Serenidad, no indiferencia

Con los años, la fiebre de vivir tiende a volverse apacible, y aunque nos mueva el diario azar, nos emocionen las cosas que parecen triviales y encontremos placer en el coloquio del pan con el desayuno, en la conversación y las fábulas, ni se diga en la luz de nuestros bien amados, de repente los días se confunden entre sí y nos confunden. Porque, muchas veces, a pesar del torbellino, se parecen.

Cuando nos toman las décadas sumándose, una especie de maldición piadosa se va empeñando en aconsejar la prudencia, la mesura, la serenidad. Contra ésta última, he decidido no batallar. Más aún, todos los días me empeño en buscarla. Incluso a lo que lastima, al dolor y la muerte misma, uno se sabe en el deber de enfrentarlos con serenidad. Tanto así que de repente hay que detenerse. ¿Esto que siento es la heroica serenidad o es simple indiferencia? Porque del mismo modo en que se busca una, hay que huir de la otra. Hasta el último día ha de espantarnos el mal y herirnos la infamia. Igual que hemos de temblar frente al abismo de la alegría y el ímpetu del bien inesperado.

Serenidad, no indiferencia

Con los años, la fiebre de vivir tiende a volverse apacible, y aunque nos mueva el diario azar, nos emocionen las cosas que parecen triviales y encontremos placer en el coloquio del pan con el desayuno, en la conversación y las fábulas, ni se diga en la luz de nuestros bien amados, de repente los días se confunden entre sí y nos confunden. Porque, muchas veces, a pesar del torbellino, se parecen.
Cuando nos toman los años, una especie de maldición piadosa se va empeñando en aconsejar la prudencia, la mesura, la serenidad. Contra ésta última, he decidido no batallar. Más aún, todos los días me empeño en buscarla. Incluso a lo que lastima, al dolor y la muerte misma, uno se sabe en el deber de enfrentarlos con serenidad. Tanto así que de repente hay que detenerse. ¿Esto que siento es la heroica serenidad o es simple indiferencia? Porque del mismo modo en que se busca una, hay que huir de la otra. Hasta el último día ha de espantarnos el mal y herirnos la infamia. Igual que hemos de temblar frente al abismo de la alegría y el ímpetu del bien inesperado.

Los amores y los muertos

Aparecen de pronto aunque no sea noviembre, aunque no tengamos sino lo mismo para su ofrenda, aunque sepan que nos derrumba su nombre, aunque estén hartos de venir siempre que les lloramos, aunque ya nada nos deban.
Así es con los amores y los muertos. Los míos, como tantos, regresan.
Siempre, aún cuando no los llamo, vuelven. A veces me amonestan, otras me escuchan, las más simplemente se ponen a mirarme.
Intervienen mis sueños, aparecen dentro de mis secretos, se burlan de mis miedos, me espantan la pena de imaginarlos en el olvido.
Son al tiempo sencillos como el aire y enigmáticos como las hormigas. Uno de ellos me deseó alguna vez el temple de las hormigas y la duda de los templos. A veces están más cerca que los vivos, más a la mano. Esto no quiere decir que yo puedo manejarlos a mi antojo, pero sí que además de venir cuando ellos quieren, suelen venir cuando los llamo y entender el presente y hasta explicármelo.
Supongo que algo así le pasa a todo el mundo, que aquellos que han perdido a quienes fueron tan suyos como su índole misma, los evocan a diario con tal fuerza que los hacen volver a sentarse en la orilla de su cama, a seguirlos con la vista desde una fotografía, a pasarles la mano por la cabeza cuando creen que la vida es tan idiota que no merece el cansancio.
A veces mis muertos regresan para mezclarse con los vivos y los veo en la sonrisa de alguno, en la frente de otra, en la tenacidad con chispas que brilla en una de sus hijas, en la bravía necesidad de contar que tienen su nieta o su sobrina. En el silencio con que me observa su nieto. Entran a las reuniones de familia, a la memoria de los amigos, a las sobremesas. Les encantan las sobremesas. Nunca falta alguno. Quizás de ahí viene la certeza mexicana de que el día de los muertos hay que ponerles un altar con su comida predilecta y luego sentarse a comer en su honor.
–Déjalos irse a la luz—me dijo alguien una vez como si supiera de qué hablaba.
Por supuesto que no le hice ningún caso. Sólo eso me faltaba, que además de haberse ido de la sombra en que estábamos juntos, tenga yo que mandarlos a no sé qué luz y dejarme vivir sin su muerte cercana y su risa invocada cada vez que la necesito.
No queda más remedio que aceptar que están muertos, pero de ahí a tener que aceptar que desaparezcan de mis deseos y mis trifulcas, que no me ayuden a pensar, que puedan no escucharme cuando me quejo ni cuando canto, que no me hagan el milagro que necesito a algún anochecer, hay un abismo que no voy a permitirles cruzar. Aquí se están conmigo, que para eso tengo memoria hasta en la punta de los dedos y que aún cuando ya nada recuerde sabré andar entre ellos.
PS: Ya una vez dije todo esto, pero lo vuelvo a decir. Para que me oigan ellos.

Todos mis santos

Como si no anduviéramos cargándolos de aquí para allá todos los meses, en noviembre avivamos la manía de celebrar a los muertos. Urgidos de una fiesta les ponemos altares, flores, velas, dulces.
Hubo un tiempo, en que creí que la vida era todo eso que me faltaba caminar, cuando mis hijos eran niños y yo consideraba crucial educarlos en las tradiciones, en que al principio de este mes yo arreglaba una ofrenda en el patio y le ponía las fotos de mi padre y mis abuelos detenidas sobre papel morado y entre flores naranjas, calaveras de azúcar y panes amasados con azahar. Ya no lo hago. No porque me parezca más absurda, ahora, que antes, la creencia de que los muertos pasan a comer el meollo de lo que les dejamos para alimentar su vida de fantasmas. Nunca pensé que tal cosa tuviera otro sentido que no fuera el placer mismo de imaginar que nos visitarían los difuntos, pero algo había en el aire alrededor de mi alma que alentaba ese noble placer. Ya no. Será porque mis muertos se han ido haciendo tantos que ya no caben en el cielo, ya no regresan. Mejor dicho, no se van. Aquí andan todo el año, dando su guerra diaria, haciéndome reír con la aleatoria reminiscencia de sus guiños. Aquí yo, negándome a llorarlos. Aquí está la memoria acompañando.
Andan aquí los muertos, ni para qué ir al panteón a buscarlos.

Les dejo este recuerdo: una conversación

Los conversadores nos descubrimos hasta por teléfono. Yo sé de una mujer que en busca de una clase marcó un número equivocado y dio con una conversación en caída libre que empezó más o menos como sigue:
–¿Es ahí donde dan clases de gimnasia?–le dijo al hombre que levantó el auricular al otro lado de la línea.
–¿Usted quiere tomar clases de gimnasia?–le contestó una voz de animal fino.
–¿Por qué me lo pregunta como si lo dudara?–dijo la mujer.
–Porque cuando uno quiere tomar clases de gimnasia marca el número del lugar donde dan clases de gimnasia.
–¿Entonces no es ahí?
–¿Donde damos clases de gimnasia? No. Pero ¿usted por qué quiere tomar clases de gimnasia?
–Porque me están engordando las caderas.
–¿De verdad?
–Aunque usted no me lo crea.
–¿De dónde saca que yo no se lo creo?
–De que ustedes los hombres nunca nos creen a las mujeres cuando decimos que nos están engordando las caderas.
–Yo a las mujeres les creo todo lo que dicen.
–¿Es usted gay?
–No, pero podría yo ser.
–Se atreve a decirlo. ¿De qué planeta viene?
–Del único que usted y todos los demás tenemos la fortuna y el infortunio de conocer.
–Es bonita la Tierra ¿verdad?
–Menos cuando se vuelve horrible.
–Sí. A veces se vuelve horrible.
–¿A usted lo han asaltado?
–Todavía no. Pero ha de ser cosa de tiempo. Ya ve que últimamente el que no viene de un asalto va a un asalto. No se puede ni hablar de otra cosa.
–Hay quien habla de política–dijo la mujer.
–O de horrores. De lo que ya no habla mucho la gente es de amor. ¿No se ha fijado que hasta las telenovelas están abandonando el amor como tema central?
–No veo telenovelas–presumió la mujer.
–¿No ve telenovelas? ¿Cómo es que le han crecido las caderas?
–Me gusta demasiado lo dulce. Le pongo tres de azúcar al café. Me fascinan los tlacoyos de haba, las papas a la francesa, el pollo empanizado, los gusanos de maguey, la leche sin descremar, los quesos fuertes, el pan del que me pongan enfrente.
–Son una delicia los panes y el azúcar.
–¿Le parece? Dicen que esas cosas nos gustan más a las mujeres ¿Está seguro de que no es gay?
–Nunca hay que estar seguro de eso. Hay ratos en que me comería a besos a un hombre. Aunque siguen siendo más frecuentes las veces en que me comería a besos a una mujer.
–¿Por qué es más fácil?
–Nada es fácil con ustedes las mujeres.
–Vendernos cosas es fácil.
–Viera que no. Se lo digo yo que soy vendedor.
–¿Qué vende usted?
–Departamentos en condominio.
–De verdad. Yo me quisiera comprar uno.
–Tengo uno de ciento veinte mil dólares.
–Por eso le dije: quisiera.
–¿Cuánto tiene usted?
–Nada. Qué importa.
–Importa donde lo dice en ese tono.
–No me hable usted como mi papá.
–Que más quisiera yo que hablarle a una mujer como su papá.
–Pues usted habla como mi papá.
–Y usted habla idéntico a una novia que me quitó el sueño durante todos los años de carrera.
–¿Se casó con ella?
–No.
–¿La extraña?
–Sí.
–Dice una amiga mía que el amor de nuestra vida siempre es con el que no nos casamos. Yo digo que es porque en lugar de pedirle al cielo que nos calláramos se fue a otra parte para no oírnos. Siempre es más agradecible. ¿No cree?
–No sé bien qué creo.
–¿Me cree si le cuento un prodigio? Mi vecino dió con una mujer de la que estuvo enamorado cuando tenía quince años y a la que aún no podía olvidar a los cuarenta.
–Ya sé. Y cuando la vió se preguntó cómo era posible que hubiera estado perdiendo su tiempo en recordar a alguien que estaba así de gorda y arrugada.
–No. Ahí es donde aparece el prodigio. La vio y todo en él la quiso con más fuerzas que nunca.
–Y cada uno fue con su pareja y le dijo: encontré al amor de mi vida y ya me voy.
–No. Tú si que has visto telenovelas. Cada uno se quedó casado con quien estaba casado. Sólo se encuentran cada mes un lugar distinto.
–Eso es como de película francesa.
–Es mejor. Porque aquí hay sol y todo pasa más rápido.
–¿Ni siquiera han tenido el mal gusto de poner un departamento?
–Créeme que ni eso.
–Con razón no vendo condominios. ¿Me hablaste de tú?
–Es que hablas como mi papá.
–¿Cómo hablaba tu papá?
–Así–dijo mi amiga–con la seguridad de que todo lo importante ya estaba dicho. De modo que uno podía hablar sin tregua ni recato de todo lo trivial como si fuera muy importante. Me tengo que ir. Van a venir por mí.
–¿Cuál es tu teléfono?
–Uno que siempre está ocupado.
–¿Lo podrías usar para volver a llamarme?
–No sé qué número marqué.
–El de la gimnasia.
–¿No dijiste que ahí no dan clases de gimnasia?
–Ya no dan, pero dieron. Ahora estoy adatando el lugar para que sea oficina.
–¿Oficina para vender condominios?
–¿Qué quieres que haga? Estudié ingeniería y me gustaba la literatura. He tenido que acabar trabajando en algo más cercano a los sueños que a los cálculos. ¿Tú en qué trabajas?
–Otro día te digo.
–¿Me llamarás?
–Cuando tenga para el condominio.
–Puedo buscarte uno a plazos.
–Quieres decir, de plazos hasta siempre. No me interesa.
–Tonta. No hay como las cosas a largo plazo.
–Adiós.
–Si me llamas mañana te cuento una historia–dijo el hombre con una sonrisa que ella casi pudo ver.
Por supuesto, mi amiga quiso llamar. Ahora, se hablan a diario para contarse cosas entre las cinco y las seis de la tarde. Se conocen mejor uno al otro de los que los conocen sus parejas, sus hijos, sus padres, su fantasía de sí mismos o su espejo.