A propósito de los marchistas de hoy

Hablar de esto a veces cansa porque empecé a hacerlo desde hará cuarenta años. Cuando un juez, para aceptar la denuncia de una niña violada, le pidió a la madre la prueba de los calzones con sangre. Cuando en la calle vi a un hombre llamar marica a otro y echarse a golpearlo porque odió la diferencia, cuando abortar no sólo era pecado, sino prohibido por todas las leyes en todos los Estados. Ni se diga por la iglesia que está muy en su derecho de prohibir lo que su religión considere pertinente. Quien no crea lo que ellos, que no se quede ahí. Quien quiera seguir rezándole al mismo dios, que le rece desde su casa, que de todos modos los dioses oyen a veces y a veces no. ¿Aprender a vivir con ellos? Ellos son quienes tienen que aprender a vivir con nosotros. Yo llevo toda la vida de convivir con ellos, sin estorbarles. Los católicos de capilla y misterios, fueron mi pila bautismal, no me meto en sus vidas. Ello esgrimen y abrazan las causas, muchas veces necias, de siempre. Nosotros sólo queremos respeto para nuestro modo de pensar y vivir. Lo que queremos es permitir no prohibir. Queremos ampliar los derechos, no restringirlos. Y si tanta fe tiene en lo que creen y enseñan, ténganse confianza. Sus hijos, como se ve en muchos de los jóvenes marchistas, creen lo mismo que ustedes. Cásense con quien se les dé la gana, siempre del sexo contrario, si quieren, siempre de rosario de misal, pero dejen vivir a los demás. Ya no hay guerra cristera, pero recuérdenla. Fue espantosa. No la fomenten el odio a lo distinto. “Ama y haz lo quieras”, dijo San Agustín. Obedézcanlo. Por lo que más quieran. Sabrá Dios qué.

Lluvia y centellas

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Se ha puesto a llover como se pone uno a quererse cuando joven. Peor todavía: como cuando se ponen a quererse los que saben que sólo se quiere así la última vez que se quiere con tormenta y tormentos. Se ha puesto a llover y de pronto hace frío. No tardará el granizo, ya está en el aire su olor helado, ya lo escucho golpear en la ventana. Se han empañado los vidrios y hay en el horizonte un temblor de niebla. En mi casa estamos los perros y yo. Ellos duermen. El perro de repente entreabre un ojo, la perra está impertérrita y sorda como su vejez toda. Hoy los bañaron, de modo que ellos han tenido ya su dosis de agua. A ésta que cae afuera no le temen. A ésta le temo yo. Y no por mí, que estoy aquí mirándola, escuchándola, sintiéndola temblar en mi cabeza, sino por la ciudad a la que abruma. ¿Quién sabe cuántas casas estará derribando, cuántas cuevas ahogará? Porque esta es una ciudad en la que aún hay gente viviendo en grutas, una ciudad cuyo drenaje estalla de repente y la inunda. Una ciudad partida en trozos tan distintos, que unos podrían estar en Dallas y otros en Bangladesh. El mío está en medio. Vivo donde la clase media. Alrededor hay Metro, autobuses, taxis. En casi todas las casas viven dueños de sus propios autos. Mi trozo de ciudad, aunque llueva con truenos y centellas, parece a salvo. Otra vez estoy para decírmelo: dichosa yo.

Como la primera vez

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“Como si fuera la primera vez en que tú fuiste mía/tiemblo cuando te beso/ todavía”. ¡Qué maravilla dijo aquí Agustín Lara! Sirve para todo. Se puede cambiar el mía por mío. Se puede usar el mía para llamar a la vida y elogiarla. Hoy he tenido un día, como de primera vez. Sencillo y suave. Visité a mi amiga Adriana que lleva un tiempo encerrada y que es un cascabel valiente. Abre la puerta y salta a darme un abrazo. Se supone que estaba algo achacosa, pero no pude notar nada muy grave, nada que no fuera su cabeza desatada y dichosa. Luego estaban sus hijas, su marido y su nieto. También estaba, dentro de la casa, el mismísimo bosque de Chapultepec. Todo el bosque entra por las ventanas y uno puede ver en la distancia el lago, las lanchas, ni se diga los árboles y hasta los elefantes. Precioso. Todo el mundo hizo su historia. Ganó María José y su clase de literatura. Le pidieron que escribiera, en inglés, un texto coherente, sólo con palabras que sólo llevaran la vocal A. Dice que ella pudo. Yo no he podido.
En la tarde la vida me dio una de sus mejores caricias. Como si fuera la primera vez, conversé conmigo misma frente a dos escuchas excepcionales. Y ahora que lo recuerdo me río de mí, conmigo, con ustedes, como si fuera la primera vez. Imaginen de qué hablamos. En español, en mudo y en chino. Largamente, hablamos largamente de nada y todo. Como sólo se habla la primera vez.

Conducir hacia atrás

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Como no sea a manera de nostalgia, conducir hacia atrás no está entre mis destrezas. Esto lo sabe, desde la primera vez en que me vio manejar, el muchacho que cuida un estacionamiento en el Bosque de Chapultepec. Por eso guía mi torpeza con sus manos señalando el peligro y su boca que silba en contra tonos.
Cuando lo conocí creí que tendría veinte años, pero hace poco le pregunté su edad y dijo que tiene veinticuatro. Es pálido y cetrino, está flaquísimo. Se viste como cualquier chamaco: con las camisas de fuera y unos pantalones de mezclilla que no se ven más viejos que los de mi hijo, pero sí menos recién lavados. Usa unos tenis casi nuevos porque se los regaló un corredor al que le apretaban, pero es pobre y no parece que su destino vaya a dejar de serlo. Aunque no se sabe.
Chucho se llama y tiene un pariente con el que se turna el privilegio de haber heredado un empleo. El abuelo de ambos se puso hace treinta años una gorra, se colgó al cuello un silbato como de policía y tomó posesión del cargo de cuidador de un estacionamiento público que como tal consideró de todos y de nadie: por lo mismo suyo. Gracias a tan aberrante idea de lo público, Chucho tiene un empleo al que acudir según lo va necesitando, sin que nadie lo despida ni lo regañe, ganando lo que gana según vaya o venga. Tiene de su lado la libertad y una sonrisa tibia en las mañanas de invierno. En las tardes estudia computación. ¿Qué aprenderá? ¿Cómo será el lugar en el que duerme? Hace poco me dijo que está casado. ¿Qué le pedirá a su futuro? ¿Pensará con frecuencia en su futuro? ¿En dónde vive? Ni yo se lo pregunto ni él me lo cuenta. Ahora que hubo vacaciones estaba en el bosque hasta muy tarde en las tardes. Cuidando… ¿Qué podrá cuidar con su delgadez y su bonhomía? Sin embargo algo cuida porque eso creemos quienes dejamos nuestro auto bajo su mirada austera. Eso cree también él. Está ahí a diario. Sonríe con la naturalidad de un afortunado. Nunca se ha lavado los dientes. Los tiene llenos de sarro y la sonrisa con la que termina su labor de guía es dispareja y oscura. Pero es una hermosa sonrisa.
—Muchas gracias. Qué tenga un buen día —dice como quien invoca la buenaventura. Y nada hay más útil que llevarse al quehacer diario su imagen de sobreviviente.
¿Qué lo ha hecho así? ¿Por qué no asalta, no roba, no envidia, no maldice? ¿Qué bendición tiene en las alas de los ojos con que anda, de la mañana a la noche, ayudando a otros a no tropezarse con los demás?
No sé las respuestas. Pero creo que este muchacho encarna varias de las fortalezas que tiene nuestro país. Es gente buena. A México se le ha hecho la fama de que abunda la maldad y la barbarie entre su gente. No he oído mentira más grande. Hay maldad y odio entre los que disparan y entre quienes abusan del poder, pero no en la mayor parte de la gente. Y no lo digo yo, ni tan sólo mi experiencia, lo dicen las estadísticas.

¿Quién le teme al matrimonio homosexual?

Les comparto el texto que escribió Luis de la Barreda Solórzano para Excélsior.

¿Quién le teme al matrimonio homosexual?
Luis de la Barreda Solórzano
15 de Septiembre de 2016

No sé si la cifra que dan los organizadores de las marchas contra el matrimonio entre personas del mismo sexo —un millón de manifestantes, sumando los de todo el país— sean verídicas, pero sé que cuatro de cada diez mexicanos están en desacuerdo con su consagración en la ley, según revela la Encuesta Nacional de Derechos Humanos, Discriminación y Grupos Vulnerables llevada a cabo hace menos de dos años por el Área de Investigación Aplicada y Opinión del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Contra ese rechazo, el año pasado la Suprema Corte de Justicia de la Nación dictó una resolución que transforma la institución conyugal: determinó que vincular los requisitos del matrimonio a las preferencias sexuales y a la procreación es discriminatorio, pues excluye injustificadamente a las parejas homosexuales y ya que la finalidad del matrimonio no es procrear, sino la protección de la familia como realidad social, no se justifica que la unión matrimonial tenga que ser necesariamente heterosexual. Las relaciones entre parejas del mismo sexo, sostuvo la Corte, pueden adecuarse perfectamente a los fundamentos actuales de la institución matrimonial y, más ampliamente, a los de la familia.

“Para todos los efectos relevantes —considera el veredicto—, las parejas homosexuales se encuentran en una situación equivalente a las parejas heterosexuales, de tal manera que es totalmente injustificada su exclusión del matrimonio. La razón por la cual las parejas del mismo sexo no han gozado de la misma protección que las parejas heterosexuales no es por descuido del órgano legislativo, sino por el legado de severos prejuicios que han existido tradicionalmente en su contra y por la discriminación histórica”.

Esa sentencia ubica a México entre los países en los que ha quedado aprobado jurídicamente el matrimonio entre personas del mismo sexo: Argentina, Brasil y Uruguay en América Latina, 15 países europeos, Canadá, Estados Unidos, Sudáfrica y Nueva Zelanda. Una cantidad importante, pero muy minoritaria: ese matrimonio continúa sin ser reconocido en la mayor parte del mundo.

Con esa resolución, nuestro máximo tribunal fue más audaz, en un país donde un porcentaje considerable de la población es homofóbica, que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que recientemente decidió que no se viola el principio de igualdad ni el derecho al matrimonio por parte de los Estados que no reconocen en la ley el matrimonio homosexual, pues el artículo 12 del Convenio Europeo sobre Derechos Humanos consagra el concepto de matrimonio como la unión de un hombre y una mujer y no impone a los gobiernos la obligación de ampliar el derecho a contraerlo entre sí a las personas del mismo sexo.

El fallo ha sido acogido por los enemigos de la unión conyugal homosexual como un triunfo. Sin embargo, el Tribunal Europeo reconoce que la convivencia entre dos personas del mismo sexo constituye vida familiar, admite la existencia de una tendencia internacional a reconocer algún tipo de protección a esas parejas y señala que corresponde a cada Estado dar o no cabida en su legislación al derecho de éstas a contraer matrimonio. En otras palabras: el Tribunal no impone a los Estados el deber de abrir el matrimonio a las parejas del mismo sexo, pero tampoco proclama la necesaria heterosexualidad del vínculo conyugal.

Creo que no hay razones válidas para seguir negando a las parejas homosexuales la posibilidad de casarse con todas las consecuencias que derivan del contrato matrimonial. Lo que ha hecho el Tribunal de Estrasburgo es decir que las legislaciones que sólo aceptan el matrimonio heterosexual no están violando el Convenio Europeo de Derechos Humanos; pero la tendencia admitida por el propio Tribunal hace previsible que en un plazo no lejano también puedan acogerse a la institución en toda Europa las parejas del mismo sexo.

También lo pueden encontrar aquí:

http://www.excelsior.com.mx/opinion/luis-de-la-barreda-solorzano/2016/09/15/1116999