Empezar por lo público

Voy a empezar por donde se debe aunque luego siga por mis caminos habituales.

Punto y aparte: Por más que la autora de este blog quiera enfatizar la fortaleza de lo que parece privado como parte esencial de lo público, sería necio no unirme aquí al enojo, la condena, la pena, la desgracia que es para nuestra vida pública y nuestro fuero interno lo sucedido en Morelos. Hay responsables que fueron irresponsables. Hay corrupción, desvergüenza y complicidad. Hay, para envolverlo todo, estupidez y desprecio por los otros, por nosotros. Sin duda por la memoria y la familia de quienes ahí murieron. No hay manera de pagar la pérdida, la vida tiene un valor sin precio. Pero no por eso hay que permitir la inmoralidad que ha sido ofrecer quinientos mil pesos a los deudos. ¿Qué cantidad es exigible? Ya lo dirá la ley. Pero cien millones de pesos, se me hacen pocos.

Punto y seguido: Tal vez de todos los ires y venires que el vértigo del siglo veinte dejó correr sobre la intimidad, exponerla, _sacarla de la poesía y las novelas a las revistas y al cine, de los confesionarios a las plazas_, ha sido el más drástico. Y la expuso no sólo por el indeleble placer de mostrarla, sino por el generoso afán de generalizar algunos privilegios. El placer y las audacias, entre otros.
Desde siempre hubo seres lucidez les permitió hurgar en lo más interesante de nuestros recovecos. Quizá nada muy nuevo nos haya tocado descubrir sobre la intimidad. Sin embargo, nos ha tocado nombrarla, enseñarla, y al hacerlo, trastocarla sin retorno ni remedio.
No se descubrió el orgasmo femenino en los últimos tiempos, pero sí dejó de pensarse que quienes se perdían en él eran unas perdidas. Nombre que se daba a las putas, que eran algunas de las mujeres más encontradas con las que hombre alguno pudiera dar. Sí que debió ser arduo andar por la vida de mujer cuando hacerlo era no mostrar, callarse, aceptar. Pero también debió ser una calamidad ser de los hombres que convivían con tales mujeres.
Pero quién diría que ahora mismo puede ser fácil ir por la vida de hombre, o de mujer, creyendo que la intimidad y sus glorias privilegian a quienes la consiguen y animan. Quienes le conceden importancia a la intimidad y no sólo la consienten, sino la procuran como lo mejor de sí mismos, no siempre la pasan bien. Sin embargo, evitar la intimidad, prohibirla, castigarla, inhibirla, debe ser mucho más arduo. Si un libro me gustaría contar es uno que sólo eso contara. ¡Cuántas cosas en una! La intimidad permisiva, como afán y descubrimiento, como lujo, derrota y júbilo.
Dirán ustedes que invento pero yo sigo cargando con una mujer fantasiosa que para su desventura ha perdido la contundencia y ya no sabe ni qué decir en torno a uno de los temas que más han ocupado y ocupan su cabeza. La impredecible, devastadora, efímera, eterna, iluminada, magnífica, generosa, hostil, imprudente, recatada, ruin milagrosa, atroz y llena de prodigios intimidad.
Yo no encuentro mejor razón para estar viva, mejor impulso para seguir estándolo, más interés para la propia literatura que el de recrearnos con las dichas y desdichas de la intimidad.

El abuelo de mis siglos

Mi abuelo materno nació el 13 de abril del 1890. Hoy cumpliría 127 años. Por eso dejo aquí algo que escribí sobre él cuando aún vivíamos en el siglo XX

Sergio Benigno Guzmán tenía diez años cuando empezó el mil novecientos. Murió a los ochenta y cuatro, con la misma paz y la misma alcurnia con que supo conducirse a lo largo del siglo XX. Le había tocado ver cambiar el mundo con tal rapidez que una parte de su vida y sus emociones dependía del gozo que le daban los descubrimientos sucediéndose como milagros.
Al principio del siglo, los científicos creían que todo lo que podía saberse de física se sabía ya. Sin embargo, intentando descifrar una de las escasas y pequeñas incógnitas que le quedaban a tal ciencia, surgió la teoría de la relatividad y el genio de Einstein como una luz de bengala. A mi abuelo lo deslumbraba el siglo veinte. Tenía razones. Cuando él era niño no había en Puebla sino carros jalados por caballos y medicina de analgésicos lentos. Para mi abuelo las aspirinas y los automóviles, ya no se diga los aviones, la televisión y los tocadiscos de alta fidelidad, eran un lujo que gozaba en lugar de un asunto del demonio, como lo vieron por la época tantos otros viejos. Quizá por eso, el siglo pasó por él manteniendo su espíritu inquieto y su confianza en los humanos tan brillantes como en su primera juventud. No tenía miedo: ni a los cambios, ni al elocuente futuro, ni al soberbio pasado. Con su misma pasión por los descubrimientos, la imaginería de los seres humanos, la precisa destreza de sus palabras, quisiera yo envejecer como quien se hace joven.
Cuando apareció la primera máquina de escribir eléctrica, mi abuelo fue a comprarla como si se hubiera propuesto ser novelista. Y cuando supo que habían llegado al mercado las televisiones a color, fue por una y el domingo se bebió la corrida de toros, luminosa y vehemente, como debió estarse viendo en la barrera de la Plaza México, ese diciembre.
Nunca se preguntó si había congruencia entre su arrebato por los hallazgos de la modernidad y su entrega a la ancestral locura de matar toros entre aplausos. Aún ahora, cuando pienso en Islero, el toro que acribilló a Manolete, me estremezco con el fervor de mi abuelo y no sé cómo deshacerme de la propensión a celebrar los delirios de la fiesta brava que me heredó su eterna idolatría por los toreros. Muchas veces, cuando le pido a la computadora que me dé entrada al Internet y sin más abro unas cartas entrañables, imagino el gozo que tal milagro hubiera provocado en mi abuelo, y en su nombre le hago una reverencia al mundo cibernético en que llegué a los cincuenta.
Cuando mi abuelo cumplió dieciséis años, su papá, que era otro ávido del mundanal ruido, tuvo a bien mandarlo a Chicago a estudiar para dentista. Ahí lavó trastes y ventanas, mientras entendía inglés y lo aceptaban en la universidad. Luego aprendió lo que los últimos adelantos de la medicina les enseñaban a los dentistas y siete años más tarde, regresó a ganarse la vida recorriendo la sierra de Puebla en busca de la no muy difícil clientela que vivía encaramada entre cerros y nubes, lejos de cualquier adelanto, más aún de las manos prodigiosas y los delicados utensilios de un dentista que, por primera vez para ellos, no era también un peluquero. Un dentista que usaba guantes y los domingos practicaba el salto de garrocha en el mismísimo parque de Teziutlán por el que solía pasearse la joven de bordado sutil y francés aprendido en el colegio del Sagrado Corazón que cayó presa de su perfume y su extravagancia, la primera tarde en que se cruzó con sus ojos.
Mi abuela tenía la mirada azul aguamarina, la nariz con la punta hacia arriba y el dedo meñique entrenado para sobresalir. Quizás fue la única debilidad por lo antiguo que estremeció a mi abuelo durante toda su vida. Esa especie de alhaja del diecinueve que decía a Amado Nervo ruborizándose. Memoriosa y beligerante, se casó con el dentista a pesar de las contrariedades que provocó en su madre y la desazón que puso en su padre. A ninguna de sus hermanas le fue mejor que a ella.
“¿Quién hubiera podido dar con un hombre más guapo?”, se preguntaba desde su silla de ruedas, el día en que cumplieron cincuenta años de casados. Le tenía devoción. Y sólo quiso amenazarlo con abandono un día en que él, inmerso como siempre en las buenaventuras del futuro, aceptó, como pago de una deuda, la verde franja frente al mar de unos terrenos en la entonces inhabitable bahía de Acapulco.
“Si no cobras en dinero, me voy con tus cinco hijos”, dijo la abuela.
“Y en vez de dejarla ir con su ignorancia a cuestas, perdí el negocio del siglo”, le contaba el abuelo a la niña estupefacta que era yo a los siete años. Caminábamos por el centro de la ciudad en busca de una tienda en la que comprar el mercurio con el que él hacía las amalgamas, tras regalarme una pequeña esfera de espejo que uno podía romper en decenas de pequeñísimas esferas y volver a reunir y volver a romper, en un juego sin tregua, ni tedio.
El abuelo no creía en Dios y por lo mismo tampoco lo intimidaba el diablo. Sin embargo, no hacía proselitismo para contagiarnos su falta de fe y dejó a su señora esposa disponer en el ánimo y las creencias de toda la familia. De ahí que entonces todos fuéramos católicos y dedicáramos parte de las misas a rogar que el Espíritu Santo bajara sobre su desorientado corazón. Siempre pensé que debía tener motivos para dejarnos creer en la Divina Providencia, de cuyo cauce él vivía desprendido. Y cuando poco después de su muerte, a mí me abandonó la dulce fe en que me crecieron, y supe para siempre de la congoja que es vivir sin el diario sustento de la protección divina, entendí que sólo había caridad y resguardo en sus silencios y su juego:
–¿De dónde sacan ustedes que es más respetuoso comulgar en ayunas y después aplastar al cuerpo de Cristo con el chocolate y los tamales, en vez de comer bien primero y luego comulgar como quien le pone la cereza al pastel o acuesta al niño en una cuna blanda?
–No oigas las irreverencias de tu Tito, pedía mi abuela. Sergio eres un insensato.
–Nunca he pretendido otra cosa, contestaba el abuelo como quien encuentra un elogio.
Era un sueño ese abuelo. Nos sentaba alrededor de la mesa del desayuno y hacía concursos de todo. Ninguno tan frecuente como el que premiaba a quien consiguiera batir por más tiempo la mezcla de azúcar y café soluble que iba volviéndose blanca entre más durara la paciencia de quien la movía.
“La paciencia es un arte. Apréndanla que premia siempre.”
Y había que tener paciencia para esperarlo toda la jornada en el consultorio, con tal de oír por la noche, camino de su casa, un cuento del “Caballo alas de oro”.
El día en que vimos llegar el primer hombre a la impávida luna, lo pasamos oyendo el recuerdo de sus viajes en tren, en carretela, en barco, en autos a los que había que darles cuerda y aviones que parecían de papel. Luego, frente a la televisión, su silencio reverencial fue de tal modo elocuente que nadie se atrevió a interrumpirlo.
“Hemos pisado la luna, que era sólo para soñarla. ¡Qué maravilla!”, celebró. Después fue hasta el jardín en busca de una caja con hormigas caminando sobre la arena que había traído del campo esa mañana. “Habría que dejarlas pasearse por un pedazo de queso, y preguntarles qué sienten”.
Siempre fue un atleta y hasta el final conservó los brazos fuertes y los hombros erguidos. Tenía un andar fácil y una curiosidad sin rivales. Nadie como él para oír penas de amores y convertirlas en olvido. El recuerdo de sus abrazos largos aún me alegra en mitad de una tarde, muchos años después de haberlo visto cabalgar entre palmeras, seguro de que no tenía ochenta años, mientras se empeñaba en hacerme entender que lo importante es la llama, no el bien amado.
“La gente siempre irá y vendrá como le parezca. Tú quédate contigo. En paz y sin agravios. Verás que viene mejor de lo que se va.”
Nos vio crecer como quien nos veía irnos. Sin alterarse ni exigir más presencia de la que íbamos dándole.
“Los nietos son como veleros. Nada más les pega el aire y desaparecen.”
Volvíamos a conversar en el cuarto azul que mi abuela convirtió en su recinto y al que el abuelo entraba y salía incapaz de quedarse quieto mucho tiempo.
“Juéguenle una canasta a su Mané mientras voy a hacer unos negocitos”, pedía liberándose del ajedrez.
Mi abuela llevaba veinte años paralítica y no recuerdo haberle oído una queja. Pero su valor será recuento de otro día. Hoy trato del abuelo y he de decir que tampoco me acuerdo de haberle oído una queja. Lo cual resulta otro prodigio, si uno piensa que la mayoría de los hombres se ponen de muerte cuando a su mujer le da un catarro.
Acostumbrados a desgranar nuestras obsesiones en presencia del abuelo que no entendía de juicios y prejuicios, quién sabe cómo, durante aquella célebre canasta, sembramos en Mané, como desde niña se llamó a sí misma nuestra abuela, una duda ineludible en torno al uso y desuso de la palabra orgasmo.
“Canasta de sietes”, dijo la abuela y el juego siguió como si nada.
“¿Ustedes por qué le andan hablando de tecnicismos a Mané?”, preguntó el abuelo. “Que no sepa el nombre de una sonata no quiere decir que no la haya tocado bien. Estén tranquilas”.
“Nunca he tocado una sonata. No las engañes” dijo Mané.
“No las engaño, María Luisa. Ten por seguro que las desengaño. Creen que son las primeras en vivir. Y no. O quizá sí. Pensándolo bien, uno siempre es el primero en vivir. No estoy yo para decirlo, pero me siento el primer hombre que llega a viejo y padece nostalgia. Entre otras cosas de ésa música. Así que a buscarla niñas, que hay menos tiempo y menos vida de lo que piensan”.
Cuánta razón tenía, me digo ahora que ando siempre litigando con los minutos, pidiéndole a la noche que no me toque el sueño, buscando como quien borda estar en paz conmigo, con el año dos mil, con mis amores. Y cuánta suerte tuve, yo, de verlo tantos años, preso en la vida como en un enigma, dispuesto siempre al gozo de estar vivo por encima de cualquier contrariedad, cualquier milagro, cualquier abismo, cualquier luna.

El que no sabe a dónde va

Termino el día al principio del siguiente. Es la una y media. He grabado tres noticieros. Los fui viendo en hilera saltándome los anuncios. El de Carlos Puig es el mejor. Y el más divertido y el que mejor informa y ayuda a pensar.
Dejaré para mañana el recuento de cómo hace Virginia, mi alegre y eficaz terapista de la espalda, para tener agua con la que lavar y bañarse en una colonia en la que llevan días sin agua. Cómo hace mi terapista de la mano para entrenar con rumbo a un triatón en el que quiere ganarse el derecho a representar a México.
Luego haré un desarrollo como tema libre de mi comida y conversación con Lilia, mi amiga, una mujer vehemente que no les tengo presentada. De la buena noticia que trajo de Monterrey a la casa el señor de la casa. Y Aún me quedará un trocito que puede hacerse público de la conversación telefónica con mi hermana. Hemos hablado de los poblanos que se mudan a Morena. Hay cada personaje. Los conocemos de toda la vida. Y entre poblanos, como entre gitanos, no nos leemos la mano. Termina contándome lo que le dijo a uno de ellos: No hay buen rumbo para el que no sabe a dónde va.
Les debo eso y les dejo recomendado el Agnus Dei de Jenkins.

Los nuevos viejos, los jóvenes tardíos

Fui a comer con mis editores. Carmina, Gabriel y José. Me llevaron a un italiano muy elegante de esos a los que uno va con ellos que invitan, según dicen, para reciprocar mis tortillas de maíz con aceite de oliva. Un italiano en homenaje al apellido que junto con la nariz es lo que me queda de la patria de mi abuelo paterno, porque la lengua la he ido perdiendo. Leo perfecto, pero hablo como niña de dos años. Y de conjugaciones ni qué decir, casi todo en presente y a veces en copretérito que, como en español, también termina en aba.

Ya estoy otra vez de dispersa. Le tengo horror a mi mente colibrí. Estaba en el restorán italiano con los editores. Hablo de ellos con cariño. Decía un amigo escritor que es mejor no hablar con los editores. Si yo lo hubiera obedecido no tendría estos encuentros, ni las largas conversaciones sobre los libros, los otros escritores y nuestras promesas incumplidas. La verdad es que me hubiera perdido de algo bueno. Comí una arroz negro con bogavante. ¿Cómo ven la palabra? Pues así de bien sabía.

Punto: Catalina se fue en un avión a otro país. No digo más porque con esto digo todo. Saben quienes me saben que su risa ilumina la casa aunque viva en el barrio de junto.

Punto y seguido: Y el señor de la casa dará una conferencia en Monterrey.

Punto y aparte: Los únicos estables son Mateo y Greta que están atados a sus hijos y sus hijos van de la cuna a los brazos. No del sillón al avión.

Dos puntos: Está lloviendo. No digo ninguna novedad. Al valle le ha dado por inundarse todas las tardes. Llegué tiempo a ponerme bajo techo. “Qué bonito es ver llover y no mojarse”, no lo dijo Isabel en Macondo. Lo decimos nosotros, en la Ciudad de México, siempre que conseguimos llegar al umbral de la casa antes de que el cielo dé en caerse de la pena.

Punto y ¿final?: Héctor me cuenta que leyó en el “Economist” una texto, reflexión, crónica sobre los nuevo habitantes mayores de 65. Sobre los que no queremos ser viejos. No se nos ocurre jubilarnos. Dan como ejemplo a los Rolling Stones, dice que dicen. Y digo yo que como tantos de nosotros, que no pensamos en sentarnos a ver la tele como único destino, _aunque a ratos sea un buen destino_, que vivimos muchas veces como si todo estuviera por hacerse. Y esto último ya no sé si lo leyó en el “Economist” pero lo escribo por mi cuenta. Ya estuvo circulando por la red un texto así, sobre nosotros, los mayores de 65. Los viejos jóvenes. Ahora parecerá una novedad, pero algunos ya lo sabíamos desde hace tiempo. Que han empezado a hacer juguetes para nuestra edad, así como cuando se descubrió la infancia, a finales del siglo dieciocho, empezó a pensarse en qué hacer para los chicos, ahora hay quien piensa en nosotros. Me pregunto si será por eso que se han puesto tan de moda los chales como un adminículo que se luce, no como un tejido negro para cobijar huesos viejos.

Hay cosas que ya son distintas. Lo pastilleros, por ejemplo. Ahora son de colores. Y los anteojos para ver de cerca los hay de todos los colores: con rayas, con puntos, lilas y anaranjados. Yo uso pantalones de cuero y botas a la rodilla y nadie me ve mal. O esto creo. Eso sí, mientras me recupero de la mano y pienso que la necesitaré cuando vayamos a los rápidos en Quintana Roo y haya que salirse de la corriente, colgándose de una soga, para que no nos arrastre hasta Bacalar, me pongo frente al espejo: mírame bien, Mastretta, digo, no te caigas. Porque se acaba esto de la vieja joven.

Música para hoy: “Lo niego todo”. Joaquín Sabina.

Domingo nueve: incesto y cumpleaños

Todo el día de hoy fue domingo. Empezó en domingo. Digo esto porque a veces los domingos tienen cara de lunes y nos despiertan con la preocupación del martes. En cambio ahora, desde la duermevela sentí el domingo entrar con todo y la luz tibia de los días nublados. Han de ser las ocho, me dije con ese gusto necio con el que gusto de adivinar las horas. Las ocho y media de un día con lluvia. Había que volver a dormir, porque todo en el aire era domingo. Se podía. Todo también era cumpleaños del señor de la casa, como solía llamarlo antes. Y ha sido un día de fiesta que como tantos domingos es de hijos, hermanos y nietos. A veces no sé cómo nombrar lo que nos cerca. Hoy sólo me ha cercado, pero como un abrazo, la palabra domingo.
Punto: A la comida vino el poeta Luis Miguel Aguilar. Trajo un regalo. Se llama “De varias formas”. El lo llama de otro modo, sólo porque es pequeño. Yo creo que es un libro: Los libros a veces son labios besados en libros.
Punto y seguido: De qué modo mueve lo que escribe “De varias formas” el poeta. Ojos al cielo, cegados los ojos/Cantan los ciegos sus canciones de ojos.
Punto y aparte: No es que yo quiera ser presumida, pero tengo puros hermanos genios.
Punto final: Y tengo al del cumpleaños, que es mi novio. Que no es mi hermano, pero que es de todo. Y en medio de tanto, ha podido ser tanto que incluso, de pronto, también es mi hermano. Valiente incesto el mío.