventa. Nos enseñó un texto que hemos de publicar aquí o en la edición impresa de Nexos. Si es aquí, me pido la exclusiva del enlace.
Música para hoy: Infancia. Serrat.
Primer verso: “Tenía diez años y un gato”
Memorables:
“Y un tren con vagones de lata /roto entre dos estaciones”
“Al viento los ombligos volaban cuatro amigos”
Mirada de hoy: La de Luis Miguel Aguilar registrando todas la faltas que no marcó el árbitro.
Mensaje de hoy: Elena mi amiga dice que no nos he visto como cuando su hijo estaba perdido. Y las dos nos alegramos de que así sea. Nos vemos menos, pero estamos en paz y su hijo a salvo.
Conste: que vendré aunque no venga a nada. digo to y dirán ustedes.

Días después

Una semana después del día después, me da gusto decir que esto de que Andrés Manuel López Obrador haya ganado con tanta diferencia ha sido un fortuna. Estamos en paz. Y si no fuera por lo que pasó y aún sigue pasando en Puebla, diría que hay en el aire una tranquilidad que alegra. No sé qué nos irá pasando con los meses, nadie lo sabe, pero nunca se sabe. Hay que esperar que todo salga bien.

Yo espero, y esta semana me ha tranquilizado oír que así puede ser, que quien ha ganado esta elección gobierne con inteligencia y generosidad. Hablé como tantos, el día primero de julio y dije cuánto espero que dejemos de oír litigios y empecemos a ver cómo Andrés Manuel López Obrador mejora, tanto como lo ha prometido, el país que hereda. No se ve fácil. 

Quiero confiar en que prevalecerá el deseo de bien hacer de quienes llegan al gobierno con él. Me gusta mucho Olga Sánchez Cordero. Si lo que ella propone se vuelve posible, quizás muchas de las cosas que nos parecen imposibles no lo sean. Me tranquiliza oír a Gerardo Esquivel, que es un hombre sensato y bueno, hacer el recuento de cómo puede conseguirse un dinero que sería urgente conseguir. Ojalá.

Pero me siguen espantado los mil nombres de tantos cuantos pillos se han formado en las filas de Morena. Pero pillos abundan y espero de corazón que resulten visibles y pueden ir desapareciendo.

La verdad, la actitud de AMLO esta semana mermó mi desconfianza. Espero que así siga. Espero que dejemos de oír litigios y empecemos a ver qué tan posible es concretar todo lo que muchas veces suena a fantasía.

Espero que las opiniones distintas, que hasta hoy se han considerado enemigas, se tomen en cuenta. Y que se dirima pensando también en ellas. Estoy viendo y a ratos me cuesta creerlo, que eso puede suceder.  

Temo que sea muy difícil acabar con el espanto en que nos tienen la violencia y la maldad de muchos. AMLO no nos ha dicho cómo lo hará. Pero quiero creer que es posible mejorar el sistema de justicia, empezando por el sistema penal. Es urgente que la ley proteja a quienes más padecen la sin razón y el abandono.

Espero del nuevo gobierno el respeto que el Estado debe dar a la ética de la vida privada, en asuntos como la libertad sexual, reproductiva, religiosa o sin dioses. Espero que se oigan las propuestas de quienes saben cuánto urge dedicarle tiempo, autoridad y fuerzas, a mejorar el medio ambiente, porque también eso es hacer justicia, es redistribuir. 

¿Acabar con la corrupción? Nada mejor puede desearse. Pero tampoco nos ha dicho, con seriedad, no con ilusiones, ni auto complacencia, cómo lo hará. Y tampoco se ve fácil. Tendrá que empezar a barrer desde arriba, pero también desde muy cerca. Acabar con la corrupción. ¿Quién no quiere custodiar este empeño?

Punto y seguido: Hoy es martes diez, pongo aquí mi esperanza.

Dos puntos: Ganó Francia. A ver qué pasa mañana. Cada día hay que ir viendo qué pasa.

Luis Miguel: ¿Fama o cronopio?

Este recuerdo es completo para la Catalina de ahora, con mi devoción de siempre.

Por muchas bocas me llega el cuento de que la serie de Netflix sobre Luis Miguel, el cantante, es su placer culpable o su deber profesional. Y que se divierten mucho. Oyendo estas historias me acordé de algo que escribí hace tanto como treinta años, en principio para una revista de música Pop en Argentina. ¿Qué podía yo decir de Luis Miguel sino esto que aquí les dejo y que me ha dado tanta nostalgia como a otros la serie de Netflix?

Mi hija Catalina tiene trece años y una envidiable inquietud en los ojos con que lo mira todo siempre como por primera vez. Hace poco, ella y su amiga Lumi visitaron mi oficina y mientras yo intentaba escribir, las dos se dedicaron a fisgonear por los rincones. Afanaban en silencio de un lado a otro, murmurando de vez en cuando un comentario. De pronto, Lumi se detuvo ante el marco que guarda la foto de Julio Cortázar y frente a los ojos inteligentes del escritor que nos re-enseñó la literatura en los años setenta preguntó:
–¿Quién es ?
–Es un hombre al que mi mamá admira mucho. Y como si lo supiera todo agregó: –Es como Luis Miguel para nosotros.

cortazar
Lumi miró un segundo más los labios de Julio Cortázar sujetando un cigarro, su cabeza juvenil, la intensa arruga entre las cejas, la mirada como una pregunta.
–Está guapo–dijo. Y Catalina asintió para mi tranquilidad y estupefacción.
Siempre que alguien me parece guapo a ella le parece viejo y nadie que no tenga cara de niño con desafíos pasa por el tamiz con que elige sus adicciones. ¿Qué tendrían en común Luis Miguel el cantante y Julio Cortázar el escritor? ¿Qué tanto sé yo de Luis Miguel como para disertar en torno al fenómeno de adicción y temblores que convoca su paso, su voz? Acepté escribir algo sobre el asunto porque me lo pidió el hijo de un amigo y no pude negarme, pero yo fui adicta a otras voces y no estoy en edad de prendarme del paso efímero y encantador de un adolescente que conmueve multitudes. Sin embargo me gusta Luis Miguel y le agradezco su voz cantando boleros, porque gracias a él puedo viajar en auto con mi hija sin litigios en torno a cuál música debe sonar en el auto. Fuera de los Beatles, en los que todo mundo coincide, entre lo que para mí carece de armonía y lo que para ella es música pop y lo que para mí es música y para ella vejez está siempre Luis Miguel como un acuerdo. Luis Miguel el famoso, el acosado, el niño con un espacio entre los dientes de en medio, como un guiño que lo hace más simpático, canta boleros tan bien como Malena cantó tangos y nos pone a jugar cada cual en cada una, pero juntas.
–Este Luis Miguel es un cronopio–dije cuando volvíamos a la casa escuchándolo cantar.
–Quiero ir a verlo al auditorio–dijo Catalina.
–Ya fuimos dos veces y la última tú y tus amigas gritaron hasta quedarse mudas.Sólo les ganó la cincuentona esa que le gritaba “papacito estás para chuparte” incluso interrumpiendo las canciones más suaves.
–Es el chiste–dijo divertida. Y sonó como para creerle.–¿Qué es uno cronopio?–preguntó.
–¿Un cronopio?–dije. –Es muy complicado de explicar. Yo diría que lo contrario de un fama.
–Luis Miguel es famoso.
–Sí, pero uno sabe que a ratos siente piedad por sí mismo. Sabe que igual aparece en una revista reluciente, como si sostuviera el sol, que tirado al borde de una playa, borracho de tres días y tres noches de pena.
–¿Y por eso se llama cronopio?
–Por eso y otras cosas como invitar a Manzanero para que le diga cómo hacer bien un disco y rogarle “no te vayas” cuando él quiere salir del escenario para dejarlo a solas con el horror de su fama. Los cronopios le tiene miedo a la fama, la padecen.
–Por eso cae bien Luis Miguel. ¿No?–me pregunta extendiendo el brazo para subir el volumen cuando escucha el principio de “No sé tú”.
–Los cronopios caen bien.
–¿Quién inventó los cronopios?
–Cortázar. Mi Luis Miguel particular, según tú.
–¿Era escritor el guapo de tu oficina?
–Era el escritor más querido. Tanto que hasta los escritores de su generación lo querían más que a ningún otro. No sabía provocar envidia.
–¿Y qué decía de los cronopios?
–Nunca hizo una definición de cronopio. Escribió un libro que se llama Historias de Cronopios y de Famas en el que cuenta qué les pasa a unos y a otros. De lo que les pasa, y de cómo viven, uno deriva quienes son.
–¿Dice cómo cantan los cronopios?
–Sí. Dice que cuando un cronopio canta se entusiasma de tal manera que con frecuencia se deja atropellar por camiones y ciclistas, se cae por la ventana, y pierde lo que llevaba en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.
–Eso no lo hace Luis Miguel.
–¿Quieres más tropiezos que tú y tus amigas y las diez mil gritonas que van al auditorio?–le pregunto y acepta la comparación con una de esas risas tolerantes que usa para hacerme sentir que es menos adolescente que yo.–Los famas no cantan por gusto. Y Luis Miguel canta con un gusto que no puede ser fingido.
–¿Qué más hacen los cronopios?
–Hacen cosas fantásticas. Por ejemplo pierden las llaves cuando quieren salir a la calle, saben que las dejaron en la mesita de noche y que la mesita de noche está en la recámara y que la recámara está en la casa y que la casa está en la calle y que por eso no pueden dar con la llave porque para dar con la casa hay que salir a la calle.
–Esos están como tú.
–Favor que me haces, hija.
–Estoy trabajando para que me lleves al auditorio. No seas mala, es una vez al año.
–Sale carísimo.
–¿Ese comentario lo haría un cronopio?–dice y enseguida me invade la maravilla como si yo fuera un cronopio de esos que cuando tienen hijos encuentran en ellos “el pararrayos de la hermosura y creen que por sus venas corre la química completa con aquí y allá islas de bellas artes y poesía y urbanismo”.
Por supuesto que iré al Auditorio Nacional en calidad de camión a pedirle a Luis Miguel que cante sin importarle de qué modo lo atropellan sus fans.
–¿Me prestas el libro de Cortázar sobre los cronopios?–pide Catalina. Y claro que se lo presto. Por ahí busco Rayuela. La mañana me dejó nostálgica del Cortázar que leí y subrayé en los sententa con la fe y la soltura de quien ha dado con algo que le urgía. El libro está tan viejo y amarillento como si hubiera sido de mi abuela. En un acto de amor lo mandé a empastar hace un tiempo, pero eso que le quitó su condición de baraja, lo volvió tieso y estrecho. Lo abro donde sea, caigo en la página 538 y doy con un párrafo que subrayé con un plumón morado: Empieza diciendo: “Sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años, pero la delicada crispación, la delicia ácida y mordiente del acto creador o de la simple contemplación de la belleza no me parecen ya un premio, un acceso a una realidad absoluta y satisfactoria. Sólo hay una belleza que todavía puede darme ese acceso: aquella que es un fin y no un medio y que lo es porque su creador ha identificado en sí mismo su sentido de la condición humana con su sentido de la condición artística. En cambio el plano meramente estético me parece eso: meramente. No puedo explicarme mejor”.
Cierro el libro asustada. ¡­Qué desafío! Morelli es el invento más terrible de Cortázar. Que temerario de mi parte subrayar ese párrafo a los veinte años. ­¡Qué ambicioso proponerse tal cosa! ¿O será que simplemente no hay que proponerse tal cosa? Yo me conformaría con dejarme tomar en serio por el sentido de la condición humana. Ya es bastante, ya es más que bastante.
–Mira que guapo salió aquí Luis Miguel–dice Catalina mostrándome al muchacho vestido de blanco con el pelo sobre la frente y en la expresión un desafío.
–Es mejor cuando no sale divino–opino volviendo a mi libro. Al rato ella regresa con el libro que le presté y se acomoda en la cama para leerlo junto a mí. A veces interrumpe para reírse y tachar a Cortázar de loco, cuando al cabo de una hora lo cierra y se levanta me dice:
–Yo creo que Luis Miguel sí es cronopio.
–Sí.–le contesto. Tiene cara de que deja sus recuerdos sueltos por la casa.

APAC: milagro que vive

A.P.A.C son las siglas de la Asociación pro personas con parálisis cerebral. APAC es y ha sido pionera, creativa, inteligente, libre, audaz. APAC recibió el Premio Nacional de Calidad, por ser ejemplo, líder, admirable organización con impacto en la sustentabilidad.
Puede parece extraño un premio así, para una agrupación que según los ojos de quienes no la han visto de cerca, es algo pequeño, más bien fundado en la buena voluntad y lo que se nombra con la a veces desdeñada palabra filantropía. Contra todo, palabra prodigiosa que significa amor por otros.
Me pregunto ¿qué relación puede tener el amor por otros con la sustentabilidad? ¿Habrán tenido en su horizonte tal palabra las mujeres que fundaron esta asociación para darles a sus hijos la firmeza, la certidumbre, sin duda pionera en nuestro país y en muchos otros, de que la condición extraordinaria del cerebro de sus hijos no los hacía seres inferiores, solos, desolados? Sino excepcionales. No encuentro en el diccionario de la Real Academia de la Lengua la palabra “sustentabilidad”. Pero puedo suponer que es una variable, digamos que post moderna, que se deriva de sustentar. Proveer a otros de lo necesario. Conservar, sostener, defender. Y eso sí que lo querían para sus hijos, para sus muy queridos, para sus milagros con vida, las mamás de los primeros niños con parálisis cerebral que fueron atendidos, educados, acompañados por APAC.
Y eso sí que lo quieren, con vehemencia, con talento, con entrega quienes ahora trabajan en APAC . Y lo quieren, lo queremos, quienes mucho, o un poco, tanto como cada quien puede, ayudan a sostener la sustentable institución que tiene su sede en esta casa, en la Colonia Doctores de la Ciudad de México, pero que ha creado un modelo de atención que se replica en 46 centros que están en muchas otras partes de nuestro querido país. Sí, querido país. No ese país, no un país, nuestro país. APAC procura y promueve la calidad y la calidez que necesitan quienes acuden a ella. Y esto la ha convertido en una institución importante, dentro de las muchas instituciones, a veces casi invisibles, que sostienen y fortalecen una red que mantiene vivo lo mejor de nuestra sociedad.

En más de 48 años APAC ha sabido crear un modelo idóneo para dar ayuda a quienes en ninguna otra pueden acceder a servicios de salud y educación. Es por eso una institución con procedimientos y prácticas de clase mundial. Este fortaleza institucional ha sido la principal estrategia de APAC durante los últimos años, esta fortaleza la ha vuelto un referente esencial para muchos otros.

Me entero, la verdad, apenas ayer, con precisión, de que APAC, en casi cinco décadas ha atendido a más de 23,500 beneficiarios directos. Lo cual. me escribe una de las mujeres fundadoras “sólo ha sido posible gracias al equipo humano que todos y cada día trabaja en sus diferentes áreas de especialidad y sin lugar a dudas a todos aquellos donantes, tanto individuales como institucionales, que gracias a sus aportaciones hacen posible seguir adelante con este proyecto de gran impacto social para México.”

Yo muchas veces he creído que la vida está regida por el azar y que poco puedo hacer para contradecir sus leyes. Pero me equivoca al creerlo. La gente como ustedes, me lo hace ver. Hay otro tipo de soñadores, sin duda más útiles que quienes sólo cambiamos el mundo al recontarlo, al escribir. Ellos, ustedes, prueban para bien de muchos, que se puede lidiar con lo que parece un destino inevitable y trastocar su ley. Creen que las cosas tienen remedio. Y, para alegría de muchos, van probando que así es.
Vuelvo al principio. Que la injusticia deje de ser natural y aceptada requiere de un arte difícil de practicar. Un arte que no es ficción y que acompaña al generoso, aunque desgastado, verbo amar. a la palabra sustentable y ahora al adjetivo sustentabilidad.
Sé, que se encuentran alegrías extraordinarias en el arte de dar. Se encuentra un regocijo que no es equiparable con otros. Ustedes, quienes trabajan en APAC, quienes la sustentan, sin duda Leonor Ortiz Monasterio, deberían provocar en todo el mundo, el deseo de compartir su pasión. El bien de quienes lo hacen y el de quienes al recibirlo encuentran bienes.
Tantas cosas arduas e incomprensibles suceden bajo las estrellas, entre nuestra gente, en nuestro país, que es un crimen no saber mirarlas, no querer detenerse a comprenderlas y buscarles remedio. No a asistir atónitos a la idea de un remedio, sino, fundamentalmente a intentar remediarlas. Esto que de nadie, sino de nosotros, depende.
Elegimos modos extraños de convocar y asumir el mundo que nos rodea. Ustedes han elegido uno de los mejores. Compartir con otros la certeza de que estos tiempos, y los que vengan, tienen remedio cada día, enmiendas diarias. La certeza de que el bien, como las estrellas, pueden acompañarnos, han de acompañarnos siempre.

Post Scriptum: Tuve el gusto de decir esto, el siete de junio, en una celebración sencilla y cálida con la gente que trabaja en APAC